Matanzas ha aportado a la cultura nacional singulares diseñadores escénicos. Esa es una cuestión que aún debe estudiarse a profundidad. Inolvidables poetas y pintores. Rolando Estévez Jordán, Matanzas 1950, es uno de ellos, pintor, poeta, diseñador escénico. Acaba de recibir - por la trayectoria de una vida – el merecido premio Omar Valdés. Inquieto y talentoso, polémico, de personalísima y vasta obra creativa.
Su poesía, muchas veces publicada con sus diseños muestran la sensibilidad lírica que trasluce un imaginario, donde lo testimonial – en muchos casos - se funde con su capacidad de visualizar imágenes, que "acotan" una realidad vivencial conmovedora, íntima y social, espejo de una época que regresa desde su memoria eminentemente sensitiva, para crear una metáfora del individuo abocado en lo insular, en la imagen de la otra orilla, desde nosotros. Siempre digo que con los libros- arte de Vigía ya pasará – pasó - a la historia de la cultura cubana. Muchos de ellos se conservan en las colecciones del MOMA, en Nueva York o en diferentes colecciones privadas e institucionales de varios países. O en los estantes de muchos amantes de la literatura.
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Especialmente para Enrique Ríos Prado
Osmany Betancourt, es el Lolo, nacido en Matanzas en 1973. Graduado de la ENA. Después está la imagen del artista aparentemente apacible, que crea, embarrado de barro y despierta con su obra en el receptor que viene del mundo de la escena, una provocación perturbadora con imágenes, que nacen de la tierra, como Dios que creó todo ser vivo en siete días – con fuego y agua, además - y de ello nació lo perfecto y lo imperfecto. Estamos ante el demiurgo, el creador de historias, con barro, que siempre nos sobrecoge.
En estos meses que han transcurrido - más de un semestre - muchos acontecimientos han acontecido con los artistas escénicos matanceros.
Ejercer la profesión con ética se aprende a veces en la escuela y muchas veces fuera de ella. Ser un verdadero profesional lo enseña a veces la escuela, pero a veces tú personal condición humana y relación con la sociedad: el deseo de convertirte en un verdadero profesional, tu capacidad de dominar los conocimientos teóricos y prácticos, tu sensibilidad e inteligencia, tu capacidad para dominar el instrumento sobre el que se basa tu trabajo, tu verdadera vocación: con la que has nacido o crecido, o la que descubriste en el camino de la vida y a la que te dedicas con pasión, desde el constante estudio, desde la búsqueda de nuevos caminos trazados sobre el dominio de lo que existen; desde la originalidad y la trasgresión consciente. Ah, y desde el riesgo que puede provocar incomprensiones, las mismas que han sufrido los que provocan, los que se adelantan a otros en cualquier campo del conocimiento, de la creación.
Vigía es nuestra y es de todos en la Isla. Es del mundo, que la acoge, la acaricia y se la lleva a sus anaqueles, deslumbrando como una estrella, cualquier oscuridad. Vigía son libros en forma de poemas que navegan por el San Juan, salen a la Bahía de Matanzas y se adentran en el mar.
Cuando reviso lo que durante seis meses hemos hecho en la Casa de la Memoria Escénica, rememoro la intensidad de nuestro trabajo. La de mis colegas. En cifras, sobrecumplimos lo que teníamos planificado en el programa cultural, para la etapa que se analiza, en cada una de nuestras áreas de trabajo: promoción, archivo, biblioteca, actividades, cantidad de usuarios, librería, asistencia de público a nuestros seis espacios habituales. Los números, aunque apasionantes, generalmente no hablan de lo que a veces no ven los que leen estadísticas e informes: el esfuerzo, el tesón, la pasión.
Ediciones Matanzas se ha caracterizado, especialmente desde los noventa, por promover y divulgar la dramaturgia, la historia y la teoría teatral. Concursos de dramaturgia, como el José Jacinto Milanés, que desde 1996, se convirtió en nacional, el Dora Alonso, el Cien obras para un Papalote y actualmente, de manera simultanea, el Fundación de la Ciudad de Matanzas. Eventos nacionales e internacionales, también han incentivado la aparición de un prestigioso catalogo, que incluye a autores de diferentes generaciones.
Desde una butaca escribo mi visión de Buena Muerte, la obra que Teatro El Mirón Cubano presenta exitosamente en su sala, sábado y domingo, del mes del julio, escrito y dirigido por de Ulises Rodríguez Febles: ¿Qué me ha impresionado de esta puesta? Sin dudas, el texto, pero también el resultado de la puesta en escena y las actuaciones de los tres actores: Francisco Rodríguez, Javier Martínez y Yanetsis Sánchez. Me conmueve la manera en que la muerte y el dolor han sido abordados. La muerte, que es parte de nuestra existencia, de cada acto que hacemos: nos observa, nos asedia y ataca. Es significativo el tratamiento de la eutanasia, un tema tan debatido y polémico en muchas sociedades, incluida la nuestra.
Terry Fox es el símbolo de algo- alguien: un hombre- incompleto, roto, amputado por la naturaleza- que desde su incomplitud física prefigura un cosmos de acciones precisas contra la imposibilidad de ser y hacer. Su obra: correr con una prótesis después de haber sido amputada su pierna derecha, nos pone a pensar en las posibilidades infinitas del hombre, y en algo más: en cómo la cultura ha hecho con el hombre y sus instintos, lo mismo que hizo la naturaleza con el cuerpo humano, determinarlo dentro de un grupo rígido de órganos estrictamente funcionales y completos en sí mismos. Cuando al hombre se le rompe un órgano -en este caso cualquiera - ellos son insustituibles- cae en entredicho el sentido de esa perfección y con el lo que consideramos la naturaleza y la historia, pues penetra en una zona de ridiculez estética que lo separa del resto y lo diferencia desde la incapacidad, pero si sobre esa ausencia erige una acción totalizadora como Terry Fox, con el objetivo de contrarrestar a la naturaleza, recicla la ridiculez en osadía y en grandeza la miseria, transformándose en mito.
MAR DESNUDO...