Alberto GuerraLos negros nunca están solos, le atribuyen alma a
 las cosas, los objetos, los elementos, etcétera...
ALEJO CARPENTIER
  

Desde muy pequeños nuestros padres nos inculcaron que la vida humana es sagrada, por que cada vida es única. Recordaba lo anterior mientras leía un libro de relatos –de cuentos maldecidos por su propio autor, pues seleccionó para formar este volumen nada más y nada menos que trece textos, una cifra maldita y temida1--. O sea, un libro también sagrado en el sentido de la lógica educativa paterna y en los otros por su uniformidad, su estructuración sobre sentimientos y circunstancias únicas. Alberto Guerra Naranjo nos presenta una sutilísima manera de desnudar lo observado, su mirada es múltiple y sus introducciones en el entramado narrativo, audaces: por la crudeza lírica de ciertos contrastes y por lo expresivo. Es un creador que suele servirse de todos los materiales a su alcance, tal y como acostumbran a hacerlo los pueblos pobres –en su mejor sentido arquitectónico, no en el otro extremo: el patético--. Le confiere una importancia sorprendente a los matices, las sugestiones, las zonas grises u ocultas –fantasmales--, y a los aspectos psicológicos de los personajes e incluso de las cosas.