Viajes de Miguell LunaEn la ardua empresa que debió haber sido escribir su novela Viajes de Miguel Luna, Abel Prieto encaró muchos riesgos literarios, entre ellos, el de otorgar a texto tan sobrecogedor como profundo, un engañoso tono de chanza.

De esta manera, algunos lectores superficiales podrían quedar en la epidermis de una historia que trae por primera vez a la literatura de ficción cubana a un personaje discordante e impredecible y, que yo sepa, sin antecedentes en nuestras letras: el  intelectual “descolocado”.

Para decirlo mejor, parafraseando a Cortázar (a quien el autor cita en varias ocasiones en su libro), el protagonista, Miguel Luna o Mikimún, es un individuo “nacido para ser espectador en fila uno”, sin renunciar, pase lo que pase, a la comodidad (o a la incomodidad) de la platea. Porque, “allí donde cierto tipo humano podía realizarse como héroe”, él está “condenado a la peor de las comedias.”

Aunque pudiera parecerlo, los Viajes de Miguel Luna no es solo una obra divertida, sino también la odisea de un intelectual que no puede, o no quiere o no sabe involucrarse en un proyecto colectivo, siquiera el de la familia. Se aferra, aunque sea de forma inconsciente, a su excéntrica y socialmente reprobable individualidad, lo que según pudiera resultar de una de las  posibles lecturas de la novela, se convierte, en ciertas circunstancias, en una aspiración imposible.

Sin embargo, la hilaridad con que se aborda el conflicto deviene instrumento de suma eficacia. El autor crea un efecto de distanciamiento que lo salva; salva, también, al receptor de la abusiva dramaticidad con la que algunos escritores contemporáneos han abordado los problemas de nuestro tiempo, y se vale, para ello, de esa cubanísima cualidad que nos define; y singulariza casi cual una etiqueta de nuestra idiosincrasia la capacidad de burlarnos de nosotros mismos y hallar motivos para la risa, aun ante los acontecimientos más solemnes y desgarradores.

Los Viajes de Miguel Luna es una obra inclasificable, y es, además, una colosal aventura creadora en la que un estilo barroco y alucinante se conjuga con lo real y lo surreal, para llevarnos al límite de las situaciones por  las que atraviesan sus personajes. Al mismo tiempo, es un fresco estremecedor de la época, quizás más contradictoria de la segunda mitad del siglo XX, que nos sitúa en el umbral de los acontecimientos ocurridos en Europa Oriental en 1989.

Y es en la invención de una isla imaginaria situada en el Mar Negro, llamada Mulgavia, donde el autor debió sortear otro de los peligros de su trama: el de una identificación con algún país en específico a la que pudieran aferrarse ciertos lectores mal acostumbrados.

Quien de modo ingenuo pretenda encontrar dicho referente, comete en mi opinión un imperdonable desliz interpretativo. Mulgavia es la hiperbolización imaginativa de un fracaso, una metarrealidad. Al autor no solo le interesa dejar constancia de las deformaciones sufridas por un sistema social llevándolas hasta el absurdo, sino que también intenta el examen de un “choque cultural”, de un encuentro con “lo diferente”, visto desde la perspectiva de un cubano.

El magnífico trazado de los héroes es una muestra de este evidente interés. Cubanos y mulgavos se nos muestran rotundos en sus contrastes, acentuados incluso por la morfología. Sin embargo, la posibilidad de conciliación se verifica en el inusitado amor a primera vista del protagonista por la “caprina” Dorotea y su electiva afinidad y empatía hacia Fjínkel (dicho sea de paso, el personaje más sólido, desde el punto de vista ético, de la novela).  El  entendimiento entre los seres humanos, muy diversos (parece querer decirnos el narrador), trasciende prejuicios, y costumbres y potenciales discriminaciones por sus apariencias.

A pesar de las alusiones a grandes textos de la literatura universal, casi todas relacionadas con el Viaje en sus más diversas acepciones, percibo en esta novela la presencia de otros parentescos subliminales, por ejemplo: con José Lezama Lima (por el sobreabundante poder metafórico de ambos escritores, especialmente en el pasaje de “los Ascensos” del capítulo 23) y con Ramón Meza y su  “levantado de la máscara funambulesca de esos auténticos personajes trágicos”, que de manera tan genial pudo decodificar José Martí en Mi tío, el empleado y que podría tener igual definición en esta obra de Abel Prieto.

Quizás, el exceso detallista y la prolijidad verbal de esta prosa muy rica en vocablos, cubanismos y giros sorprendentes, hagan desear a algunos críticos y lectores un mayor poder de síntesis en el ritmo un tanto lento de la trama. Pero de ser así, creo que la narración no lograría esa dinámica pantagruélica que recorre, de forma pareja, las acciones y los modos de expresión. He   aquí, otro de los riesgos que el escritor tenía que afrontar.

La velocidad de los capítulos finales se corresponde, en mi opinión, con la trayectoria de Mikimún: acelerada en los que serán sus últimos días; la oportunidad que, paradójicamente, el Destino le concede de abandonar su luneta en un teatro, donde solo queda ya el escenario. Pero condenándolo a su casi kármica condición de espectador, la muerte le negará una segunda oportunidad sobre la tierra, igual que se lo negara a las especies garciamarquianas en Cien Años de Soledad.

En el final de Mikimún se reúnen asimismo, otros finales: el del socialismo mulgavo y el de la novela, pero se abre una puerta para los sobrevivientes que acuden al entierro. Por desgracia, Lopito, el zóologo oportunista, maltratador de mujeres, también acude, y ello parece un alerta no solo para Eloísa, la viuda, sino para todos los asistentes y, ¿por qué no?, también para nosotros.

Lectura polisémica la de estos Viajes… En mi opinión, una gran novela difícil de asimilar porque requiere de una alta dosis participativa del lector que, repito, no debe dejarse engañar por su aparente ligereza.

Esta ficción posee, entre sus muchos valores, una novedosa y auténtica originalidad y por ello, hay que leerla con mucho detenimiento, lo cual no quiere decir que no disfrutemos de su refinado sentido del humor. Tal vez la inmediatez no nos permita todavía valorarla en su justa y, para mí, extraordinaria dimensión. Solo el tiempo dirá sobre ella la última palabra. Y es posible que Mikimún espere, también, por ese Juicio Final para ascender desde su abismo solitario, hacia el paraíso  de los signos virtuales.


Por: Marilyn Bobes

Tomado de cubaliteraria.cu