Viaje de RegresoEl tac-tac de la chancleta izquierda

A Rolando Estévez
quien conversa en la cocina de mi casa
mientras Mireya hace café.

ponerlo a la mesa, mostrarlo a los amigos
                             Alberto Rodríguez Tosca

Cuando mi madre arrastra su pierna
yo no me compadezco como el vecino
    que cumple con su deber de buen ciudadano:
el dolor se encharca
y el alma se cubre de limo.

Cuando en la oscuridad del corredor imaginario
mi madre camina, y mientras avanza
retumba el tac-tac... de su chancleta izquierda
yo no me compadezco como el buen samaritano
por mis conductos fluye un río de fuego
y las paredes se estremecen revolviendo el ácido
    que se concentra en las articulaciones.

Mi madre arrastra junto a su pierna
el alzheimer de mi abuela
y yo no me compadezco como el espectador
   que se reconforta
ante el show de la podredumbre ajena:
mi dolor es el dolor de César Vallejo:
hoy no sufro solamente.

Mi madre arrastra junto a su pierna
la tragedia de mi padre, la alegría estúpida
  de los enemigos, la indolencia, el marabú...
y yo no me compadezco como un simple compañero:
rabia la sangre y de un manotazo
tiro las miserias.

Sin embargo, no siempre fue mi madre
  la angustia que hoy se me atraganta.
Hubo un tiempo de epifanía inmarcesible:
un aire fresco y saludable que inundaba la casa,
un instante en que se creía en el amor
    como en casi todo,
y era mi madre la línea parpadeante,
la dulce ingenua idea de que nada se iba a acabar.

Trato de conformarme
pero la conformidad es un cuchillo de doble filo.
Trato de aceptar, y aunque sé que la vida
   siempre abre una puerta
poner la cabeza donde va el corazón
es el hermoso traje de la sabiduría
que ahora no me sirve.

Si mi madre es el dolor permanente
también pudiera ser el único alivio a ese dolor.
Veo a mi madre infatigable, dura
   como el quiebra hacha,
acomodando el Abadón de su cervical
con la misma humildad con que un varentierra resiste un ciclón.
Cuando está a punto de decir basta hasta aquí
    ya me cansé

el gesto se suaviza, cobra su rostro
   la dulzura habitual
y convierte al Alzheimer en un niño pulcro y oloroso.
Veo a mi madre arrancando los coágulos
   que se pegan a las hojas de marpacífico.
La veo con los zapatos gastados, las manos limpias
mientras camina por el sendero de la Gran Marcha
y sostiene el peso de un ideal
como quien soporta en sus brazos
una pila de caña quemada.
La veo sacrificarse (si es preciso, dejaría de existir)
para que su hijo vanidoso escriba versos
que probablemente no cambien nada
ni a nadie.

Cuando mi madre arrastra su pierna
yo me pregunto:
De qué material están hechos los seres
que arrastran el dolor
con la misma paciencia
con que ofrecen la vida.
 


El camino de la poesía

Casi internados en el bosque.
Estamos en la ciudad
pero aquí no existe.
El verso fluye.
Las canciones se adentran.
La hermosura de las muchachas
adorna los límites
entre el bosque y la ciudad.

No vuleven los tiempos de Cyrano.
La gracia no es del poeta.
La gloria, de mi vecino
que tiene un Buick
y lleva prendas de oro.

Un extraño se acerca para hablar del poema.
El público no dice nada. Aplaude.
Casi internados en el bosque,
por el camino de la poesía
El público no dice nada.
Frente a veinte o dos mil
el error es el mismo


El ciruelo a sus anchas

         A Richard Pérez y Antón Arrufat

El ciruelo en el patio
es la primera figura
que en viaje de regreso
acontece.

Desde el árbol hacia fuera
voy hurgando la sangre,
los olores; los cuerpos
que armónicamente conforman
al paisaje.

Inevitable se establece la distancia
entre la memoria
y la escritura que se esfuerza
por sustituirla.

Desde el árbol hacia dentro me pregunta
por qué un simple elemento
se adelanta a la coexistencia humana.

El niño abandona juego y roce familiar
para encontrarse con el árbol.
En la soledad lo trepa, lo sacude, lo acaricia.
Degusta la carne de sus frutos.
Vuelve con el doble placer manjar-independencia.

El ciruelo en el patio
a sus anchas
acontece.
 


Línea discontinua

                   A Félix Esquivel
 

Los versos trazan la línea discontinua que divide el camino.
El amarillo se interpone entre la muerte y el viajero.
Los rayos de la luna andrógina
chocan contra la cara del chofer.

<< No tenemos otra defensa
      que la de nuestros deseos >>,
dijo Rimbaud al ver a los hombres
embarrados de grasa
y el diferencial en el asfalto.

La luz del mediodía acentúa
los espacios baldíos, la hierba quemada.
Restos de un paisaje agrícola
cortan los ojos y la fe.

Atravesamos los extraños pueblos
con el mismo desgano
con que un adolescente llega al aula
y al pasar el tiempo descubre figurando
el doble filo del amor.

Marabú en granja abandonada:
las miserias detienen la mano del albañil.
Carcomo en madera de portales
donde la memoria aguarda
el paso del forastero.

Los versos fluyen.
Se abren las compuertas.
Y va quedando atrás
la línea discontinua
que divide el camino.


Surcos

          A Iriam Olivares

Las palabras no bastan.
No bastan las buenas intenciones.

Quería terminar la norma de surcos
para llegar temprano a mis deseos.

Este director que se justifica
es decir: se autocrítica,
llegó temprano a sus deseos.

Las palabras no bastan.
No bastan las buenas intensiones.

Un verso no se escribe con la mano
de terminar surcos.


Nación

Eran hombres valientes
pero estaban confundidas.
Se insubordinaron en Santa Rita y en Lagunas de Varona.
Estas camareras tienen su estirpe.
Nos tratan como hubieran tratado
a los que quisieron llevar la guerra
al otro extremo de la Isla.
Vuelvo al concepto nación.
Trato de recordar lo que dijo Hermann Hesse:

La palabra patria nos limita
si no comprendemos
que solo hay una patria
la Madre Tierra

Trato de recordar
y me llega la duda
si fue el Universo o Madre Tierra
lo que dijo Hermann Hesse.
 


Ciudad de tránsito

Regresar el punto de partida
para luego seguir viaje
provoca una sensación extraña

Mi ciudad es ahora una ciudad de tránsito

Solo permanece intacta la secuencia
en que abro la puerta...
cruzo las cortinas
y llego al cuarto
donde mi hija duerme


Israel Domínguez
Placetas Villa Clara, 1973. Poeta y Traductor. Miembro de la UNEAC. Ha publicado - entre otros - los poemarios Hojas de Cal (E. Abril,2001), Collage mientras avanza mi carro de equipaje (E.Vigía,2002), Sobre un fondo de arena (Colección Sur,2004), Después de acompañar a William Jones (Letras Cubanas,2007)