Los puertos del silencioLos puertos del silencio testimonia una específica aventura. El poeta ha tallado un sujeto lírico en trance de desasimiento, cuyo tránsito vital es seguido paso a paso en una travesía que, haciendo honor al título del libro, tiene como destino el ensimismamiento silencioso, pues "Ya no basta ser el hijo". Todo el libro forja derroteros diversos de una transfiguración interior, jalonada por el asombro y la pesadumbre, a partir de la cual el discurso poético se orienta hacia un ámbito ajeno al de la experiencia y las raíces cotidianas, recinto lírico del espacio absoluto en el cual los recuerdos se transmutan en migración entrañable, emprendida en veleros imposibles. La voz poética se autodibuja enmarcada entre, por una parte, la posibilidad absoluta de la remembranza -y su correlato, la trascendencia a partir de la imagen-, y, por otra, la aniquilación inevitable derivada del vivir. Ambos polos del discurso se vinculan al tiempo y, por ende, a la muerte del ser y la inmolación de su vivencia -son, por tanto, "Los calendarios profundos en los que temo descansar" -. El trasfondo de esa bifurcación esencial del ser, aparece perfilado en términos de ejercicios de desasimiento, caducidad en la cual se tiende a "observar detenidamente los posos de un fondo cualquiera". La contrapartida de esa percepción oscura, es la certeza de la propia identidad de alcance panteísta - "seré el blanco, el insecto, la amatista" -, vinculada tanto a una orgullosa cuanto voraz percepción sensorial del universo.