Mujeres santificadasSiempre existieron mujeres para las cuales el alma vivió de dar. Si alguna vez fuéramos a comprender sus vidas, destinos y azares, alcanzaríamos a percibirlas como siguiendo, afanosamente, algún cauce inexorable hacia una de las caras de la verdad, que se nos revela enternecedora y terrible al mismo tiempo. Consumaciones, esperanzas y desesperaciones ante las cuales, sin entenderlas, quedaríamos perplejos; presos de incredulidad, o perturbados por emociones encontradas, sin poder traducirlas en ideas.

Quisiéramos entonces creer que los tiempos y angustias de estas mujeres no pasaron en balde, porque algo quedó de ellos en aquella memoria del alma que los pueblos dejan estar consigo, y guardan con cariño a través de los tiempos. Difícil y complejo sitio para llegar a posesionarse, porque solo les transportan a este espacio–tiempo en esa memoria espiritual, quienes puedan comprenderlas e identificarse con aquella porción de la verdad brindada por ese conocimiento extraño, no adquirido. Aquel que primero debe ser redescubierto y luego reconocido. Ese saber del alma, que seca el pensar y obliga a pegarnos, como se pega el sediento al escaso hilillo de agua bajo la dura roca, con el desespero de no poder romperla, para beberla y poder saciar la sed de una vez y por todas