Teresita BurgosEscribir tórnase en evento personalísimo, absolutamente íntimo entre el escritor y el escritor. Si comienzo tan impetuosa esta entrevista es porque Teresita Burgos resulta pródiga en cuanto a sus actos creativos: ahí están sus libros para confirmarlo. La pregunta se impone: ¿qué es escribir para ti?

Es un goce espiritual y estético que traigo desde niña. Tanto el proceso de creación primario, eso que llaman inspiración, el cual se me da espontáneo, cálido  y misterioso, como  el secundario,  la parte fría, donde se pone de manifiesto la verdadera vocación y se necesitan la constancia, el esfuerzo diario, el estudio, la técnica, el oficio para dar forma a cualquier escrito, me seducen, me cautivan desde siempre. Vivo entre ellos de forma natural. Somos uno. Somos inseparables.  

¿Cuánto hay de Burgos en ti y cuánto de Matanzas?

Burgos es un apellido español que aparece en Matanzas en el siglo XVII. Mi abuela paterna llegó a Cuba en 1900 procedente de Valladolid, España. Ella inscribió a mi padre con su apellido y por eso yo lo llevo también.

 Mi niñez estuvo estrechamente vinculada a esa abuela llamada María. Su acento, sus costumbres, su carácter fuerte y disciplinado, su seriedad, calaron en mí. Tenía actitud de reina, era escéptica  y feminista para su época, y eso me atraía, como niña al fin. Contrastaba con mi abuela materna, una cubana tierna, alegre, generosa, le gustaba cantar y hacer cuentos de aparecidos. Se llamaba María Margarita. Esta abuela mía podía ver los fantasmas y escuchaba voces de otras esferas o dimensiones, según ella.  Creo que tengo un poco de mis dos fantásticas abuelas. 

Mi amor por el mar me lo legaron mis abuelos. Uno de ellos tocaba la armónica para encantar a los peces.  

En mí hay bastante de mi ciudad. Sus ríos y puentes, su belleza natural, su historia me han inspirado mucho. En mis libros alientan sus casas, parajes bellos y escondidos, sus playas, los parques, los trenes, los animales desamparados que la andan, las gentes que prefieren sus calles. Una de las cosas que más me gusta de la ciudad es su bahía abierta sobrevolada por gaviotas, pelícanos, habitada por barcos que suenan en la noche. También el valle de Yumurí con su vegetación intensa y su neblina. Pero lo que más me enamora es el viejo San Juan, quizás porque sus aguas no se resignan y siempre buscan la inmensidad del mar, el horizonte.    

Hablamos de literatura, pero tus inicios al mundo del público se ubican en las tablas…

Lo primero que llegó a mi vida fue la música. Mis padres se dieron cuenta de mi aptitud para la misma y desde pequeña me pusieron a estudiarla con profesores particulares. Mi hermano estudiaba guitarra, yo piano y violín. Aunque no llegué a niveles superiores, el conocimiento y práctica de estos instrumentos me permitió componer mis propias canciones. Unas veces le ponía música a los poemas que hacía, otras, le ponía letra a las melodías que creaba. Así llevaba mis dos pasiones a la par. 

El teatro rondaba por ese entonces también puesto que estudiaba en la escuela primaria “26 de Julio” en el barrio de La Playa y tenía un profesor de matemáticas de apellido Figueroa que era amante de las artes, una persona muy entusiasta. Sus alumnos disfrutábamos mucho con las escenas que nos montaba para las actividades escolares y los himnos que cantábamos en el coro para representar a dicha escuela en los diferentes eventos. Mi profesor también nos preparaba para declamar poesía y leer textos en los matutinos. De esta forma se despertó en mí el interés por la escena.

Cuando años más tarde me presenté a una convocatoria del teatro guiñol de Matanzas que necesitaba actores, fui aprobaba y seleccionada para cursar estudios de esa especialidad es una escuela radicada entonces en el Parque Lenin. Trabajé doce años como actriz profesional en lo que es hoy el grupo de teatro Papalote y, la mayor parte, bajo la dirección de René Fernández Santana, quien fue para mí un excelente maestro y amigo.

El teatro es otra de mis pasiones porque reúne todas las artes que amo. Durante mi trabajo en las tablas nunca abandoné ni la música ni la literatura y fui desarrollando mi trabajo también en esos campos.  Cuando tuve que abandonar la carrera de actriz por problemas de salud, fue muy doloroso, una de las cosas más tristes que me ha pasado en la vida, pero la literatura me salvó, me consoló, me curó.
           
En tu poemario Revelaciones de 1989 le confiesas a un a un amigo: “soy esa criatura que habita la lentitud”. ¿Hasta dónde incumpliste este apotegma? (No me refiero a lo personal, sino a que con Tere Burgos no se podría hablar de lentitud a la hora de crear, insisto en lo versátil de tu trabajo literario)

Con esa sentencia me refiero quizás a mi lado contemplativo. Me interesa lo fundamental  y los pormenores. Soy detallista, me fascina investigar, analizar. Me apasiona lo profundo, lo invisible, las latencias. Mi mundo interior creativo es sosegado, pero rico, libre, cambiante, sin límites, como un manantial que no cesa. Con la prisa nada puede ser apreciado en todo sus aspectos recónditos. La prisa todo lo devora sin compasión. No es fácil de explicar mi máxima, pero debo aclarar finalmente que mi tipo de lentitud nada tiene que ver con el tiempo. 

Alguien me comentó que los libros propios son como hijos ¿Cómo han sido tus partos?

Pienso que no hay nada comparado con los hijos, ni siquiera un libro salido del alma. Para mí Harold y Julieta son lo máximo de mi vida, pero respondiendo a tu pregunta: mis libros han sido (y espero que sigan siendo) muy inspirados y tranquilos. No presiono mis períodos de gestación en pos de publicar. Mis libros saben esperar. Son como el mármol  donde voy grabando los sentimientos que creo pueden serme útil para ser mejor persona, algo capaz de perdurar y acompañarme en la multitud o en la soledad. Mis libros, aunque no se caracterizan por el tema amoroso, los considero una declaración de amor a los demás seres humanos, una forma de comunicarme y decirles que me importan. Mis libros no los termino nunca, ellos solos maduran y se van.   

Tengo varios publicados. Cuando la luna se sienta en el limonero, poemario para niños dedicado a mis hijos, ya lleva dos ediciones. La primera en 1986 por Ediciones Vigía, su editor fue Alfredo Zaldívar y el diseñador e ilustrador Rolando Estévez. Dos entrañables amigos, dos grandes artistas. La segunda en 2003 por Ediciones Matanzas. Su editora fue Yanira Marimón, quien no sólo es una excelente poeta sino también una editora muy profesional, y la  ilustración y el diseño corrió a cargo de Johann E. Trujillo, un extraordinario artista, cuyos dibujos captaron de forma especial la esencia de los poemas. Es un libro muy querido para mí. Obtuvo el premio de poesía en el concurso “Bonifacio Byrne” de 1984.

Revelaciones salió en 1989 por Ediciones Matanzas. La edición estuvo a cargo del  poeta Luís Lorente, el diseño general de Carbonell y el diseño de portada de Guillermo Horta (dibujante y bailarín, más conocido por Williams). Sus páginas están empapadas del amor que siento por mi ciudad y sus gentes.

Laura Ruiz, una amiga y una excelente poeta que admiro, editó en Vigía Junto al ceremonial nostálgico de los hornos en un año que no recuerdo ahora. Ese libro mío refleja el mundo misterioso de la Botica Francesa y la familia Triolet. Está embellecido con auténticas etiquetas o clisés del siglo XIX que utilizaban aquellos nobles boticarios. 

Mi novela “Habitantes de la penumbra” fue publicada en 2005 y es una historia de amor entre dos jóvenes de diferentes capas sociales. Se desarrolla en la Matanzas actual. Ha tenido mucha aceptación por el público. Lo editó Yanira Marimón, lo diseñó Johann E. Trujillo y las ilustraciones son de Manuel Hernández, un buen amigo y artista plástico de nuestro país. 

En 2009 vio la luz, a través de Ediciones Matanzas, Libro blanco de prosas poéticas. Editado también por Yanira y diseñado por Johann. Aunque salió hace poco está escrito desde hace algunos años. Eliseo Diego, quien lo leyó una vez,  me dijo, entre muchas cosas: “Me gusta porque es un libro extraño”.

En proceso de escritura está un libro de viaje, novelado, La sombra blanca de Mei Li que obtuvo la Beca de Creación “Juan Francisco Manzano” de 2009.  En él recojo mis vivencias durante 2006 en Beijing, China.

Tengo inéditos muchos libros: Los azules desconocidos del polvo, poemario que reúne lo que he escrito sobre España en diferentes viajes a esa península. Días muertos de una isla, poemario que refleja los tiempos que vivimos con sus bienes y males.  Atrapados, novela de ficción. Un pie en el vacío y otro en la nada, novela inspirada en la vida de inmigrante de mi abuela española. Si una mandarina cae al agua…, poemas para niños. Confesiones a Helios, poesía, dedicado a mi padre. Bola de cristal, cuentos para niños sobre la naturaleza. El señor del aire, cuentos para adultos. El triángulo de Solem, una novela fantástica en proceso de creación. Tengo escrito varios cuadernos de poesía, inéditos también, que los veo más bien como plaquettes: En las aguas secretas de la luz, Casa de silencios, Aires, y otros.

Trato de hacer libros que no envejezcan y de utilizar un lenguaje que haga honor a nuestro idioma que tan bellos sonidos y significados posee.        

¿Tienes preferencia por algún género literario? ¿Algún público en especial?

Prefiero la poesía. He incursionado en otros géneros como el cuento, la novela, el teatro, las dramaturgias radial y cinematográfica, pero sólo soy una poetisa que ha abordado esos géneros. Siento que la poesía es mi fuerte.

He leído poesía para públicos de diversas edades y de distintos países. Mi público preferido es el que sabe escuchar y del cual emana algo que te alienta a seguir leyendo. A veces he encontrado un público extraordinario en lugares apartados donde vive gente humilde que se acerca “a ver la actividad”. Otras veces, he encontrado un público pésimo entre “gente culta” que se pone a cuchichear  de cualquier cosa mientras se lee. Esto de los públicos es muy complejo, sobre todo porque pienso que el verdadero poeta no es sólo quien escribe la poesía, sino quien la sabe escuchar  y vibra con ella.   

¿Necesitas de condiciones exclusivas para llenar la hoja en blanco?

Todo lo que se relacione con mi trabajo debe estar limpio y ordenado. Sé que puedo crear literatura en otros ambientes, pues ya he tenido la experiencia, pero el mío habitual se caracteriza por la claridad, las ventanas abiertas y un vaso de agua cristalina cerca de mí para descansar la vista. El agua es un elemento que me hace sentir segura. No pongo música. Escuchando música no me puedo concentrar bien en la escritura. Los sonidos ejercen un gran poder sobre mí, me sugieren otras ideas, me desvían y me llevan por otros caminos. Prefiero la música natural de los árboles, los pajaritos, los insectos. Nunca escribo de noche. Siempre lo hago desde muy temprano en la mañana, cada día, durante muchas horas.  Tengo un espacio para crear que mi familia siempre ha respetado.   

¿En qué lugar de tu vida guardas a las Ediciones Vigía?

Los años que trabajé en las Ediciones Vigía fueron de gran importancia para mí por todo lo que pude aprender junto a ese gran amigo, poeta, editor y promotor que es Alfredo Zaldívar, y por todos los importantes artistas y escritores, locos  y fantasmas que conocí en la casona que mira al San Juan y con los que trabajé durante años.

En ella coincidí con Rolando Estévez, el diseñador principal de las ediciones. Sus dibujos le dieron un ángel, una dignidad a los papeles más rústicos y pobres. Elevaba los restos inservibles a un nivel artístico que  asombraba. También coincidí con Laura Ruiz, René Suárez, Bertha Caluff, Arístides Vega, Luis Marimón, Heriberto Hernández, Aramís Quintero, Urbano Martínez, Camilo Venegas, Carlos Zamora, Charo Guerra, Luis Lorente, Guillermo Horta, Raúl Torres, Lázaro Horta, Tania Moreno, Sigfredo Ariel, Evelio Luis Capote y demás queridos amigos.  Por allí pasaron Eliseo Diego, Fina García Marruz, Cintio Vitier, Marta Valdés, Miguel Barnet y otras importantes personalidades de nuestra cultura que siempre han apoyado las ediciones. 
Recuerdo que Lucre Estévez, Julieta Bermúdez, Beatriz Montaña y otros niños de entonces, se formaron en aquel ambiente artístico e intelectual.     

Llegué a Vigía rescatada por Zaldívar. Te cuento: Yo era miembro del Taller Literario Municipal y nos conocíamos de las actividades del mismo y de la Casa del Escritor que él dirigía. Aún era  actriz del grupo de teatro Papalote, pero cuando tuve que abandonarlo por motivos de salud, (año 1988) me ubicaron como acomodadora en el Teatro Sauto. Estuve de acuerdo en tal ubicación porque tendría más tiempo para escribir, pero nunca llegué a realizar ese trabajo porque Zaldívar, como un caballero medieval, se batió por mí y, mediante avales de personalidades de la cultura en Matanzas sobre mi labor literaria, logró llevarme a trabajar  en las ediciones manufacturadas que hoy son tan reconocidas nacional e  internacionalmente. 

Todos los que trabajábamos en Vigía éramos poetas.  Abordábamos aquel trabajo de rasgar papel e iluminar a mano, además de editar y redactar, con gran entusiasmo y dedicación, aunque era una labor agotadora. Lo hacíamos  por la necesidad de publicar que teníamos los escritores, pero también porque necesitábamos crear, a partir de elementos de deshechos que era lo que estaba a nuestro alcance, algo bello y valioso. Nunca imaginamos que todo aquello iba a trascender.

En aquel tiempo Matanzas y sus gentes eran otras. Nuestro equipo de trabajo era como una familia desinteresada, jovial, inquieta artísticamente. Nos pasábamos largas jornadas rasgando hojas, pegando papeles, pintando, escribiendo a máquina, corrigiendo esténciles. Cientos de páginas y portadas pasaban por nuestras manos. También nos divertíamos, leíamos poesía, hacíamos planes. No teníamos horario ni límites en aquella labor, pero uno de los que más se entregó en alma y vida fue, en mi opinión,  Alfredo Zaldívar. Siempre tenía una idea nueva, un proyecto hermoso que realizar. Recuerdo que en ese tiempo vivía en un albergue y tenía privaciones de todo tipo. Era común verlo, con enormes fardos de papeles sobre los hombros, caminar largas distancias en pos de una guillotina. Sus manos y ropas casi siempre estaban manchadas de tinta de mimeógrafo y trabajaba hasta altas horas de la noche, pero el fruto de su labor parecía compensarlo con creces. Lo considero un editor sui géneris, un gran ser humano.
Actualmente, Zaldívar dirige las Ediciones Matanzas y la Casa de las Letras “Digdora Alonso” donde continúa una labor editorial muy importante y con una entrega total junto a su maravilloso equipo de trabajo. Espero que en algún momento esta amada ciudad, aunque no le vio nacer, le agradezca el aporte incondicional que ha hecho a su cultura.

En las Ediciones Vigía continúan Laura, su editora principal, y Estévez, su diseñador por excelencia, bajo el haz de luz  de la lámpara, en compañía de nuevas generaciones  y valiosos compañeros. Hay muchos que ya no estamos, pero seguimos conectados de algún modo al corazón de la tinta y el papel, a los fantasmas de la casona, a los elementos humildes que hacen brillar cada libro.         

¿Cuánto han influido en tu literatura la familia, el árbol de agua que dejaste en China, las adaptaciones de cuentos de terror para la radio?

Mi familia es esencial en mi vida y esto lo he reflejado en el arte y la literatura de muchas formas. Mis padres ayudaron a mi formación entre libros e instrumentos musicales, paseos a playas, circos, parques y demás lugares donde podía vivir experiencias muy bonitas e inolvidables. Me casé con Joaquín Bermúdez, músico, compositor  y  orquestador, que desciende de una familia de artistas. Mis hijos se han formado en un ambiente propicio para desarrollar sus aptitudes. Harold es violinista, compositor, arreglista  y actor. Julieta es flautista, poeta  y también ha incursionado en el teatro. Son personas sensibles y maravillosas, mis grandes amigos. A mi madre le gusta mucho la poesía y también ha escrito lo suyo. Aún con su edad avanzada me sigue acompañando a tertulias literarias. Mi hermano me ayuda a imprimir los libros y me apoya en todo. Mi padre está presente en la constancia, en la perseverancia, en el trabajo incansable de la creación diaria. Mis nietas son mi inspiración más reciente.  

El árbol de agua es real. Se halla en un barrio de Beijing, en China, cerca de la Ciudad Prohibida donde viví el año 2006. Durante el verano, cada tarde alrededor de las cuatro, comenzaba su fronda a agitarse y brillar, a manifestarse como el agua. Lo veía desde mi balcón y me parecía un pedazo de mar. Me recordaba nuestras playas cubanas y por eso lo bauticé “árbol de agua”. Me ha inspirado mucho y desde esa fecha he escrito bastante sobre él. Ya se ha vuelto un símbolo. Ese árbol me inspiró el guión del cortometraje “El mar de Pekín” que será rodado en China por un cineasta cubano.

En cuanto a la radio te diré que jamás pensé que yo escribiría para ese medio. Nunca se me ocurrió ni estaba en mis planes, pero hablando en cierta ocasión  por teléfono (año 2000) con la escritora Margarita Aldanás, quien en aquel momento escribía para la emisora local, me enteré que necesitaban guionistas en Radio 26, y ella me alentó a que presentara algunos guiones. Decidí probar suerte después de estudiar los aspectos técnicos del guión de dramatizado radial de forma autodidacta. Para sorpresa mí me contrataron para el espacio Cuentos de Horror y Misterio y desde entonces escribo originales, hago adaptaciones y versiones para este espacio y para otros como Escenario de un Cuento y Teatro, donde también hago originales, adapto  y versiono obras de la literatura universal. La radio tiene muchas posibilidades y alcanza  todos los públicos. Se pueden lograr cosas muy interesantes y de alto nivel artístico, pero eso no depende sólo de un escritor.       

¿En qué fundamentabas tus esperanzas al fundar el Taller experimental de creación literaria “Eliseo Diego”?

Durante el tiempo que trabajé como Técnico Auxiliar Literario en el municipio de Cultura tuve la oportunidad de formar talleres de poesía en escuelas e instituciones culturales donde acudían niños y adultos con sus textos. Descubrí que la mayoría de estas personas tenían un concepto muy pobre y desvirtuado de lo que es la poesía. Estaban viciados, por decirlo de alguna forma, con rimas gastadas, con temas que le eran ajenos y sonaban falsos y panfletarios.   Por este motivo, me di a la tarea de comenzar un taller, basado en mi experiencia de creación, para sensibilizar a los interesados a apreciar y a escribir poesía. Para esto cree un método de trabajo con base científica, cuyo objetivo era adiestrar los cinco sentidos con ejercicios y juegos donde se involucraban, por una parte las distintas  manifestaciones artísticas, la familia, el entorno natural, la comunidad, etc., y, por otra, se trataba de ampliar el horizonte cultural de los talleristas con lecturas, préstamos de libros, debates sobre obras importantes y apreciación de las mismas.
Este taller experimental tenía además una búsqueda ética, estética y de cubanía teniendo como paradigma al grupo Orígenes, su espíritu poético. Lleva el nombre de Eliseo Diego en honor a la obra de este poeta, quien perteneció, como todos sabemos, a este grupo y por quien siento una gran admiración.  

Esta especie de laboratorio creativo se mantuvo durante doce años y tuvo por sede diferentes instituciones culturales como la UNEAC, el Centro de Promoción Literaria “José Jacinto Milanés”, la Casa de Cultura “Bonifacio Byrne”, la librería “El Pensamiento” y, por último, mi casa. Tuvo su revista “Entre la luz”, de la cual sólo pudo salir el primer número con tres ejemplares, debido a las dificultades materiales para su publicación.  
 
Sabemos de tu impronta en determinadas revistas que se publicaron en Matanzas…

He sido miembro del equipo de fundación de tres revistas matanceras creadas a finales de los ochentas y principio de los noventa. Revistas queridas y entrañables: La Revista del Vigía, Barquitos del San Juan y Llama Viva. Puedo hablar del espíritu de cada una, de lo que significaron para mí.  La Revista del Vigía nació de un sueño entre papeles viejos y recortes de todo tipo. Nació por una necesidad imperiosa de creación artística e intelectual, fue una inspiración de belleza, arriesgada, una luz…

Los vigías de entonces nos pasábamos el tiempo creando o buscando metáforas para las diferentes secciones en que su director, Alfredo Zaldívar, quería estructurarla.
Su realización era más trabajosa que una edición normal, por sus grandes dimensiones. Las portadas se trabajaban mucho y las hojas de cada sección.

Tenía más páginas que las publicaciones normales. El pegado de recortes de tela, papel, madera, y todo lo demás que salía de la imaginación fuera de serie de Estévez, su diseñador, hacían que aumentara más su volumen. Cuando hicimos el primer número estábamos felices. Agotados, pero felices. Creo que fueron 200 ejemplares.         

Hay anécdotas de todo tipo. Cómicas, de fantasmas, tristes… Recuerdo que cierta vez (no estoy segura si sucedió con el primer número o con el segundo) teníamos todas las páginas impresas y organizadas por bultos sobre las mesas para comenzar a empalmar al día siguiente. Estuvimos trabajando hasta tarde en eso. Cuando regresamos a continuar nuestra labor a la mañana siguiente nos encontramos todas las hojas regadas por el piso. Las páginas de dibujos ya iluminados, los textos, tenían huellas de suelas y tacones de calzado varonil. Nos quedamos atónitos ante aquel desastre. Fue un momento muy duro para todos nosotros. Con tristeza, pero con toda la paciencia del mundo nos echamos al piso a recoger y organizar las páginas de nuevo. Tuvimos que limpiar las marcas de las pisadas, algunas quedaron porque eran cientos y cientos de hojas pisoteadas. Fue duro para todos, pero nos esforzamos el doble y cumplimos nuestro sueño de regalarle a la ciudad de Matanzas una revista que ampliara su horizonte literario y cultural.

La revista Barquitos del San Juan fue creada para los niños. En ella se editaban textos infantiles, y textos de adultos para los pequeños. Recuerdo como si fuera ahora la creación de cada una de sus secciones. Recuerdo el entusiasmo y todo lo que fuimos creando a su alrededor como la tertulia La Ronda de los Barquitos del San Juan y el concurso Carta al río San Juan. Todos los artistas  y escritores amigos de Vigía colaboraban de forma desinteresada en aquellas actividades inolvidables.

Hay un número de Barquitos del San Juan muy especial y querido para mí. Fue dedicado a la poesía creada por niños del campo de concentración de Terezin. Niños que legaron una poesía libre y edificante escrita en aquel infierno donde no sobrevivieron. ¿Cómo pudieron hallar tanta belleza  y libertad en medio de tanto horror? Ese es el misterio de los poetas, de las almas que no pueden ser sometidas.

Llama Viva fue una revista de espiritualidad. Dábamos a conocer textos de diferentes pensadores universales de todos los tiempos donde resaltaban la profundidad de sus observaciones y sus distintos puntos de vista. Dirigida por Ramón Martín, fraile español de la Orden de los Carmelitas Descalzos, vio la luz en un momento en que los matanceros estábamos ávidos de conocer  y profundizar en el tema espiritual, casi vedado entonces.   El padre Ramón, muy querido en la ciudad, un joven carismático que atraía a muchísimas personas  por lo profundo de sus pláticas y reflexiones, las cuales resultaban sumamente interesantes, trabajó muy fuerte y cruzó muchos obstáculos para sacar a la luz la revista. Llama Viva apoyó los encuentros de espiritualidad que se realizaban en el convento del Carmen. Su contenido alentaba a la reflexión, a profundizar en el conocimiento personal, en la relación con los demás y con la naturaleza. De Llama Viva sólo salieron alrededor de ocho o nueve números, no recuerdo bien ahora. Trabajé en todos ellos junto al padre Ramón, Aramís Quintero, Oscar Luis Romero, Mariela Landa, Gilda Melis, Caridad Contreras y Iohan Pita (su diseñador). Su nombre fue tomado de un poema de San Juan de la Cruz.

Las reuniones del equipo de trabajo se hacían en la biblioteca del convento, sentados en el suelo, al borde de una estera donde cada uno llevaba algún alimento o golosina para acompañar las largas horas, o en la pequeña oficina donde se diseñaba y seleccionaba los textos, donde estaban la máquina de escribir, el ordenador  y demás equipos necesarios para la labor de edición.  Disponíamos de un estante con libros muy valiosos, de importantes autores que estudiábamos. A partir de todo lo que íbamos asimilando y, de nuestros propios criterios, escribíamos  los artículos. Teníamos dudas, interrogantes, pero siempre tratábamos de mejorar como seres humanos.

Todos nuestros encuentros fueron armoniosos y francos. No puedo olvidar los paseos al valle de Yumurí… Hacíamos largas caminatas en busca de verdor  y aire puro, de silencios y música natural. Todas estas vivencias, así como la esencia de nuestras lecturas, pérdidas y hallazgos, lo volcábamos en las páginas.

Te he hablado en síntesis, y quizás con algunas imprecisiones, de esas queridas revistas que me dejaron muchas enseñanzas, grandes amistades y una luz, un canto.
   
¿Me revelarías el ingrediente secreto en tu fórmula para escribir?

El humanismo. Comunicar sentimientos que edifiquen, que alienten al amor, a la comprensión, al respeto mutuo. Estar siempre al lado de las causas justas, de los humildes y pobres, pero también de los ricos que han hecho su fortuna sin explotar a nadie ni hacer daño y que ayudan a los desamparados. Estar junto a los que aman la libertad en todos los sentidos, de los que sueñan. Estar por encima de todo lo que divide a los seres humanos, lo que los reprime y aísla.


Por:  Maylan Álvarez