Valery Shamshurin: otra lección de poesía rusa.

Por años he tenido un sueño recurrente: andaba otra vez por Moscú: a mí venían imágenes del bosque cercano a la Universidad de Lomonosov, de sus populosos pasillos –otra ciudad dentro de Moscú–, de las residencias estudiantiles con sus porteras atentas y severas y de las aulas de la Facultad Preparatoria presididas por los grandes de las letras rusas, la estación del metro Colinas de Lenin desde donde, tras sus cristaleras, vimos nevar por primera vez, los rostros de Rita y Boris, de Svetlana y Serguey, de Tamara y Víctor, nuestros profesores, que, al no exigirnos el uso de sus patronímicos, cubanizaban las relaciones; tantas veces como lo hice, he soñado ir desde la Plaza Roja y la Catedral de San Basilio, por la hormigueante calle Gorki hasta el monumento a Pushkin y me he sentado allí entre los rusos, a la viva –como decimos los cubanos– para oír el acento ruso coloquial y atrapar alguna frase “muy de ellos”...; uno de aquellos moscovitas, un 6 de junio –natalicio del poeta, impresionante demostración de veneración, me preguntó, al ver cómo yo, después de la ceremonia oficial, escuchaba a los declamadores que, de toda edad, sexo y profesión, decían versos de Pushkin o en alabanza a él: ¿Usted entiende a Pushkin? No todo... pero disfruto la musicalidad de sus poemas. ¿Ha leído a Esenin? Muy poco –me avergoncé. Entonces otro, aconsejándome terció: Léalos, ámelos...ellos son la esencia del alma rusa. Comprendí que si bien el centro político-administrativo era la Plaza Roja, en aquel parque latía la más acendrada espiritualidad de Rusia.

Cada viaje ha sido una lección que me acompaña en todos los órdenes de la vida. Cesaron los sueños cuando empecé a traducir, obra de la casualidad, sin formación teórica del arte traduccional, sin conocer a fondo la vida y circunstancias en que los poetas que llevaba al castellano habían escrito los textos, asistido sólo por cierta intuición, inspirado por las alentadoras palabras de Pushkin sobre los traductores que son “caballos de posta de la ilustración”. Tal parece que, el sumirme en los poemas, la obsesión por la fidelidad, el terror a mis lagunas culturales e históricas, suplantaron aquellas imágenes del subconsciente para llevarme a Rusia en complicidad con la poesía y vivir otra realidad tan fascinante como aquella de los años estudiantiles, acompañado, para suerte mía y de los posibles lectores, de Verónica Spásskaya con su fina sensibilidad para congeniar el ruso con el castellano, ella misma poeta.

Guardo en mi memoria unos versos de Esenin para afrontar los embates de la vida:

morir no es nada nuevo en esta vida
y vivir por supuesto, no es sorpresa.

Y mi sorpresa, lo escribiera con mayúscula, fue que volví a Rusia. La ciudad de Matanzas se hermana con la ciudad de Nizhni Novgorod (más conocida en Cuba por Gorki); sirvo de intérprete del protocolo para los planes de colaboración y lucha por la paz mundial entre las “cordiales aldeas”, a los miembros de la delegación. Matanzas les obsequia un ejemplar de Ruslán y Liudmila... Emociona aún recordar cómo se asombraron al ver los versos que con seguridad conocían desde la infancia; los deletreaban en castellano, naturalmente, con dificultad; acudí en su ayuda con el primer verso: Hay un roble junto a una ensenada. “Pero Pushkin es mucho más musical”, critiqué. Entonces, casi a coro dijeron, en su expresión original, la primera estrofa. “Y, ¿quién es el traductor?”, preguntaron. “Pues...yo”, respondí algo amoscado. “Tiene que ir a Nizhni, a la fiesta pushkiniana de la poesía, en Boldino”, dijeron entusiasmados Grazh y Kozlov.

Al oir Boldino, ciertamente, me dio un vuelco el corazón y vinieron a mi mente Los cuentos de Belkin, Las pequeñas tragedias, La dama le pique, Una casita en Kolomna, obras que Pushkin creara por aquellos lares y sobre los que escribiera a Plietniov, su amigo y editor: “…qué maravilla es esta aldea! Imagínate: la estepa, por doquier la estepa, por los alrededores ni un alma, cabalgas cuánto se te antoje, escribes cuánto se te ocurra y nadie molesta...”.

Volví en mí: “¡Ojalá!...el año que viene…”, hablé haciendo castillos en el aire.

Corría mayo, pero ya en septiembre, por obra y gracia de la Alcaldía de Nizhni Novgorod y del Departamento de Relaciones Internacionales de la Asamblea Provincial del Poder Popular en Matanzas, inesperadamente llega la invitación y de un avión a otro (Moscú fulguró a lo lejos en el eco de un verso de Fina García Marruz: ¡Qué jóvenes éramos entonces!). Me encontré entre el Volga y el Oka igualmente feliz como cuando respiro entre el San Juan y el Yumurí, en la plenitud del otoño que adoraba Pushkin, en el terruño del poeta Valery Shamshurin, heredero de la pureza lírica pushkiniana.

Lo escribo sin dudar.

Pushkin abrió la gran puerta de la literatura rusa a personajes de carne y hueso de las capas sociales más humildes de su tiempo, y Shamshurin, fiel a esta tradición, no baja la vista ante el prójimo sino que le echa el brazo al hombro solidariamente al veterano, a la maestra rural solitaria, al que abandona el país, al anciano desconcertado con su futuro, a los familiares de los caídos en la guerra, a la pintora de fines de semana, a la ordeñadora, al campesino que muere, al carpintero...

En su libro Aliento de estrellas –de donde tomamos estos poemas– Shamshurin, en una serena poética nimbada por la belleza de la sencillez, plasma las mismas inquietudes creacionales que atenazaron al padre del lenguaje ruso literario moderno: la conservación a ultranza de la identidad nacional, las tradiciones y la autenticidad, la misión del poeta de asistir con la palabra al hombre hacia su perfeccionamiento espiritual y el fervor patrio y el amor filial...

En el siglo xix escribe Pushkin, precisamente en Boldino:

 

Dos sentimientos eternos
guarda el corazón como aliento primordial:
el amor a nuestra casa natal
y el amor a los sepulcros paternos

Y en el xx Shamshurin continúa el discurso:

En la casa paterna
cada vez más junto al corazón
está la patria.

Shamshurin nace en un pueblecito ferroviario:

recuerdo a mi padre, joven, por los polines
yendo hacia la brigada de locomotoras

Sin embargo, desde su más tierna infancia Nizhni fue su “única canción de cuna y refugio, todo lo más querido, todo lo más amado lo he vivido aquí; recorrí todo el país, estuve en Bulgaria, Japón y Francia, pero mi tierra natal es lo más entrañable.

Bastante poco necesito

para que mi vida sea feliz:      
             un sendero
                    un manzano
                                     una cerca…

Sin estas pequeñeces
El resto del mundo para mí no existe
.

Si he tenido algún privilegio en esta vida es haber visitado Boldino en la fervorosa compañía de Shamshurin. Esos parajes han imantado su estro; allí la lira de Pushkin se escucha todavía.

¡Qué la alegría sea eterna
y, en medio de las sagradas alamedas,
escuchemos el silencio de la hojarasca
con nuestra clara tierra!

Y juntos nos acercamos al escritorio con manuscritos, recorrimos las habitaciones, la oficina, la casa donde:

siempre hay asientos para todos
y siempre se ansía un Ideal
y siempre el Amor y siempre la Belleza.

Me aguardaba otro momento indeleble. Cerca de Boldino se encuentra Luchinnik, un bosque. La leyenda le atribuye el nombre al poeta, y que era su lugar preferido. Aún en nuestros días, allí corre un manantial de aguas muy finas donde abrevaba su caballo mientras él descansaba en un banco bajo los árboles; los viajeros que pasaban por el lugar se detenían para llevarse a sus casas aquella agua santamente pushkiniana. Nos sentamos donde el poeta lo hiciera.

De pronto, tuvo lugar una singular ceremonia: mis amigos me ayudaron a levantar, fuimos hasta el manantial y me rociaron la cabeza: “!Para que Pushkin te ilumine!”.

Milagroso o no aquel bautizo, verdad es que cierto tiempo después hice las primeras versiones de Una casita en Kolomna, Noches egipcias y El Conde Nulin.

A la caída de la tarde, cuando regresábamos a Nizhni, Shamshurin detuvo el auto y nos invitó a seguirlo: “Respire, respire los aires del campo y de la tierra rusa”.

Ya en Cuba, frente a la bahía matancera, empecé a leer a Shamshurin: aquella frescura de las lejanas aguas, aquel aroma a tierra y bosques (y campo) rusos, volvían a mí en palabras que fui poco a poco llevando al castellano, como tendiendo un puente entre Matanzas y Nizhni, con la fe de que el “aliento de estrellas” alumbrará a rusos y cubanos, haciendo mejores y más bellas nuestras “cordiales aldeas”.

Juan Luis Hernández MillanJuan Lius Hernández Milían (Matanzas, 1938).
Poeta y traductor, tía publicado Los poemarios De buenas a primeras, 1986; Difícil Escribir, 1993;Mas bien de la memoria que del tiempo, 1994; Entre página y marea 1998. Traductor de Pasternak, Ajmátova,Esenin. En 1995 le fue otorgado por la UNEAC el premio "José Rodríguez Feo" de traducción literaria. 

 

 


Viven en nosotros los cielos y los ríos,
dientes de león y robledales,
hierbas enlazadas con el viento,
el trino de los ruiseñores.

En nosotros viven nubes y rocíos,
el aroma del sauce en primavera,
estorninos entre las ramas
                                               del álamo
y las llamas rosadas de la hoguera.

Los días salen volando como gorriones
por debajo del alero y se dispersan por los
caminos...
Pero, hasta la agónica e inexorable
                                                    zozobra de la muerte
nos esperan los versos que aún no hemos escrito.

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El abuelo

Mi abuelo que sabía carpintear
tenía una vieja orden militar...
¡Dígame, por favor, toda una vida
en dos versos podrá tener cabida!

Muchos años han alzado el vuelo
y en un viejo retrato vive el abuelo
con timidez, encorvado,
al borde de una silla sentado.

Desde algún día de su eternidad
me mira con tranquilidad
sin siquiera ver
una viruta que en mi hombro acaba de
caer.

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Heme aquí
llevándome mal conmigo,
heme aquí
inconforme de mí,
y ni a mí me digo
sino a la hojarasca
que me he extraviado
en mi país.
Y bajo la lluvia,
calado hasta los huesos,
encogido bajo el viento,
estoy ante mi verja
como ante una ajena
y desconocida,
congelándome
de desamparo.

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El veterano

Sin lamentar para nada
que ha vivido hasta encanecer
en un pueblo lejano,
solitario u cansado se detiene
en el lindero del campo cuando ya
                                                   oscurece.
Va callando el cuclillo,
los alrededores se sumen en silencio,
el caserío apaga sus luces,
el rocío empapa los tejados.
No hay melancolía en su corazón,
sin embargo, suspira con gravedad,
¿Qué así lo inquieta,
qué lo trajo al campo?
No bebía cerveza con su compañero
para, de paso, conversar de la guerra.
En su cómoda hace tiempo descansa,
olvidada, la medalla "Por valiente".
No pensaba haber tenido
poco amor
                   poca amistad
ni que le rondaba temprano la vejez
                                                pesarosa
con sus escalofríos.
Con suma ingenuidad en el alma
mira y mira hasta muy tarde
cómo sobre el camino se arremolina la niebla
y los pinos cimbran en el crepúsculo.
Anhela compartir su corazón
con el ocaso y el ave
con todo
lo que se esfuma en la tiniebla
sólo que
                no sabe cómo.

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Caballos azules

La cabeza en la palma de la mano:
mis sueños, los sueños míos.
En aquellos sueños, caballos impetuosos.
Azules, azules.

Un golpe de agua azul, como un disparo.
Desde los lagos de la medianoche
se levanta un veloz caballo
cual hoguera cegadora.

Y comienza a relinchar, y las estrellas
se dispersan en un abrir y cerrar de ojos,
qué sencillo le resulta esto,
a campo traviesa por la estepa.

Galopa y galopa como un torbellino
sin poder detenerse,
como la felicidad, como la felicidad,
noche y día, día y noche.

Y la hierba azul
empapa sus ijares,
y cualquier camino
es indeciblemente fácil.