Las manos de Rita LongaPara quienes tuvimos el privilegio de conocer a Rita Longa evocar su figura es, indefectiblemente, recordar sus manos. Nervudas, inquietas, laboriosas, apurando un sinfín de ideas dentro del informe amasijo de barro, las manos de la escultora parecían resumir la majestuosidad de su estatura y la reciedumbre ejemplar de su carácter. Su obra abarcó más de dos tercios de la centuria pasada; para el pueblo, que desde siempre fuera su principal destinatario, Rita Longa más que la escultora, es la escultura cubana. Y no anda desencaminada esa intuitiva homologación que revela, al cabo, el mayúsculo alcance de su itinerario.
 
Iniciada en los umbrales de la década del treinta, la audaz trayectoria de la artista reedita la temprana vocación de cambio y actualización que alentó a los creadores cubanos, al tiempo que describe la titánica y veloz trayectoria de nuestra vanguardia escultórica. En efecto, la línea evolutiva que perfilan títulos como Sed (1932), Torso (1935), Triángulo (1936), y, Figura(1942), ilustran la insistente búsqueda de una expresión formal desenvuelta, actualizada y auténtica, así como su definitiva inserción en ese proceso de modernización plástica que, encabezado por la pintura, avanza y fragua para la escultura en Cuba a la altura de la década del cuarenta.