La violencia sublimadaSi alguna organización o comité contra la violencia de género resolviera censurar la difusión de aquellas obras que ensalcen, consciente o inconscientemente, cualquiera de las múltiples vías (sicológicas, físicas…) de violencia contra la mujer, simplemente nos quedaríamos sin Historia del Arte. Los museos más importante dejarían de exhibir gran parte de sus colecciones, las famosas editoriales que reproducen con alta fidelidad importantes cuadros  en sofisticados catálogos quebrarían, los estudiantes de las escuelas de arte perderían por completo las referencias históricas de la pintura, la escultura, el grabado… Serían arrancados y destruidos los mármoles de Rodin cual estatuas de Lenin en la agónica URSS de finales de los 80, acusados de contener una mirada machista. Las majas de Goya fueran lanzadas al fuego, tanto la desnuda como la vestida, más voluptuosa aún. ¿No ha sido acaso una tradición la representación de la mujer como objeto de deseo, como bien de consumo? ¿Y no es acaso esa condición de objeto para ser mirado, deseado y poseído, un acto de violencia sublimado? Pero no nos inquietemos, pues las teorías feministas no proponen una venganza y mucho menos una censura. Estarían traicionando entonces su propia esencia, su propia propuesta de horizontalidad y pluralidad, estarían legitimando la misma jerarquía centralizada y fálica a la que se oponen.