Escribe Jorge Luis Borges en El otro, uno de sus cuentos de El libro de arena (1975), que el Borges anciano, sentado a orillas del río Charles, en Boston, coincide con el Borges joven. De la conversación que ambos entablan resume: Medio siglo no pasa en vano. Bajo nuestra conversación de personas de miscelánea lectura y gustos diversos, comprendí que no podíamos entendernos. Éramos demasiado distintos y demasiado parecidos.
El tiempo es, a veces, mezquino, lo sabemos, pero ese no es el punto de partida en esta historia. En un plano secundario los personajes, entretenidos en la plática, imaginan su reflejo en la corriente del Charles, que corre hacia el Atlántico. Imperceptibles para el lector, los pequeños remolinos en el fondo arrastran el lodo, los tallos secos del fondo, para lanzarlos, deshechos, al mar. Una elucidación de la vida que pasa, nunca serán la misma agua ni la imagen reflejada y sin embargo, desde la distancia sigue siendo tan propio el cauce de siempre. Para Tales de Mileto, uno de los siete sabios de la antigua Grecia y padre del pensamiento científico, el agua era el único principio del mundo, supeditado a una experiencia sensible, donde todo se transformaba en todo.