Teatro PincipalLa sensibilidad de una ciudad suele medirse en ocasiones por el arte que late sobre sus escenarios. Antes de que San Carlos y San Severino de Matanzas se transformara en uno de los principales enclaves literarios del país, fue precisamente el teatro el arte que más se cultivó en esta urbe. Tempranamente, en el siglo XIX, nombres como los del «primer cantor cubano» José María Heredia, José Teurbe Tolón, José Jacinto Milanés y otros se sintieron atraídos por las diferentes manifestaciones de las artes escénicas. El canto lírico, el drama y la comedia animaban por aquellos días a la afición matancera que al despertar la centuria había presenciado en ciertos rincones de la villa el desempeño histriónico del gran Francisco Covarrubias, reconocido desde entonces como el fundador del teatro cubano.

Unas décadas antes de que la fisonomía de la «ciudad de los puentes» se engalanara con la magnificencia del Teatro Esteban ( Sauto ), en las inmediaciones de la Plaza de la Libertad se erigió un coliseo, que aunque pequeño y de escasa relevancia arquitectónica, contribuyó notablemente a realzar la bonanza cultural de esta localidad. Bautizado con el nombre de Principal y conocido también con el de Manzano, este teatro fue emplazado en la calle de esa denominación, entre las de Ayuntamiento y Jovellanos y su antigua fachada continúa siendo testigo de una rica tradición cultural perfectamente perceptible en la obra creadora de poetas, pintores, músicos, dramaturgos y artistas de todos los géneros.

Precedido por varios coliseos, improvisados en su mayor parte, el Principal se inauguró en el primer semestre de 1830 ( 1 ) muy cerca de un pequeño teatro que con el mismo apelativo de Manzano había funcionado entre 1822 y 1828. La pobreza material de la edificación donde éste se hallaba instalado, la construcción era de madera y techo de tejamanil, no se correspondía ya con el crecimiento económico de la ciudad considerada entonces la segunda plaza mercantil de la Isla. Esta fue la razón que finalmente alentó a algunos vecinos y en particular a Juan José Romero y José Dehogues a construir uno de mampostería en los terrenos que le hipotecaron a la parda libre María Ignacia Morales. En marzo de 1830, en pleno levantamiento de la edificación se suscitó una suerte de controversia en torno a la forma que debían poseer los palcos. Entre remedar a los del Diorama (inaugurado en 1829, después de haber sido destinado por Vermay a salón de exposiciones y trucos de ilusionismo) o a los del Principal, ambos en la capital , la opinión pública abogaba por lo primero, tomando en consideración que: 

/ …/ el teatro quedará más hermoso con los palcos barandados, es decir, poniéndoles la parte de sus frentes de balaustres de hierro como los del Diorama. Si cuesta lo mismo a sus dueños hacer los balcones como el Diorama o como el Principal …¿ Por qué condenarnos a ver a medias a las elegantes y amables matanzeras?/ sic/ (2)

Aún se ignora el estilo y la forma que cobraron los palcos, pues de la edificación sólo se conserva el frente. Tal vez un rastreo bibliográfico y documental más profundo permita verificar el triunfo o la derrota de la opinión colectiva frente a la intención declarada de los propietarios de realizar los palcos a la manera del Principal habanero. Poco después de esta polémica surgieron ciertas inconformidades en relación con el palco destinado a las autoridades locales. No obstante esta magnitud, no era lo suficientemente amplio y poseía poca ventilación, situación que al parecer era general para todo el edificio. Sólo así se explica que en la sesión del Cabildo del 21 de mayo de aquel año el Alférez Real haya manifestado que “el teatro /…/ acabado de edificar se haya con algunos defectos tanto de ventilación como de comodidad y fáciles de reparar”. ( 3 )

Según noticias de la época, el Principal emergió al panorama artístico yumurino con no pocas deficiencias, lo que no le impidió erigirse durante más de tres décadas –hasta el nacimiento del teatro Esteban- en uno de los principales escenarios de la Isla, en lo relativo a la recepción de artistas y espectáculos de toda índole. De la misma manera que Matanzas era reconocida como la segunda población mercantil de Cuba, en breve mereció igual título en el orden cultural y en esto desempeñó un rol esencial la trayectoria del Principal, conjuntamente con una serie de instituciones y personalidades de mayor o menor relevancia que hicieron de la ciudad un verdadero emporio artístico, insoslayable por tanto en los estudios de la cultura nacional de la centuria decimonovena.

El pequeño coliseo había surgido casi al mismo tiempo que el despertar en la Isla, de un especial interés por el arte operístico. Hacia 1833 llega a Cuba la primera compañía de ópera, manifestación que en breve ganaría fervientes seguidores, desplazando en poco tiempo el predominio del género dramático de los escenarios de la colonia. En esta coyuntura el naciente Principal de Matanzas programará los primeros conciertos de ópera que tienen lugar en la urbe. Las notas de Rossini, Bellini, Donizetti, y otros compositores serían frecuentemente escuchadas por los amantes del género en aquel recinto, que muy pronto resultó angosto para esa clase de espectáculos.

No pocos asiduos, incluso los viajeros que visitaban la ciudad, estimaban al Principal como inapropiado para el rango de la urbe y de los prestigiosos artistas que de doquier acudían. En su documentada historia del teatro cubano Rine Leal alude a este particular y a los factores que coadyuvaron al auge teatral de la localidad. “Como Matanzas estaba situada a corta distancia de la capital, la vida teatral habanera se proyectaba sobre la vecina ciudad y de esta manera Matanzas contó, en el siglo XIX, con muy privilegiada situación dramática y lírica que no estaba acorde con el estado de sus escenarios.” ( 4 ) .

Pese a ello y contra todos los pronósticos el teatrico de Manzano fue el sitio donde los matanceros tuvieron la oportunidad de apreciar el desempeño de artistas de resonancia nacional y universal. La primera puesta de una ópera con toda la escenografía correspondiente tuvo lugar allí, poco después de que la capital fuera testigo de un suceso semejante. Los protagonistas de aquella representación fueron la matancera Úrsula Deville y sus compañeros del Liceo habanero. Era abril de 1848 y Úrsula, transformada en la Norma de Bellini y dueña de una poderosa voz despertó el asombro de todos los que pudieron presenciar la escenificación. El personaje de Adalgisa, contrapartida del de Norma, había sido interpretado por la afamada Concepción Cirártegui, que ha pasado a integrar los anales de la música en Cuba como la primera mujer que en la Isla se dedicó de manera profesional a la ópera, superando con su actitud prejuicios y convencionalismos. ( 5 ) Como dato curioso, vale añadir que la Deville estaba emparentada con el violinista matancero, de trascendencia universal, José White, a quien el escenario del Principal tendría la feliz oportunidad de recibir más adelante.

Este peculiar apego por la ópera motivó que en el propio teatro - también en El Pasatiempo , afamado establecimiento de música del francés Fernando Deville, padre de la cantante- se vendieran a menudo partituras de piezas de canto con acompañamiento para piano con las firmas de los citados autores y de otros de probada fama. En este sentido la refinada Matanzas se hallaba al día. Las notas de los compositores italianos y franceses en boga eran bien conocidas del público citadino, y ellas eran interpretadas y recreadas en sus residencias por los jóvenes aficionados de la ciudad. Esta inclinación, casi natural por la música identifica hasta hoy a los matanceros, quienes han legado a la manifestación algunos de los nombres más emblemáticos de la muy conocida y respetada música cubana.

Por su parte, la historia de El Conde Alarcos debida a la pluma del matancero José Jacinto Milanés, figura cimera del teatro romántico en la Isla, fue escenificada también en el Principal , tras haber sido prohibida su representación por el gobierno colonial en octubre de 1838. La puesta contribuyó a acrecentar el renombre del teatro, amén del triunfo que representó para el sensible bardo, que más tarde se probaría como actor aficionado en esa propia sede. El autor de La fuga de la tórtola estrenaría en fechas sucesivas otros dramas y juguetes cómicos. Esta época -inicios de los años de 1840- debe considerarse como una de las más puntuales para la historia del coliseo porque durante la misma se presentaron en él, además de las compañías de ópera de la capital, tan aclamadas desde los años treinta, otras como la de los Robreño, los Raveles habaneros, y la extraordinaria austríaca Fanny Elssler. La presencia de la Elssler, primero en la capital y después en Matanzas ha sido estimada como uno de los grandes sucesos artísticos del siglo XIX cubano. Esta figura paradigmática de la danza clásica de todos los tiempos pudo ser aplaudida por los matanceros en marzo de 1842, cuando bailara en el Principal , La smolenska y La cracoviana, creadas expresamente para ella.

Entre los artistas que visitaron el teatro en el siguiente decenio deben destacarse los nombres del célebre pianista austríaco Mauricio Strakosch predilecto del zar ruso y miembro honorario de varias sociedades filarmónicas de Europa, y del violinista Frank Coenen, discípulo de Berlioz. Sus conciertos fueron ofrecidos en febrero y abril de 1850, respectivamente.La Sociedad dramática de Pedro Iglesias también realizó algunas representaciones por estos años, así como la entonces adolescente Adelina Patti que fascinó con su voz a todos quienes la escucharon. La Patti, nacida en España de padres italianos, había arribado a Cuba atraída por el citado Strakosch, quien fuera su cuñado y en otro tiempo, su maestro.

En los anales del teatro quizás el último gran acontecimiento fuera la actuación del pianista norteamericano Luis Moreau Gottschalk en noviembre de 1860. Ya en esta década constituía una necesidad ineludible la construcción de un nuevo coliseo, superior en amplitud y comodidades al Principal . Tal necesidad –latente desde hacía varios lustros- dejaría de serlo en abril de 1863 cuando fue inaugurado el Esteban , rebautizado más tarde con el nombre de Sauto. Con este suceso quedaba prácticamente sellada la historia del coliseo de la calle Manzano, al que en 1864, teniendo por dueño a Román Govín, le fuera prohibido por el gobernador ofrecer funciones públicas. Unos años después, en 1868, un grupo de individuos, amante de las glorias del “viejo” teatro, intentó revitalizarlo y hacerlo objeto de una restauración. El loable empeño no pudo verificarse porque los fondos que el gobierno invertía en el arte y la educación apenas alcanzaban para sostener al Esteban .

Con tal suerte, comenzaron a transcurrir los días y el entrañable edificio fue perdiendo, sobre todo en el interior, los rasgos de su antigua apariencia. Hoy, a más 150 años de la clausura, su fachada continúa en pie, tal vez para recordarnos que lo genuino y verdaderamente valioso siempre permanece. Es por ello que nombres como los de Gottschalk, White, Milanés, la Elssler, la Deville, la Patti, Strakosch y otros no pueden ser ignorados. Muchos desconocen, sin embargo, que todos pasearon su virtuosismo por el modesto escenario del Principa l matancero. Esa otra historia, extraviada entre el papel amarillento y gastado de viejos periódicos es la que hemos pretendido develar, para que esta ciudad de agua y poesía, pueda mostrar íntegramente las razones de su preeminencia artística e intelectual. La historia del XIX matancero, y aún más, la del teatro cubano de esa centuria no puede relatarse sin mencionar la de este legendario teatro, el mismo que acogiera en su pequeño espacio a lo más relevante de la escena nacional y universal, en el momento en que esta ciudad despuntaba como una de las plazas culturales más pujantes de la Isla.

Citas.

(1) Aunque no se conoce la fecha exacta de la inauguración del Principal , puede afirmarse, a partir de la documentación de la época, que ella debió celebrarse entre marzo y mayo de 1830.

(2) La Aurora de Matanzas . Matanzas, 14 de marzo de 1830.

(3) Archivo Histórico Provincial . Fondo Actas Capitulares , Libro 48, Año1830.

(4) Leal, Rine . La selva oscura. La Habana. Editorial de Arte y Literatura.1975. p.193

(5) Cabrera Galán, Mireya . Ursula Deville: Pasión y canto . Matanzas.Ediciones Matanzas.1993. p. 34

------------------------------------------------------------------

MIREYA CABRERA GALÁN
Licenciada en Historia, investigadora. Ha publicado entre otros, El Ateneo de Matanzas: Historia y Trascendencia