Múltiple convergenciaEn el primer capitulo de Hipertexto... (El hipertexto y la teoría critica) se afirma que, en las ultimas décadas, las declaraciones de algunos teóricos de la literatura (especialmente Derrida y Barthes) y del hipertexto (Nelson y van Dam) han ido convergiendo en un grado notable. Esta convergencia se podría apreciar, según Landow, a partir de dos circunstancias. La primera es el hecho de que, desde sus respectivas disciplinas, estos cuatro autores insisten en la necesidad de abandonar los actuales sistemas conceptuales basados en nociones como centro, margen, jerarquía y linealidad para sustituirlos por otros basados en ideas como multilinealidad, nodos, nexos y redes. La segunda es que el hipertexto, en tanto facilidad tecnológica disponible, permite hoy verificar la manera como, mientras la teoría crítica anticipa una teorización del hipertexto, éste promete encarnar y demostrar varios aspectos de la teoría.

En relación con el discurso tecnológico, Landow, nos recuerda cómo, desde la informática más remota, se habían dado ya apreciaciones y prácticas relacionadas con el hipertexto. Son los casos de “viejas” teorías, como las de Vannevar Bush. Éste último, por ejemplo, había aclarado, en la década de los cuarenta, que el problema de un conocimiento eficaz consiste en acceder con facilidad a la información, seleccionarla y aprovecharla mejor.

Según Bush, la mente humana no funciona por categorización o jerarquización, sino por asociación; por eso, además de acceder a la información se hace necesario, también, contar con la posibilidad de completar o anotar las reacciones al texto; cosa que sólo se puede hacer con textos virtuales y no físicos. Así planteado, el problema de una información “eficaz” requería tres soluciones: recuperar información muy rápido, interactuar con ella y mantener un índice por asociación; posibilidades que hoy brinda el hipertexto, gracias a sus facilidades. Ahora, fue Bush quien, desde la informática, sugirió el concepto de bloques de texto unidos por nexos y también quien introdujo los conceptos de nexo, conexión, trayecto y trama para describir una nueva concepción de textualidad y escritura.

¿Y cómo se origina esa misma idea de hipertexto en la teoría literaria? Para responder a la pregunta, Landow examina el concepto de intertextualidad en Barthes y Foucault, así como las nociones de dialogismo de Bajtín y descentramiento de Derrida.
 
Según Landow, Barthes define un ideal de textualidad que coincide con el del hipertexto “informático”: bloques de palabras enlazados, produciendo potencialmente muchos recorridos o cadenas de trayectos, una textualidad abierta, inacabada y descentrada. Derrida, por su parte, aporta una visión más dinámica. Para él, la apertura textual y la intertextualidad dependen menos del texto que del lector, en la medida en que es el lector quien siempre abre un texto (mediante sus asociaciones y competencias) a contextos distintos a los que concibió el escritor.
 
De igual modo, para Landow, la búsqueda de Derrida de un texto nuevo muestra la convergencia hacia el hipertexto de otra manera muy reveladora. Si bien, al igual que en Barthes, su reflexión teórica es intuitiva y premonitoria (en la medida en que se anticipa a la posibilidad tecnológica misma del hipertexto), sus intentos expresivos ilustran las limitaciones del pensador que trabaja en términos de los recursos asociados con un modo particular de escribir. Derrida percibe las carencias del libro impreso, pero no puede encontrar un camino fuera de su mentalidad.

Tanteando la expresión de ese nuevo tipo de texto llega al ejercicio mismo del montaje (que en el hipertexto es una condición de la escritura). Su “discontinuidad” discursiva revela que la escritura es siempre montaje, que no es una actividad transparente, que la transparencia es solo un efecto.

Ahora, para poder mostrar mejor cómo es que el hipertexto permite no sólo encarnar ciertas reivindicaciones de la critica estructuralista o posestructuralista, sino ponerlas a prueba, Landow detalla las relaciones del hipertexto con las nociones de intertextualidad, dialogismo y descentramiento del texto.
 
Según Landow, el hipertexto potencia la intertextualidad a límites insospechados. Así, por ejemplo, frente a dos situaciones típicas en literatura: el articulo académico, con su intertextualidad explicita, y la obra literaria, con su intertextualidad implícita, lo que haría una presentación hipertextual de tales obras sería no sólo explicitar tales referencias, sino ofrecer los contextos mismos. De este modo, la hipertextualidad puede llegar a sustituir la tradicional triada de los estudios literarios: autor, obra, tradición en favor de la triada: texto, discurso, cultura, liberando así el texto de determinantes psicológicos, sociológicos o históricos y abriéndolo a infinitas relaciones.
En relación con la dialogía, Landow, recurriendo a Bajtín, afirma que, al modo de una novela “dialogística” o polifónica, que  está construida no como el conjunto de una única conciencia, sino por un conjunto formado por la interacción de varias conciencias, las lexias (bloques enlazables) del hipertexto actúan como voces individuales en constante interacción: como en la novela polifónica, en el hipertexto no hay una sola voz tiránica y su sentido depende de la manera como se recorra y se “contextualice” el texto. De esa manera, como lo querría una crítica dialógica, siempre se tiene una discursividad en formación.
 
Finalmente, esa libertad del trayecto con que cuenta el lector es, para Landow, la clave para comprender una última característica “posestructuralista” del hipertexto: la posibilidad de centrar el texto en trayectos u organizaciones que no necesariamente coinciden con el propuesto por el autor. Como el hipertexto esta constituido por cuerpos de textos conectados sin eje organizador, el sistema puede recentrarse o centrase según el interés personal. Así es como en los sistemas hipertexto, el lector puede seleccionar el centro de interés y no queda encerrado en un sistema de organización y jerarquía.
 
Además de los autores posestructuralistas estudiados por Landow, habría posibilidades de agregar a otros. Así, en relación con el concepto de interactividad es posible traer a cuento  los conceptos de fenotexto y genotexto que Julia Kristeva introduce en el libro suyo: El texto de la novela, para explicar los fenómenos de creación (producción) y lectura (activa) de novelas. Para Kristeva, el fenotexto de la producción es la cultura misma del autor y el genotexto su obra concreta; mientras que para el lector el fenotexto es la obra que lee y el genotexto el producto de su lectura. De esta manera el concepto de texto (abierto) queda definido por ella como el espacio de encuentro de las transformaciones que autor y lector realizan para producir sus respectivos genotextos, es decir, como la actualización de las estructuras profundas (o "inventarios" discursivos) que cada uno (el autor y el lector) realiza en su propio rol (de otro modo: como el cruce de sus capacidades de generación de genotextos).
 
La estética de la recepción nos brinda otro ejemplo de esta necesaria y valiosa interactividad, no sólo porque promulga como central para la literatura el papel del lector y de la lectura, sino porque entiende como literatura precisamente la posibilidad de estas interacciones y convergencias entre texto y lector. El texto se entiende así como el depósito de claves que se le ofrecen al lector para su juego interpretativo. Acudiendo a Gadamer, Jauss e Isser, es posible comprender el papel privilegiado que la teoría de la recepción le da a la interactividad, ya se entienda ésta como el choque de los horizontes de expectativa (entre el autor y el lector) o como la dinamización de un repertorio de claves y competencias culturales por parte del lector, a partir de las claves o nodos del texto. En cualquier caso, la interactividad resulta de la entrada de la historia al texto, a través de la puesta en escena de la historia particular del sujeto interpretante, pero también de la posibilidad de cambiar la historia, de agenciarla, que cada cual vislumbra en el juego mismo de la escritura-lectura.
 
Además de la idea de la interactividad, otra confluye desde la teoría posestructuralista al hipertexto: la idea de que la forma más connatural de nuestro pensamiento es ése capaz de procesar dos o más imágenes, ideas, vivencias o sensaciones, de manera simultánea: el pensamiento multinivel o pensamiento red, que ya no concierne a la lógica secuencial, sino que alcanza niveles de significación relativa mediante una dinámica de enlace de fragmentos, cuyo sentido será siempre parcial, nunca absoluto; la idea de que el sentido no se alcanza porque algo se completa (o porque se llega a la totalidad), sino por la conciencia de que nada está separado, de que todo es conectable, y de que el conocimiento (y el sentido) se logra en la medida en que sea posible construir una continuidad, un trayecto de esos enlaces, trayecto siempre relativo, siempre reelaborable, nunca definitivo.
 
En este sentido, se hace necesario reseñar los conceptos que exponen Deleuze y Guattari en su libro: Mil mesetas, especialmente el de libro rizoma, y los propios de la estrategia deconstructivista, elaborados por Derrida: differance (o conocimiento diferido, en semiósis infinita) e indecibilidad (la imposibilidad de llegar a un significado último).
 
En el primer caso, nos encontramos con la afirmación de Deleuze y Guattari de que escribir no es significar, sino deslindar o mejor aún, cartografiar. Según estos autores habría tres tipos de libro: el libro-arbol, que seguiría una lógica binaria, el sistema raicilla, de raíces múltiples, y el libro-rizoma, constituido por mesetas (fragmentos) autónomas comunicadas por “microfisuras”.
 
Es decir, que cada fragmento debería poder leerse por cualquier sitio y ponerse en relación con cualquier otro: un libro así, según Deleuze y Guattari, "se niega al logos, a la trascendencia de la idea, a la interioridad del concepto, al tribunal de la razón, a los funcionarios del pensamiento, al sujeto legislador". El libro-rizoma cumpliría seis condiciones:
  • Conecta cualquier punto con otro punto cualquiera.
  • Cada uno de sus rasgos no remite necesariamente a rasgos de la misma naturaleza (no es necesaria una unidad coherente, sino que más bien promociona la heterogeneidad).
  • Multiplicidad: pone en juego regímenes de signos muy distintos; no está hecho de unidades, sino de dimensiones, no tiene principio ni fin.
  • Establece rupturas significantes.
  • Es cartográfico: está hecho de líneas de fuga, es decir, no filiables, como en una arborescencia.
  • Contrariamente a los parámetros miméticos, el rizoma está relacionado con el mapa que debe ser producido, siempre desmontable, conectable, alterable. No responde a modelos estructurales o genéricos, no confluye, sino que constituye un modelo a-centrado. No exige reconocimiento de estructuras o sentidos u orígenes o intenciones.
Finalmente, Derrida ofrece también otros conceptos, especialmente en lo que tiene que ver con lo que él mismo denomina en su libro: De la gramatología, El fin del libro y el comienzo de la escritura. La imposibilidad de alcanzar un significado absoluto, una presencia; el lenguaje como red ilímite, la difusión de los significados y la concepción de la literatura como campo por excelencia de esa diseminación, en el que ya no es deseable tanto el estudio como el juego, son algunos de los aspectos de la teoría derridiana que se suman en función de su convergencia con la práctica del hipertexto.
 
Desde otro ámbito, encontramos el discurso sobre la posmodernidad. Una primera observación: la tentativa que puede detectarse en las obras “posmodernas” por sustituir una “estética de formas” por una de “fuerzas” y que concluye en dos características importantes: la metaficción y la doble productividad.
 
A la metaficción, entendida como fenómeno de auto-reflexión dentro de la misma ficción, y a la doble productividad, entendida como promoción de la participación activa del lector en la construcción de la obra, se suman también otros parámetros estéticos, como la fragmentación, el caos y la intertextualidad, pero también los juegos de escritura y lenguaje, propios de las obras neobarrocas. Todos estos rasgos, como se ha visto, son fácilmente vinculables, tanto con el posestructuralismo como con la práctica del hipertexto .

  Por: Jaime Alejandro Rodríguez.