Un texto fundamental...La más reciente edición del Premio de la Crítica Literaria, dado a conocer hace escasas semanas, distinguió, con justicia, un libro fundamental para la teatrología cubana: Mito, verdad y retablo: El Guiñol de los hermanos Camejo y Pepe Carril, firmado por Rubén Darío Salazar y Norge Espinosa Mendoza. Esta pesquisa fue merecedora del Premio de Investigación y Teatrología Rine Leal 2009, convocado por la Editorial Tablas-Alarcos, y vio la luz con el sello de Ediciones Unión en 2012.

Mito, verdad y retablo… es el resultado de una investigación emprendida a largo plazo, que nos entrega un recorrido minucioso por la trayectoria toda del trío de artistas compuesto por los hermanos Pepe y Carucha Camejo y por Pepe Carril, quienes juntos lograron, como un trío emblemático y complementario, hacer de la figura animada un arte de la escena cubana en permanente desarrollo y ascenso.
 
El libro nos lleva de la mano con amenidad desde la fascinación que sintieran Pepe y Carucha, aún niños, cuando la abuela los llevó a una función popular de títeres ofrecida por unos artistas ambulantes en un parque de La Víbora; pasa por el ingreso a la Academia Municipal de Artes Dramáticas a fines de los años 40; el inicio de la colaboración con numerosas instituciones teatrales, a la par que la creación de un retablillo con el debut en el propio hogar y el comienzo de una carrera imparable con el Teatro Guiñol de los Hermanos Camejo que programó una saga de funciones populares en colegios y parques. También, reconstruye el proceso de aprendizaje de estos artistas sobre la marcha, con arrojo, tesón y una vocación indiscutible para ir descubriendo nuevas técnicas y estéticas, estimulados por el gozo de la comunicación directa con los niños.
El tomo recoge asimismo la participación en las Misiones Culturales a lo largo de la Isla en los años 50, el encuentro con el público campesino y el intenso entrenamiento a través de una práctica paralela al estudio, a la búsqueda permanente de información sobre el teatro de títeres. La entrada a la televisión recién inaugurada, para la que crean personajes y espacios; el feliz encuentro de los hermanos Camejo con Pepe Carril, que llegaba de Holguín con su propia trayectoria titiritera; las funciones regulares en la salita del Palacio de Bellas Artes; la creación de un personaje singular cubano a partir del reclamo a la colaboración de Dora Alonso, con quienes gestan a Pelusín del Monte. Y la escritura del Manifiesto titulado Por un Guiñol Nacional de Cuba, publicado el 28 de marzo de 1956, como resultado de la madurez de un pensamiento cultural de profundas resonancias.

La llegada de la Revolución y el júbilo que despierta en el quehacer artístico de estos creadores escénicos se traduce en la instauración de funciones semanales en el Jardín Botánico; el nacimiento oficial del Teatro Nacional de Guiñol (TNG); la apertura, por fin, de una sede fija en la pequeña salita del edificio Focsa, con talleres y almacenes, y la posibilidad de viajar con sus montajes a varios países socialistas europeos, donde descubren nuevas técnicas y procedimientos y tienen lugar encuentros con importantes artistas y agrupaciones.

No escapan al prolijo trayecto tensiones internas entre algunos miembros del colectivo, que desencadenan discusiones y salidas del grupo, contradicciones con funcionarios de la dirección cultural que no entienden el espíritu innovador que marca la labor de estos artistas, ni tampoco el lamentable proceso de caída, a consecuencia de los errores en el ejercicio de la política cultural, que desencadena un camino abierto por el Congreso de Educación y Cultura en 1971 y la llegada de la parametración —o exclusión por la implantación absurda de “parámetros” que debían cumplir los artistas, a partir de intromisiones administrativas en los procesos de creación artística y en cuestiones de índole personal—, de funestas consecuencias para muchos artistas y para la cultura toda.

La intención expresa por ventilar los errores y sus lamentables efectos, son un paso más en el camino de reconocerlos e identificarlos de manera crítica, también como una lección para el presente y un alerta para todos los tiempos.

El libro se compone, a dos manos y más, a partir de que el actor, titiritero y director Rubén Darío Salazar, líder del 
Teatro de las Estaciones, motivado por indagar en los albores de una manifestación que compromete su quehacer desde su ingreso mismo a la vida profesional, desde fines de los años 90, comienza a acopiar información sobre el Guiñol de los Hermanos Camejo y Pepe Carril y, con ayuda de algunos colegas, recoge testimonios de colaboradores, discípulos y contemporáneos de aquellos. Más tarde, abre sus archivos al crítico, investigador y dramaturgo Norge Espinosa y le pide que colabore con él en la estructuración de un discurso que resuma, coteje y ordene todo lo recopilado. Así, mientras Norge redacta y va armando la fusión de los testimonios con su propio análisis, Rubén revisa, precisa datos y le acompaña con sus ideas en el viaje, que es también un fascinante descubrimiento para los dos.

Así, desfilan por las páginas de Mito, verdad y retablo: El Guiñol de los hermanos Camejo y Pepe Carril y van sumando hilos a la historia, destacados artistas e intelectuales que acompañaron de diversos modos la labor del colectivo fundador: 
Vicente RevueltaDora Alonso, Antonio Vázquez Gallo, Marta ValdésRogelio Martínez Furé, José Luis Posada, entre otros, y sus testimonios se cruzan con colaboradores y discípulos como Carlos Pérez Peña, Norma Apán, Olga Jiménez, Regina Rossié,Armando Morales y Xiomara Palacio, mientras, en paralelo, se cotejan fragmentos de entrevistas a los protagonistas y de críticas de casi cada uno de sus espectáculos.

De tal modo, conocemos un amplio espectro de expresiones valorativas sobre el Guiñol de los Hermanos Camejo y Pepe Carril y a partir de 1963 del Teatro Nacional de Guiñol, firmadas por Rine Leal, Calvert Casey, Alejo Beltrán, César López, Oscar Hurtado y Natividad González Freire, entre otros.

Decía al inicio que este se trata de un libro fundamental para la teatrología cubana y es que quienes tuvimos el privilegio de ser discípulos de Rine Leal, el gran historiador del teatro cubano, y no nos cansamos de lamentar que la temprana muerte le impidiera concluir su obra cumbre 
La selva oscurahasta un tercer volumen que la trajera hasta la contemporaneidad, esta importante contribución de Rubén Darío Salazar y Norge Espinosa Mendoza, llena un vacío al aportar una mirada sumamente útil a un período de la historia del teatro y de la cultura toda aún pendiente de estudio. Al haber sido emprendida esta investigación, como anota Espinosa, a partir de querer salvar la historia en la complejidad de sus contradicciones, sin edulcorarla ni exigir responsables tardíos de lo que en su momento no pudo resolverse, sino más bien, lo que hacen los autores es dar voz a los protagonistas y a sus colaboradores para poder responderse sus propias preguntas y las de una generación para quien es importante desbrozar un camino.

Acompañan al recorrido una cronología de los 40 montajes estrenados por el TNG entre 1963 y 1971 y una galería de imágenes que grafica, con fotos de numerosas puestas en escena, diseños de muñecos y de escenografías, carteles y cubiertas de programas de mano, la impronta insuperable de este grupo de artistas, consagrados a un arte de excelencia, innovación y búsqueda. Y, por si fuera poco, la edición se abre con un hermoso prólogo de Abelardo Estorino, nuestro gran dramaturgo, y quien también incursionó en la escritura para los títeres e interactuó con los creadores a quienes se dedica el libro.

Invito a los lectores, no solo a teatristas y estudiantes del teatro, sino a todos los amantes de esta manifestación, a disfrutar de Mito, verdad y retablo: El Guiñol de los hermanos Camejo y Pepe Carril, a la venta en las librerías del país. Solo me queda recomendar a sus acuciosos hacedores que para la segunda edición, que propicia el tan merecido Premio de la Crítica, se cuiden de algunas lamentables erratas, esas enemigas de lo perfecto filtradas aquí y allá, y que este precioso trabajo no merece.

Por: Vivian Martínez Tabares