Los versos de MartíReverenciar las más altas luces es siempre un gesto que solo puede nacer de la humildad. Humildad no es sinónimo de bajar la cabeza, sino de inclinar el alma, que pudiera parecer más o menos el mismo desplazamiento pero no lo es. Hay una leve y sutil diferencia entre ambas acciones. Ha resultado bastante usual en nuestras letras estos gestos de reverencias. A José Martí se le ha reverenciado una y otra vez y no por continua esta reverencia ha perdido su valor.Gaudencio Rodríguez Santana, poeta joven, ha elegido inclinarse ante el maestro como un estudiante alegre, como un escolar sencillo. Y hay en su ceremonia una suerte de iluminación martiana que recorre todas sus palabras.

 (*) Los versos de Martí. Gaudencio Rodríguez Santana. Ediciones Vigía. Colección del San Juan. Abril, 2008.


Selección de poemas

Los versos de Martí
Gaudencio Rodríguez Santana

 

De los borradores de José Martí

I
Quiero a la sombra de un ala
Contar este cuento en flor.
¿Dónde le pondré al amor
la pena gris que me exhala?
La niña de Guatemala
¿en qué ramajes se enreda?
¿En qué silencio se hospeda
con su diminuto invierno
si tan sólo el olor tierno
de su almohadilla me hospeda?
¿Cómo besarla, besarla
con el placer de los lirios?
¿Cómo besarle delirios
y después ya nunca amarla?

II
Él regresó, al mirarla,
¿tendría aún de la flor?
Ella lo vio, el dolor
de una niña le crecía.
Él a su esposa lucía.
Ella se murió de amor.

III
Eran de lirios los ramos,
de sombras el ataúd.
En el agua su virtud
de cualquier polvo sembramos.
Tristes incienso quemamos,
alma en lumbre convertida,
y justo en la frente herida
le di un beso, suavemente.
Era su frente, ¡la frente
Que más he amado en mi vida!


 

Un dibujo de José Martí

Los ojos del dibujo anuncian mis temores:
ese hombre no es acaso quien algún niño
coloreó en su cuaderno. La imagen está tergiversada, fría
en esa opacidad gesticular.
Y lo que ilumino con el sol de la ventana abierta también es mi rostro.
Un dibujo de Martí es una imagen que, lejos de ser falsa,
es también la memoria de mis juegos de niño.

Si cubro esos ojos el rostro es incompleto. Se quedan vacías las imágenes
y el frescor queda como un oficio centelleante.
Si el paisaje lunar de la Isla aparece en esos ojos, en el sombrero alón
y en las palmas, ay, las palmas deliciosas,
Martí escribe en la tarde los versos que yo escribo.

Va creciendo también la primavera.
Se va acercando mayo, y frío y rutilante el dibujo compite con mis dedos.
Yo dibujo los ojos de Martí
y siento en las palabras que el tiempo no ha pasado, que puedo blasfemar
y entre las cuartillas rotas de un cuaderno
escribir de Martí los versos que le admiro, la bala que lo mata,
la imagen del joven que crece sabiamente:
Bajo la hierba yo también creceré.


 

Los versos de Martí

Martí conversa conmigo desde la moneda
y escucho los disparos. Algo de galope tiene
el tintinear en mi bolsillo
y como pago al valor de la patria
Martí es muchas preguntas
que en una moneda no adquiere
precio ni respuestas.

En un peso están los versos de Martí,
la bala que destruye para siempre en Dos Ríos
el precio de la patria. No obstante,
continúan en mis manos
tantas monedas como puede la patria
guardar en su memoria.
De cara al sol refulge la moneda, la geografía
de una muerte nacional
es el más grande espacio para el hombre
y Dos Ríos es puerta
para la eternidad y la muerte.

Martí conversa conmigo desde la moneda
que paga el heroísmo, desde la misma
moneda que salta al mar
y vuelve entre los pechos.
Martí es la patria que junto en los bolsillos
o aquella geografía nacional
que canta en las monedas los versos de Martí.


 

Parábola

Ya escuché la parábola
de José Martí desnudo en el lienzo.
Ya sé del Cristo mujer, de las vírgenes
que nacen después del amor, desnudas
y ansiosas por otro nacimiento.
El lienzo ahora se nos escapa y Cristo
como un espejo de cera
se adentra en uno mismo.
Ya lo dije una vez y no me creyeron:
ir al espacio y después
no hallar más que lugares vacíos, nada
que se disuelva en la noche.

De otras historias nada nos señala.
Que puede pernoctar a la intemperie,
sin dioses al pie de la ventana
ni ángeles, sólo un poco de polvo
que la lluvia nos deja para que pensemos
la imagen de Martí colgada en la pared.


 

Cuando  nací sin sol mi madre dijo
algo que nunca podría repetir.
Quizás habló del agua, del sueño,
de la misma voluntad que siempre
corroe los espíritus mayores.

Nada guardo yo de la conversación.
Sobre la frialdad del otoño
apenas una palabra sencilla podría confundirse.
Mi madre algo dijo. No podría nunca
escuchar lo que no escucha un recién nacido,
sin presencia mayor, sin nada.

En mi nacimiento ya no había yugo,
ni estrella que ilumine o mate.
Mirar, saber que ya sin sol, sin luna,
se puede hablar. Algún consejo
que olvidé porque acaso no entendí
qué marcas había en el cielo
que miraba mi madre.


Gaudencio Rodríguez Santana
(Perico, Matanzas, 1969). Ha publicado entre otros, los libros de poemas "Accidentes", (Ediciones Matanzas, 2003), "Teatros vacios", (Ediciones Matanzas, 2003), "En la moviola", (Ediciones Avila, 2006)