Río NegroLa violencia puede adquirir expresiones insospechadas. Las más absurdas, las locas, las sumergidas. Igual que un río que contiene, agazapada, la inmundicia; un río inmóvil de aguas casi perennes, donde hasta la respiración es enturbiada, arrastrada hasta el fondo, hasta el barro sin pasado. Igual que un río negro es esta historia. No es un pretexto, no es un paisaje. Es un personaje que contamina y conmina a violentarnos. Un hombre que se sabe oscuro e inútil, un pusilánime. Un padre tan torpe que se resiste a repetirse en la apática estupidez de su hijo. Un desesperanzador  intento por no ser.

Es esta novela Río Negro (Ediciones Matanzas, 2013) una que discurre a través de dos cauces: por encima el desespero de una generación que no comprende, no acepta, no empatiza con ese casi futuro que son sus hijos y su actitud de aldeanos tecnológicos; por debajo, el patetismo de una ciudad y su acuática historia, que a pesar de su irónico nombre (Resistencia), se ha convertido, inevitablemente, en “una ciudad sin porvenir, una ciudad inmunda”.
 
Sin embargo, es ese lenguaje transparente, lleno de un cinismo a veces conmovedor, a veces, detestable, el que nos conduce por los derroteros de este escritor de algún éxito, pero con un inigualable talento para echarlo todo a perder. Es su hijo Miguel, una imagen que lo subvierte desde el fondo del río de su vida.