Leonardo PaduraTodavía recuerdo con absoluta nitidez el día de junio en que hace ya seis años, Carlos Velazco y yo tomamos el largo camino para entrevistar a ese escritor que recién habíamos leído con fruición pero con sospecha en los ratos libres permitidos por una aburrida carrera universitaria que tratábamos de hacer entretenida y llena de sobresaltos. Aquel viaje constituía uno de esos esfuerzos a brazo partido por tener algo que contar en un futuro no muy vislumbrado. Íbamos, más que con un cuestionario, con un interrogatorio de casi cuarenta preguntas y la esperanza de lograr que Leonardo Padura fuera noble y las respondiera en apenas dos horas.

Aunque no hablamos de ello durante el atestado traslado en un ya extinto camello, un enigma nos martillaba con mayor fuerza en la cabeza que los otros. ¿Por qué aquel hombre multipremiado, publicado por la prestigiosa Tusquets en España, con las puertas abiertas para vivir en cualquier otro sitio, se mantenía aferrado al poco noble barrio de Mantilla? Misterioso nos parecía que ni siquiera hubiese intentado buscar una casa por los alrededores de La Rampa, siguiendo ese precepto atribuido a Guillén de que los grandes hombres pueden nacer en cualquier lugar, pero siempre han de morir en El Vedado.