Nada tiene que ver el amorLa función del crítico, a veces, se limita a rendirse a los pies de su lectura. A darse cuenta de lo que el texto propone: desentrañar su mecánica, entonces, se convierte obligatoriamente en una celebración. De la literatura, en realidad, más que del texto en particular. El conjunto de Verónica Jiménez que ahora nos ocupa –Nada tiene que ver el amor con el amor (Piedra de Sol, 2011)– nos invita a comenzar así esta reseña. Su carácter de reunión, de resumen de la poética de Jiménez, también es un paso adelante, un nuevo territorio. Sin ser una antología, recupera poemas de sus dos primeros libros y ofrece otros que se adentran en temáticas nuevas y en formas inesperadas, aun cuando mantienen una atmósfera que los hace coherentes –no reiterativos– con los anteriores.

Fuera de destacar (casi) obligatoriamente el deslinde que marcan poemas como “Unción del padre enfermo”, “Praderas de Chol Chol”, “María comentaba las noticias” y “Marina llega con la lluvia”, lo que más nos interesa es precisar la lectura retrospectiva que nos parece posible hacer de la escritura de Jiménez a partir de esta nueva publicación.

Antes de Nada tiene que el amor con el amor, Jiménez había sacado a la luz dos libros, Islas flotantes (1998) y Palabras hexagonales (2002); la recuperación de poemas de ambos libros que ahora se hace, implica también una reordenación de los mismos, ubicándolos en series distintas, modificándolos o titulando algunos de esos poemas que antes aparecían anónimamente.

Este reubicar de los poemas es, hasta cierto punto, re-escribirlos: la nueva cronología que nos ofrece Jiménez marca un telos indesmentible, propuesto por ella misma, que propicia una lectura de conjunto donde lo que movería la poética autorial sería un paulatino acercamiento a nuestra Historia y su contingencia, al mismo tiempo que esa Historia se desdibuja y adelgaza en esa pérdida de arraigo simbólico y cultural que significa la consolidación de la economía de mercado en el Chile del nuevo siglo.

Podemos decir, por lo tanto, que este es un libro paradójicamente coyuntural, en tanto adquiere esta connotación no por la inclusión de esos poemas del final, que ponen el dedo en la llaga en torno a conflictos sociales como el de la etnia mapuche (“El mapa no es el territorio”, por ejemplo) u otros que vuelven sobre las violaciones a los derechos humanos cometidas en dictadura (“Praderas de Chol Chol”), sino en tanto evidencia la pérdida de espesor de aquellas señas de identidad que se acumulaban en torno a la idea de nación como patrimonio colectivo[1].

Podemos entender, así, que ese archipiélago flotante de un sur genérico pero sin lugares que aparecía en su primer libro, pasea ser, en Palabras hexagonales, un específico Quenac y Chaulinec con sus particularidades lingüísticas detenidamente detalladas, un sur (ahora) de Chile, donde lo imponente del paisaje, de acuerdo a Javier Bello, contrasta con la precariedad de sus testigos. Según Bello, en el prólogo de ese segundo libro de nuestra autora,

La voz delgada de Verónica Jiménez afirma la supremacía del paisaje en nuestro

Sur, en nuestro continente, sobre la conciencia poética, paradójicamente, capaz
de darle vida. Hay una coincidencia profunda, a lo largo de las obras más
relevantes de nuestra tradición lírica, entre aquello oculto que late bajo la
superficie de territorios, corrientes y mares, y la pulsión de las escrituras que
intentan develarlo. (Bello, en Palabras hexagonales 17) 

No creemos que Bello ande muy descaminado. Podemos comprobar sus dichos una vez que revisamos un texto como “No se aman los paisajes por la vanidad de ser sus testigos…”, texto en prosa donde la relación entre hombre y naturaleza deja al primero de los componentes en un estado de constante desciframiento, de lector atento ante los designios de ese universo que precisa ser traducido y/o descodificado. Los pescadores que se mencionan en este poema, por ejemplo, cumplen con descifrar “las caprichosas corrientes marinas” y convertirse en amantes de éstas. Uno estaría tentado, en consecuencia (y no son pocos los que pisan el palito), a coincidir con Octavio Paz y su lectura analógica del arte poético, esa donde la escritura del poema busca condecirse con la escritura panteísta del universo, donde el ritmo de las palabras sería un eco de la creación toda(y el poeta, por tanto, alguien capaz de ver más allá, de traducir aquello que está oculto en la realidad), al estilo del Baudelaire del soneto de las “Correspondencias”: ecos lejanos de una unidad tenebrosa y profunda, esa pavorosa simetría de la que hablara también Blake, en un registro inexorablemente re-ligioso, en el más profundo sentido de la palabra. Religare, reunir.

El problema con este tipo de lectura es que su búsqueda reiterada de la armonía, de la final reconciliación de los contrarios, termina muchas veces en un afán por borrar esas diferencias y esos conflictos que el mismo devenir de la modernidadhace imposible, en especial en Latinoamérica, y desnuda esta visión como un acto de contumacia en lugar de convertirse en una solución de nuestras contradicciones. En este sentido, Nada tiene que ver el amor con el amor exige tener en cuenta que el paulatino acercamiento a la Historia chilena, enfatiza por sobre todo la disonancia y la incomprensión, la grieta que separa a esas islas y signos flotantes presentes en la escritura de Jiménez. El último paso en esa dirección lo toma la autora cuando decide que el poema puede ejercer también una función pedagógica, sin desentenderse de su contenido estético. Si el primero de estos adjetivos suena demasiado fuerte para algunas buenas conciencias, utilizaremos entonces otro peor, porque tampoco creemos que sea errado decir que esta es poesía de propaganda y de servicio, adjetivos que también han sido puestos en duda o entre paréntesis. Pero aclaremos de inmediato que la condena o el desdén que estos apodos sufrieran en las últimas dos décadas tuvo su origen en los años del pinochetismo, cuando una parte importante de la producción poética de nuestro país se vio forzada (o no encontró otro camino, esta no es una discusión espuria, pero que no tenemos el espacio para desarrollar aquí) a escribir una poesía de la inmediatez, una escritura que si bien no supo resolver los caminos sin salida que planteaba aquel momento, tuvo al menos un poder testimonial imposible de ignorar.

Jiménez, por su parte, al dedicar su escritura última a estas labores, lo hace manteniendo las más altas cotas de complejidad simbólica, en la medida en que la sección donde están incluidos estos poemas, Poemas crucificados en la pared, desde su título evoca esa religiosidad a veces primitiva que permeaba gran parte de Palabras hexagonalesy que aquí adquiere otro matiz, un tono de sacrificio que se emparenta con ese vía crucis del que tiene que subir su propio Gólgota. Algunas de las violaciones a los derechos humanos referidas en estos poemas nos recuerdan de inmediato los hechos acontecidos en los años de la dictadura militar. Un hablante fragmentario cuyo discurso se construye sobre la base de frases inconexas, conectadas únicamente a través de la conjunción que, en “María comentaba las noticias” se nos introduce a una atmósfera donde la presencia mapuche permea todo el discurso. Una especie de metonimia donde la violencia política en contra de esta etnia dibuja parte de lo que ocurrió con todo el país entre 1973 y 1989 y cuyas consecuencias aún son fácilmente perceptibles.

Sin embargo, sería interesante hacer el siguiente ejercicio. Podríamos suponer, tan sólo por un momento, que el universo referido en estos Poemas crucificados en la pared no habla tanto de aquello ocurrido en la dictadura con el pueblo mapuche, como con lo que ellos han tenido que seguir sufriendo desde mil novecientos noventa hacia acá bajo los gobiernos de la Concertación y los últimos años del gobierno de la recién instalada derecha. De este modo, aquello que parecía la brutalidad de una dictadura pasa a ser la condición inherente a un sistema. Una película, por cierto, mucho más oscura y desesperanzadora, que nos debiera hacer cambiar profundamente nuestra mirada sobre este libro, ya que si estamos dispuestos a equiparar –al menos en este punto específico– lo ocurrido en dictadura con lo ocurrido en la democracia, la teleología planteada por el punto de vista autorial se modificará, por lo tanto, sustancialmente. Incluso si en lo que se refiere estrictamente al análisis político de la coyuntura, no estuviéramos de acuerdo en la equivalencia dictadura/democracia, aun así nuestra lectura de este tercer libro de Verónica Jiménez tendría que confirmar lo que señaláramos antes: ante el extravío de los referentes tradicionales de identidad, su relación agonística con la Historia no deja de ser paradojal, casi un oxímoron. Una especie de canto del cisne, podríamos decir, ya que este buceo en nuestra Historia llega precisamente cuando ésta se encuentra en una de esas encrucijadas de las cuales es difícil predecir lo que ocurrirá, pero que pareciera ser un momento decisivo en lo que a decisiones colectivas se refiere.

En torno a esa atmósfera enrarecida en que la desterritorialización de las identidades se hace palpable a un nivel cotidiano, creo que el poema más significativo de Jiménez es el que se titula “Un mapa del año viejo”, no tanto por la ejecución misma de este texto (no se distancia, por ejemplo, de otros poemas de la misma sección), sino porque es capaz de poner de relieve esa virtualidad en que ha caído lo real en Chile (aunque no sólo en Chile), esas “Cartografías de una realidad/a mano alzada desde una oficina/de redacción (…) en la boca las palabras aplastan cosas”, como dicen los primeros versos de este poema. Es, en consecuencia, políticamente más agresivo señalar esa Araucanía que se ha convertido en destino turístico –subrayando esa dinámica del capitalismo tardío en que nada queda fuera de él como posibilidad de redención en el exotismo y/o en una naturaleza “virgen”–, antes que la reiteración de la represión ejercida desde el Estado chileno. O si se hace, esta denuncia se hace entonces mediatizada a través de ese lenguaje periodístico que no hace más que contribuir a esa realidad compuesta únicamente de signos, esta vez los de un lenguaje que (des)informa eufemísticamente a través de vocablos que repetidos hasta el hartazgo crean un remedo ¿o la mímesis? de la realidad, un efecto de la misma, en reemplazo de ella. De ahí la necesidad del hablante por conseguir "un sistema de símbolos/para hacer visible lo que ocultan las palabras". La reapropiación decisiva de los códigos del discurso (y la interrupción momentánea de la comunicación, no así necesariamente del golpe estético), ocurre cuando el hablante del poema enuncia las estaciones del año en mapudungún, poniendo así un breve compás de espera que entrega la resolución perfecta para un libro que es muchísimo más contingente que muchos que hoy se publican en Chile y se autoproclaman como tales.

El cuerpo social desmembrado y que se metaforiza en esos lazos familiares recurrentes en estos poemas y bajo permanente amenaza, es el correlato obvio e inmediato de esta escritura. Es un primer nivel de lectura ineludible. La filiación y la afiliación como dinámicas en los que la pertenencia del individuo pasa de un ámbito natural y necesario a otro contingente, son descritos con una poética de la objetividad en este tercer libro de Verónica Jiménez. Las mujeres que esperan a los pescadores y la maternidad en peligro, el lenguaje del encuentro amoroso que no se encuentra a sí mismo, todo esto son las resultantes de una totalidad que se discute a través de sus fragmentos. No deja de ser elocuente, entonces, que esa modernidad avasalladora se intente conjurar precisamente a través de lo que se supone es su anverso, ese sur de Chile mitad mítico y mitad turístico, esdrújulo en cualquier caso, cuya imagen impoluta es esa deformación necesaria para poder cooptarlo e incluirlo dentro de las mercancías simbólicas del mismo sistema al que pretende enfrentarse. Como esos periodistas que, en el último poema de Nada tiene que ver el amor con el amor, aplastan la realidad con las palabras. Y la hierba con los pies.

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OBRAS CITADAS

1.- Cárcamo, Luis Ernesto. Tramas del mercado: imaginación económica, cultura pública y literatura en el Chile de fines del siglo veinte. Santiago: Editorial Cuarto Propio, 2007.
2.- Jiménez, Verónica. Islas flotantes. Santiago: Editorial Stratis, 1998.
3.- ______________. Palabras hexagonales. Santiago: Editorial Quimantú, 2002.
4.- _______________. Nada tiene que ver el amor con el amor. Santiago: Piedra de Sol, 2011.



[1]En su libro Tramas del mercado, Luis Ernesto Cárcamo traza las redes de significación que la economía de mercado ha tejido más allá de los ámbitos político y económico, para abarcar ahora también el universo cultural como relato unificador de sentido. El paso de una economía centralizada en el Estado y de fronteras más o menos cerradas, a una abierta a los flujos del capital multinacional, ha tenido para Cárcamo no sólo un impacto estructural en nuestra economía, sino también en nuestros hábitos culturales y sus expresiones simbólicas. La imaginación patrimonial ha sido reemplazada por un universo de intercambios, donde los lugares de paso reemplazan a las identidades consolidadas. Refiriéndose a ciertos autores de la Nueva Narrativa Chilena de los ’90, Cárcamo dice:De esta manera, en medio de la pérdida de anclaje de determinadas referencias tradicionales (como la familia, las costumbres hogareñas, la memoria histórica, o la naturaleza) que ha producido el proceso de la modernización intensiva, estos autores se nutren de una economíasentimental de lectura: la nostalgia por referentes pasados, remotos o perdidos” (53, las cursivas son nuestras). En este marco es que vemos el libro de Verónica Jiménez como un ejemplo contrario, como una forma de reaccionar ante esas pérdidas no con el gesto vacío de una nostalgia inofensiva, sino como el aferrarse a unas tradiciones que si bien son incapaces de desbordar el marco impuesto por la coacción neoliberal (donde todo se transforma en mercancía), mantienen un tono de negatividad que se contradice con la lógica del sentido impuesto por la matriz económica predominante.

Al aplicar su examen a algunos de los representantes más conspicuos de ese grupo de narradores, Cárcamo ve en ellos estrategias de compensación que buscan reemplazar o sustituir ese desarraigo del que hacíamos mención en la cita de más arriba, a través de lo que él llama una “restitución ficcional” de esos referentes cuya vigencia se ha vencido para amplias capas de lectores. Novelar esta nostalgia –según él– por lugares o épocas perdidas, no es sino un síntoma del profundo desarraigo (repetimos, a propósito, el término) que ha producido el tipo de modernización llevada a cabo en Chile, y que, en lugar de traducirse en una lectura política de esas pérdidas, se transforma, en su lugar, “en un mercado de narrativas sentimentales de consumo masivo” (53). Este es el punto clave que toca Cárcamo, esto es lo decisivo: la mercantilización de la identidad en que se convierten estos relatos. El acceso asegurado a estos lugares exóticos o remotos configuraría entonces esa compensación degradada de la que recién hablábamos. Cárcamo busca poner de relieve el descentramiento y la desterritorialización que los discursos de la cultura pública, de la ficción literaria, como asimismo del discurso económico, han experimentado en medio de la implantación en Chile de la hegemonía monetarista (a partir de la conversión del sistema estatista a uno cada vez más marcado por la prédica de los Chicago Boys y su pope Milton Friedman), en la medida en que el estadio actual del capitalismo mina toda ligazón entre el territorio y el referente, “constituyéndose, hegemónicamente, a través de una semiosisespectacularizada de signos e imágenes” (25).


Por: Cristián Gómez O.
Case Western Reserve University