Teatralidad en la obra de Osmani Betancourt FalcónOsmany Betancourt, es el Lolo, nacido en Matanzas en 1973. Graduado de la ENA. Después está la imagen del artista aparentemente apacible, que crea, embarrado de barro y despierta con su obra en el receptor que viene del mundo de la escena, una provocación perturbadora con imágenes, que nacen de la tierra, como Dios que creó todo ser vivo en siete días – con fuego y agua, además -  y de ello nació lo perfecto y lo imperfecto. Estamos ante el demiurgo, el creador de historias, con barro, que siempre nos sobrecoge.

Una poética que guarda una teatralidad muy particular, como si el artista creara personajes, situaciones, atmósferas que nos sitúan en la escena, bajo las luces de un cenital o en los espacios abiertos de la representación, tal como fue concebido el teatro, desde los griegos hasta hoy y avanzaran con su tragedia hacia un Destino arrasador, un caos demoníaco, que es lo que la mayoría de la veces percibo en su obra y solo basta revisarla en los catálogos, aunque como  en el teatro, lo auténtico es observarlo, olerlo, palparlo, sentir sus reflujos: el dolor, la angustia, el terror, el hambre.  

 

Un Apocalipsis de lo contemporáneo.

El ser humano destrozado, apabullado, aplastado, por fuerzas en pugnas internas o externas. El drama que nace del conflicto con otros o con un mundo en colisión.

Cuando definimos la teatralidad nos sumergimos en la teoría desde Artaud, Adamov, Meyerhold, Barthes o Pavis, en sus criterios también perturbadores, especialmente del primero, signos irredentos de la tradición occidental del teatro, en que los cuerpos de los actores crean demonios de sus sangres y vísceras.

Porque eso es lo que crea Osmani, cuando uno se enfrenta a sus escenarios, donde el ha dispuesto personajes en situaciones dramáticas y encontramos,  movimientos y gestos, que definen, metáforas de una realidad: es decir,  está el teatro, pero sin texto, porque en ciertos casos, como este, no lo necesita; solo el espesor de signos y sensaciones que nos enfrentan a un lenguaje, extraño, y a la vez, en el que se reconoce lo cotidiano de la existencia, el trauma de la civilización.

Encontramos – en el resultado final -  algo que define su acto de creación, la organicidad del (actor – director teatral – escultor), para metamorfosearse en otros o metamorfosear el barro, y recrear los espantos de  seres de la cotidianidad, que habitan sus sueños y pesadillas.  Sin dudas, son máscaras, utilizado con el término que la teatralidad propone para incendiar, la apacibilidad de un mundo, que se destroza en sus obras.

Si la teatralidad, en un primer caso, según las definiciones teóricas, es lo espacial, lo visual y lo expresivo, es decir lo que es espectacular e impresionante, ante nuestros ojos, eso lo encontramos en cada una de las obras del artista, por la disposición que hace de los espacios, estructurados desde la unicidad o la multiplicidad de los mismos,  desde lo escenografico, recreado como atmósfera, ambiente,  y la creación de un espacio corporal, que contiene la expresión (mímica, gesto, movimiento) o desde la apariencia (maquillaje, peinado, vestuario) y la relación entre los personajes, que conservan en su estatismo o en sus movimientos: una expresividad, que el teatro (el nuestro de cada día) a veces debía rescatar, para después de darle vida en el escenario.

La teatralidad la encuentro en unas más, que en otras de sus obras, pero siempre está, aún cuando los personajes no sean seres humanos, sino objetos (palanganas, inodoros, latas, cajas…), pero aun así, están siempre en conflicto, siempre marcados por la tragicidad de lo que sugieren y su potencial fuerza visual, que apabulla y nos introduce en un laberinto de sensaciones, que no son más que códigos leíbles de las colisiones sociales, ideológicas, estéticas, a las que la historia humana se ha enfrentado . O bien porque en los seres humanos, bajo su óptica creativa, siempre aparezca como reminiscencia, la degradación a la que ha sido sometido la especie humana.  

Una expresividad, que se encuentra en los gestos y movimientos de sus personajes, en sus rostros y cuerpos; en el desequilibrio – equilibrio, que se producen en esa relación. Cada rostro seleccionado de su galería transmite  estados de ánimos mutables, de una obra a otra, pero donde sobrevive, desde lo íntimo la tragedia colectiva, los estadios de la historia.

En su obra Espejo, terracota esmaltada,  encontramos la esencia de la mimesis, la búsqueda de la imitación de seres, que recrean antihéroes, por medios físicos, que no lingüísticos, aunque se sugieren, como subtextos, según la definición de Stanilavski, el esplendor trágico de la palabra, al estilo de Artaud o de Esquilo.  

Es la esencia primigenia y las reminiscencias del teatro moderno.

La artificialidad de la representación, elemento de esa teatralidad asumida, están en estos dos seres, en esa dualidad de intimidad y conflicto, que producen, como una metáfora rotunda, los seres de espaldas, que avanzan, no importan a donde (quizás, como Sísifo) sin avanzar o miran no se sabe a donde, y que produce que la estilización de sus figuras, se concentre en la fuerza dramática de sus rostros y en la del cuerpo, que avanza hacia esos rostros máscaras faciales (otro signo de lo teatral), con los adimentos de una teatralidad inusual, que cuelgan de sus bocas o están sobre sus cabezas. 

En Espejos, y si me detengo, como un ejemplo, en esta pieza es porque desde ella, podemos diseccionar lo que hallamos en otras del autor, como Ofrenda, Comilones, Metamorfosis, Mitad igual, mitad horror, o Huellas del pasado “esa proyección de un mundo sensible  de los estados de las imágenes, que constituyen sus resortes ocultos… la manifestación del contenido oculto, latente, que constituye el drama” que es lo que Adamov, define como concepto de teatralidad.

Osmani Betancourt Falcón nos sitúa a sus seres en un espacio dramático patente, del que nacen con sus historias, caracterizados, que es una de esas sensibilidades del talento del artista en su obra: propiciar en lo que crea, una serie de rasgos y atributos de sus personajes que transmiten sentimientos, actitudes…; proyectados en el lugar seleccionado, como dramaturgo, para exponer sus conflictos, y dispuestos,  para ser observados por los espectadores, proponiendo un ángulo de la visión, de rayos ópticos, que al fijarse sobre el objeto arte, crean empatía o antipatía, y provocan esa diversidad de lecturas que produce  la escena recreada por el artista y los elementos de esa teatralidad presente en su discurso.   

Detenidos ante su obra, como espectadores,  percibimos  la sugerencia de una historia no contada,  pero donde el narra, por la sucesión de gestos o su proyección, y a la vez, que nos propone un poderoso nivel de conflicto, que desencadena o puede desencadenar acciones dramáticas visualizadas en lo representado o en lo por representar; un suceso  o acontecimiento, detenido en una secuencia,  articulado por el artista, como fragmento de un Todo del cual podemos leer, las posibles y futuras secuencias, así como su pasado.  Una dramaturgia concebida, para especular sobre la verdad o las mentiras de sus seres. Y cuando hablamos de dramaturgia, hablamos de su capacidad de organizar el discurso y de utilizar ciertas leyes de la teoría dramática.

El destino al que se enfrentan sus personajes y su incapacidad de escapar de lo que las sociedades le han procurado, lo conecta al estilo de los héroes griegos, pero desde lo contemporáneo, con lo épico de lo cotidiano que trasmite en cada propuesta suya. Revisar las antes mencionadas, y otras, donde hasta lo objetual, como la teatralidad titiritera transmite esas esenciales sustanciales de una teatralidad impactante por su visualidad, su expresividad y su instalación en armonía o contraste con los espacios escogidos.

No hay obra de Osmany Betancourt donde no haya un proyecto de posible puesta en escena, un punto de partida para iniciar con sus proposiciones el drama por contar;  los elementos claves de la representación que hemos mencionado antes: una historia, personajes, un conflicto, un espacio, pero desde una visualidad teatral.

La capacidad de crear la ilusión perfecta, como un mundo real creado por la escena o de mostrar los artilugios de la creación de sus mundos, que nos dejan siempre ante la alucinación o el parto eterno de lo trágico.  Analizado de esta manera hay dos consecuencias de lo que el representa, la teatralidad como esencia de su obra; y la premonición, de que el teatro, como arte nazca de sus obras, se dimensione entre las leyes o las transgresiones de las mismas. Lo inédito de una obra que se pacta con el  sufrimiento de la materia, como la definió Alejandro G.  Alonso, al crear un universo, del que Antonin Artaud, el genio, sacaría de sus entrañas el grito, de un mundo que agoniza y de un teatro, que pedía – también a gritos -  las esencias de su teatralidad, esas que despliega Osmany Betancourt Falcón, mientras comienza la representación, su representación.


Por: Ulises Rodríguez Febles