Todavía recuerdo con absoluta nitidez el día de junio en que hace ya seis años, Carlos Velazco y yo tomamos el largo camino para entrevistar a ese escritor que recién habíamos leído con fruición pero con sospecha en los ratos libres permitidos por una aburrida carrera universitaria que tratábamos de hacer entretenida y llena de sobresaltos. Aquel viaje constituía uno de esos esfuerzos a brazo partido por tener algo que contar en un futuro no muy vislumbrado. Íbamos, más que con un cuestionario, con un interrogatorio de casi cuarenta preguntas y la esperanza de lograr que Leonardo Padura fuera noble y las respondiera en apenas dos horas.
Aunque no hablamos de ello durante el atestado traslado en un ya extinto camello, un enigma nos martillaba con mayor fuerza en la cabeza que los otros. ¿Por qué aquel hombre multipremiado, publicado por la prestigiosa Tusquets en España, con las puertas abiertas para vivir en cualquier otro sitio, se mantenía aferrado al poco noble barrio de Mantilla? Misterioso nos parecía que ni siquiera hubiese intentado buscar una casa por los alrededores de La Rampa, siguiendo ese precepto atribuido a Guillén de que los grandes hombres pueden nacer en cualquier lugar, pero siempre han de morir en El Vedado.
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Cuando se habla del proceso que constituyó la evolución del arte cubano desde sus inicios hasta el fenómeno revolucionario de la vanguardia plástica insular, es menester hacer referencia a un hito dentro del espectro expositivo que acaeció por la primera mitad del pasado siglo en los predios universitarios para constatar a través de óleos y grabados nuestra heredad plástica y su continuo devenir.
En la cuentística escrita por mujeres en la década del '90 destaca el nombre de Mylene Fernández Pintado, cuya labor creativa comenzó a hacer eco en los círculos intelectuales de la capital en dicho período. La autora, nacida en Ciudad de La Habana en 1963 y residente en la actualidad entre esta y Lugano, Suiza, es Licenciada en Derecho por la Universidad de La Habana desde el año 1984 y durante algún tiempo trabajó como asesora legal en el Instituto Cubano de Artes e Industria Cinematográficos (ICAIC). En su haber como narradora destacan dos menciones al premio otorgado por La Gaceta de Cuba, una en el concurso “Fernando González” en Colombia y otros concursos internacionales en el género del cuento, así como la obtención en 1998 del “Premio David” en el mismo género por su colección de relatos Anhedonia, publicada por Ediciones UNIÓN en 1999; el premio cubano-italiano Ítalo Calvino en el año 2002 y el Premio Nacional de la Crítica Literaria en el 2004, por su novela Otras plegarias atendidas, publicada también por la editorial Marco Tropea en Italia, galardones que contribuyeron sin dudas a la consolidación de la escritora y al creciente interés de la crítica literaria especializada por ahondar en los rasgos de una escritura femenina novedosa en el entonces controvertido panorama de la narrativa nacional.
Siempre existieron mujeres para las cuales el alma vivió de dar. Si alguna vez fuéramos a comprender sus vidas, destinos y azares, alcanzaríamos a percibirlas como siguiendo, afanosamente, algún cauce inexorable hacia una de las caras de la verdad, que se nos revela enternecedora y terrible al mismo tiempo. Consumaciones, esperanzas y desesperaciones ante las cuales, sin entenderlas, quedaríamos perplejos; presos de incredulidad, o perturbados por emociones encontradas, sin poder traducirlas en ideas.
Uno de los personajes femeninos más famosos del siglo XIX cubano fue Dolores Cruz Vehil (Matanzas, 20.9.1840- Ídem, 1913). En una época de prohibiciones para la mujer, “Lola” Cruz sobresalió sin transgredir las reglas, pero reafirmando continuamente su recia personalidad y su axiomática devoción por la patria chica. Dentro de los moldes sociales en que se desenvolvió, la adornaron virtudes como una erudición amplia y bien cimentada y un pensamiento liberal que solía manifestar en el trato próximo y humanizado que confería a sus esclavos, así como en la simpatía que mostraba respecto a las causas, socialmente justas. Dominaba varios idiomas, en particular el inglés, el francés y el italiano, tocaba el piano con una habilidad superior al de las jóvenes aficionadas de su clase y compartió con su esposo -el acaudalado José Manuel Ximeno- la pasión por el arte pictórico.
Desde las páginas de diarios y revistas podemos reconstruir el pasado. Las que “narran” los años 80 cubanos muestran el regreso de Virgilio Piñera al imaginario popular de la nación.
Proteo escenifica en su propia carne un drama. A un lado de su corazón está su infinita posibilidad como clarividente, y del otro lado, un destino de criatura hecha a imagen de todo lo que se corrompe y traba en redes del tiempo. Quienes necesitan sus visiones deben asirlo primero, detenerlo, fijar la esencia unívoca que desborda veloces y completas transformaciones, o sea, tienen —tenemos— más de dos dramas. La poesía de Roberto Manzano (Ciego de Ávila, 1949) sobresale, en el panorama de finales del siglo XX y principios del XXI, por darle volumen formal y conceptualmente al conflicto entre identidad y cambio. Dilema poético con la anchura del mar regurgitado incesantemente por Caribdis, donde se ha visto naufragar a poetas de finas dotes, tanto como perder sus valijas a críticos y jueces avaros. ¿En qué punto entre un adentro y un afuera se concentra la efectividad de la trascendencia, el poder de representación cabal del poeta a despecho de alternancias y compensaciones de la naturaleza? ¿Su éxito depende acaso de la fijeza, la delimitación de un absoluto como forma o manera última y representativa del Ser? ¿O acaso en un continuo de fatigada dinastía, resistencia infinita de la sustancia que permuta mientras se adapta, se estructura mientras se abre?
Texto leído en el Panel “Lengua y cultura en la creación artística del Caribe”, donde estuvieron presentes el cineasta haitiano Arnold Antonin; la poeta, editora y ensayista cubana Laura Ruiz Montes; y el poeta, crítico y editor francés Francis Combes, todos conformadores del Jurado que analizó libros de Literatura caribeña en francés o creol de la edición 53 del Premio Literario Casa de las Américas.
Quiero comenzar mi exposición con un fragmento del artículo “La inteligencia negra” de Arabella Oña, escrito en 1939: ¨(…) es hora ya que la igualdad se establezca para todos, que la justicia no se determine por el color de la piel, sino por las cualidades de las personas. A ello debemos contribuir todos, negros y blancos, completamente unidos, igual que en los campos de la Revolución para conquistar la independencia de Cuba¨1. 
MAR DESNUDO...