Abel G. FagundoEra en Matanzas, allí junto al hierro y la sal
iba a recomponerme para ser el esperado otro.
El demonio menor y el moralista
se beberían un café del borde
                        donde nace Contreras
y puede olerse el pescado refrito de la minuta.
Era en Vigía, bajo la sombra de sus portales
lluvia, libros y amor... entelequia tonta
que fue purgada en la primera ventolera
como las hojas secas que el viento lanza a la bahía.
Hipérbole de asfalto y carne que en su espiral
descosió el ropaje simbólico de una Atenas imaginada.

Me lancé asustado al río San Juan
y en medio de las aguas Israel Domínguez
susurró uno de sus versos
era una madrugada ocre
no pude oír las palabras que se congelaban
y caían a la gélida negritud.
Luego nadamos en direcciones contrarias
dos criaturas de manglar
hijos de una generación quebrada, dispersa
prisionera entre el fin de una utopía
y el nacimiento de la incertidumbre
como dueña del tiempo.

Los minutos, horas, ciclos
se amontonaron en mis piernas
apenas avance en la maleza.
Cerré mis oídos
para que las sirenas mutantes del pantano
no pudieran convertirme en fango.
Envejeció mi piel
y las ideas se negaron a imaginarse un mundo
inalcanzables, entre las piedras y la ceniza humedecida.
Hubiera deseado -entonces- creerle a la mujer, amarga, ilustre
nombrada en una época donde la candidez tenía algún valor.
pero la edad y el miedo
no son una navaja mortal para todos los poetas
pienso en Juan Luis Hernández
ese anciano físico del que brota la luz
chispa difícil de atrapar en un poema
aciertos de su naturaleza esencial.
Los jóvenes y los viejos escriben buenos versos
es en las almas áridas donde el idioma tartamudea y sangra.

Camino en la ciudad imprevista, azul, verde musgo, rojiza.
Recuerdo a Damaris Calderón, la lejanía de mi árbol
el juramento esteta que escribí
cuando la sombra del equilibrista me rozaba
un ratico de historia dormida en mis hombros
un instante de alegría ambiciosa.

Aliuska, la gitana, me cita a Gurdjieff
si estas entre lobos tienes que aullar como ellos.
Muerde, altérnate
el tiempo de los ladridos es pasado
los otros estaban aquí antes, son endémicos
tu eres el perro extranjero.
Muerde o quédate a la sombra
silencia ese quejido bajo la ramas
el puente, el primer escalón
en una orilla cálida, tranquila, anónima.
Ésta es la realidad, corrompe
hiende, adultera. La vives y la escribes…
o solo vives, como el muchacho que hace los pasteles
la veterana de las pizzas, el cobrador de la corriente…

Era en Matanzas, aquí
donde sigo buscando.


Abel G. Fagundo