Títeres MujeresCuando los titiriteros del mundo avistaban el desenlace del siglo XX, tiempo tan tormentoso y luminoso a la vez, y cada quien se refugiaba en los secretos a voces del oficio trashumante de las barracas y los teatrinos,  en las invenciones tecnológicas, siempre alucinantes, del muñeco mitad robot, mitad artesanía, nadie imaginaba que algo nuevo se podía decir en el campo multidisciplinario del fascinante teatro de figuras. Y es verdad, ya nada ignorado o al menos vislumbrado por los estudiosos y apasionados del teatro de títeres ha salido a la palestra pública. Es entonces, que en el seno del entrañable Festival Internacional de Teatro de Títeres de Bilbao apareció  una visión inquietante ,aunque no nueva, cuyo verdadero valor es aportar una variación auténtica al tema titiritero : echar una ojeada de profundis a la imprescindible presencia femenina en el retablo.

En este recuento y paisaje mundial en femenino que propone el evento vasco, me gustaría, desde lo masculino, que no significa para nada segregación ni misoginia cuando es masculino de verdad, sino completamiento natural, ternura necesaria, viaje a lo esencial, a la matriz de cualquier mundo posible, revisitar lo que ha sido el teatro de títeres y la mujer en Cuba.

Trataré de emprender viaje a partir de las bases fundacionales de nuestro inicio titiritero profesional. Sé que faltarán nombres y hasta que alguien piense que sobran otros, pero he ahí el misterio y el reto del investigador. Lo importante es abrir la puerta, y el Foro Títeres en femenino, auspiciado por el festival bilbaíno y su entusiasta directora Concha de la Casa propicia este recorrido, a ellos agradezco la inspiración y el análisis.

Seguro que hay otras mujeres en los inicios del siglo XX, con innegables vínculos al teatro de títeres, sin embargo, nadie puede quitarle el lugar preponderante que ocupa en esa etapa y hasta bien entrados los años sesenta la actriz titiritera, locutora, animadora, profesora, dramaturga, investigadora y directora Carucha Camejo. Ella marca el comienzo de una forma de mirar hacia el títere que mezcla entrega y sabiduría. La huella de la Camejo ha sido acicate y ejemplo desde los lejanos días de 1949, en que junto a su hermano Pepe, otro inmenso maestro, funda el Guiñol de los Hermanos Camejo, que luego pasa a ser, en 1956, Guiñol Nacional de Cuba, y en 1963, luego del triunfo de la Revolución de Fidel Castro, Teatro Nacional de Guiñol. Ella, presente con su gracia y fineza en la animación y actuación de la mítica Caperucita Roja, en la versión de 1943 escrita por Modesto Centeno. Ella, inolvidable, recreando la gracia criolla de la negrita Libélula, reina de la televisión de los años cincuenta. Ella, inmejorable en las obras inspiradas en la literatura dramática del hindú Rabindranath Tagore, o del granadino Federico García Lorca, ambas en los tempranos sesenta. Luego como osada directora de títulos como La caja de los juguetes, ballet para muñecos de Claude Debussy, El pequeño príncipe de Saint –Exupery, La corte de Faraón,  opereta cómica de Perrín, Palacios y LLeó, o lo que sería su espectáculo revelación, el Don Juan Tenorio, de Zorrilla. En varios de los montajes de la época dorada del Teatro Nacional de Guiñol descolló Carucha Camejo como actriz titiritera, también se reconoce su labor al frente de la fundación de los diferentes grupos de teatro de títeres por toda la Isla, y su interés personal en que tuviéramos un movimiento escénico consciente del linaje de los muñecos y de su historia milenaria.

Carucha aún vive, reside en Nueva York y atesora sus memorias cual sibila tropical. Otras mujeres que compartieron con ella ese tiempo fundacional ya no viven, pero es obligatorio mencionar sus honorables nombres, ellas también definieron un camino y le aportaron al retablo nacional ese toque distintivo que solo poseen las mujeres. Me refiero a Dora Carvajal al frente de su grupo La carreta, María Antonia Fariñas y su mundo de marionetas, sus canciones y cuentos para el programa de televisión Jardín de maravillas. Beba Farías y Titirilandia, mujer rebelde, inquebrantable y a la vez llena de la magia necesaria para el retablo de muñecos. Todas reclaman una mirada reflexiva en sus andanzas artísticas, es esa una deuda que acumula de por vida, el teatro para niños y de títeres cubano

Los años sesenta y la entrada de los barbudos a La Habana significaron no solo un cambio radical en la sociedad cubana, sino también un vuelco científico y cultural. Se fundan el Ballet Nacional de Cuba, el Conjunto Folklórico Nacional, el Conjunto de Danza Moderna, y el ya mencionado Teatro Nacional de Guiñol. En este último, muchachas muy jóvenes como Xiomara Palacio  y Regina Rossié, entre otras como Isabel Cancio o Mabel Rivero, se destacan al lado de la Camejo, profesora magistral. Luego harían carrera con brillantez individual, y se dedicarían no solo a la actuación y la animación, sino a la dirección escénica, la escritura teatral y la pedagogía. También por esos años mozos encontramos a Miriam Sánchez en el Teatro de Muñecos de La Habana, a las órdenes del maestro Roberto Fernández. Estas tres últimas aún siguen en activo. En otras provincias encontramos a las camagueyanas  Zunilda Fabelo, Argentina Herrán y  Nancy Obrador. En San Antonio de los Baños a Graciela González , Norka Zamora, Bárbara Piña, Edilma Soto y Miriam Boizán, destacan en Santiago de Cuba, entre muchas más.

 Los años setenta y ochenta propiciaron la aparición de nuevos rostros, muchachas que con su trabajo continuaron el derrotero indicado por Carucha y las demás titiriteras. Margarita Díaz, Maribel López, Gladys Casanova, Gladys Gil, Ana Jiménez, Lola Torres, Delfina García, Sarah Miyares, Migdalia y Mayda Seguí, Martha Díaz Farré, María Elena Tomás, María Luisa de la Cruz, Gelasia Valladares y Gilda de la Mata .Cubanas del oriente, el centro y el occidente de la Isla,féminas que se convirtieron en la luz de los retablos nacionales. Cada una, hoy, sigue aportando un estilo particular ,y así mantienen vivo  el arte de las figuras. Cualquiera de ellas puede narrar victorias y avatares de nuestra historia juglaresca, muy joven aún, pero añeja en lo que se refiere a pasión, búsquedas y dignificación  de la profesión.

No he mencionado el segmento de autoras titiriteras, porque quiero hacer distinción de los nombres que lo componen. En primer lugar Dora Alonso (1910-2001), una de las más prestigiosas plumas de la literatura cubana; entregando toda su sabiduría y estilo singular en la creación junto a los Camejo y Carril del títere Pelusín del Monte, en 1956. Luego seguiría escribiendo para todos los grupos del país y se convertiría en referencia para las puestas en escena de cualquier colectivo interesado en poner las mejores creaciones textuales concebidas específicamente para los retablos. Dora tuvo continuadoras en Reneé Potts, Yulki Cary, Esther Suarez Durán, Yanisbel Martínez y Blanca Felipe, entre otras firmas de diferentes épocas, todas comprometidas por igual en hacer crecer el humilde oficio de animar lo inanimado.

El prestigioso dramaturgo, crítico e investigador Freddy Artiles, definió a la última década del siglo pasado como el Boom de los noventa. Una nueva hornada de jóvenes titiriteros emergió dentro de los grupos establecidos en la Isla, en las escuelas de teatro y en colectivos de teatro de aficionados. También allí  la presencia femenina se hizo notar, nombres como los de Fara Madrigal, Daimarelis Méndez, Liliam Cala, Celeste del Pozo, Yanisbel Martínez o Tamara Venereo aportaron brillo especial a ese llamado Boom, que no es otra cosa que aire fresco, reverencia  a la tradición desde una posición desprejuiciada, una forma de ver y realizar este arte desde la pluralidad cultural de los nuevos tiempos.

Hablar del período que vivimos ahora mismo es más difícil, es parte de nuestra cotidianidad, de nuestro afán perenne por arrancarle a la vida los sustentos necesarios, tanto materiales como espirituales. En ese entorno marcado por la diáspora que impone la emigración internacional, los reajustes en las carreras profesionales de cada quien, la impronta de la fuerza tecnológica vinculada a la creación artística, los juegos electrónicos, los productos cinematográficos en formato digital, el poderío de la multidisciplinareidad en las artes. No obstante el halo femenino del títere cubano no se ha extinguido. Hállese en actrices titiriteras como Malawi Capote ,Yaqui Saíz, Idania García, Judith Martín, Mayelin Sánchez  y Dania Aguero , o en diseñadoras como Mayra Rodríguez y Nilsa Reyos 

Dos marcas indelebles se distinguen para siempre en la historia de los títeres de la mayor Isla de las Antillas.  La del actor, titiritero, diseñador y director artístico Pepe Camejo, con su sentido de organización, imaginería artesanal y la mezcla de raíces culturales europeas y africanas que conforman lo cubano, cuya labor continua o se enlaza a nombres imprescindibles como Pepe Carril, Luis Interian, Roberto Fernández, Armando Morales, Ulises García Allán Alfonso e Iván Jiménez, René Fernández, Mario Guerrero, Rafael Meléndez, o Pedro Valdés Piña entre otras generaciones de titiriteros masculinos que aquí no menciono. Todos responsables de recoger el batón dejado por los pioneros antes mencionados. 

La otra vertiente corresponde por derecho propio a la huella innegable de Carucha Camejo, con su interés investigativo en el universo titiritero del planeta, su sentido de riesgo en la creación, su fuerza de carácter, no enemistada con el encanto y la comunicación arte-público, más otras características atendibles de las otras féminas de su tiempo. Es imposible deslindar nuestro teatro en cuanto a los aportes femeninos y masculinos, están muy imbricados y muchas veces el lado masculino inclinaría por mayoría los resultados, lo que sí es justo es proponer un estudio del legado de nuestras mujeres titiriteras en el terreno musical, sección casi desconocida y poco valorada, donde aparecen nombres como María Álvarez Ríos, Marta Valdés, Matilde Calderius, Malena Corcho, Luciana Suarez o Elvira Santiago. Los aportes en el terreno del diseño y la construcción de muñecos, en la animación de figuras, la dramaturgia y la dirección artística. De seguro encontraríamos allí señales singulares que definen y conforman a nuestro teatro actual. Esas posibles señas nos mostrarían lo que somos en materia de arte titeril, que es también decir arte y cultura cubana, tan importante como la plástica, el cine, la danza o la literatura nacional. El Teatro de títeres un género contaminado con todas las vertientes culturales anteriores,  poseedor además de nuevas claves para la creación contemporánea; es allí donde al desentrañar los códigos femeninos en cuanto a matices y tonos creativos a través de nuestra historia titiritera, podremos constatar cuanto existe de ese toque distintivo de los títeres en femenino.


Por: Rubén Darío Salazar
Director general y artístico del Teatro de Las Estaciones, actor titiritero e investigador.