Una hija, un padre, una familia, están a la orilla de la carretera, y es precisamente la poesía la que los ha situado en este punto convergente. Son varios los elementos que sustentan dicha convergencia: el sol del mediodía, la patria agreste y desaliñada, el sacrificio, el dolor, la distancia, la botella, es decir, el autostop dominical, es decir, el trabajo que pasa un viajero cuando con su trasero flaco, y ni una gota de gracia femenina, carga con amor la cruz de padre divorciado. Cualquiera de nosotros puede ser este viajero, pero solo uno de nosotros se llama Yampier Báez Mato, quien ahora mismo me debe estar mirando y con su habitual picardía me dice: “Me engañaste”, y yo le respondo: “Una dulce y bondadosa mentira”. Cualquiera de nosotros puede ser este viajero, pero solo uno de nosotros presenta por primera vez su poemario Horizontes perdidos, mientras las firmas de palo monte aguardan en el lienzo el ojo del espectador.
Cuando terminé de leer el cuaderno, tuve la certeza de que un poeta versificador se había escondido por mucho tiempo en las piezas del poeta artista de la plástica, y quizás esto se deba, no sólo a su talento, sino a su constante acercamiento a la poesía y a los poetas. Estamos ante un libro portavoz de la cotidianidad, de la expresión callejera. Un libro desenfadado pero a la vez tierno, un libro marginal pero a la vez filosófico y contemplativo.