Gitana Tropical La segunda colección más amplia del gran pintor Víctor Manuel se exhibe lejos de su Habana, ciudad que lo vio nacer y donde pintaría la mayor parte de los inconfundibles retratos con que revolucionó las artes plásticas cubanas en la primera mitad del siglo XX. A casi 200 kilómetros de las grandes salas expositoras de la capital, en la sencilla localidad de Colón –que el autor de Gitana Tropical nunca visitó– se encuentra esta muestra de 27 retratos originales, efectuados en carboncillo sobre papel y gouache.

Por virtud de la fraternidad y generosidad de dos artistas se fomentaría esta colección que exhibe el museo local José Ramón Zulueta hace un cuarto de siglo, desde que fuera donada por uno de los grandes amigos de Víctor Manuel, José Miguel González.

“Lo conocí personalmente cierta tarde habanera de 1957 –solía recordar éste–. Residía entonces en una casa estrecha de cuatro plantas, en la calle Lealtad 1065, hace años clausurada y hoy posiblemente demolida. Estaba ante un hombre menudo, de unos cinco pies de estatura, delgado, pero de gran cabeza; ojos oscuros, vivos y prominentes, y alta frente… Enérgico en el gesto y la expresión. De carácter alegre y entusiasta. Me pareció un hombre muy apasionado de su obra, lo que comprobaría tiempo después.”

El joven arquitecto González celebraba ese año la inauguración de su obra mayor, el hotel Jagua, de Cienfuegos, y ya estaba considerado entre los mejores ceramistas del país. Residente en la capital cubana, participando intensamente de su vida y su arte, conocía bien la obra de Víctor Manuel por sus exposiciones y de las tiendas de efectos pictóricos, por lo cual acudió emocionado a aquel encuentro.

El hombre que lo recibió hacía iniciado treinta años antes una marea alta en la pintura cubana, alimentado por suVista de una calle “instinto de pintor de raza”, el talento con que vino al mundo en La Habana de 1897, sus lecciones primarias en la Academia San Alejandro con Leopoldo Romañach y esa otra escuela mayúscula que es siempre París.

Vista de una calleEn la Ciudad Luz , el cubano pintaría la Gitana Tropical , obra que define el comienzo de nuestra vanguardia. “París le reveló el secreto de los matices finos, sutiles y fugaces, ausentes en el frío convencionalismo del arte académico”, escribió el pintor Marcello Pogolotti. Allí, en el bohemio Montparnasse, sus amigos le privarían del García paterno para devolvérnoslo con el nom de guerre con que viajaría a la inmortalidad.

Víctor Manuel, como firmó desde entonces en letras de molde, regresó a Cuba en 1929. Con él llegaron sus inconfundibles mujeres, cuyas caras brinda “en dos ojos de agua espesa, tan endulzada como azulada”, al decir del poeta José Lezama Lima.

Evolucionando sin traicionarse, no se afilió a vanguardias que nada le decían: “Mi obra es mía. No la defino por escuela ni influencia”, solían afirmar de sus paisajes y retratos reinterpretados dulcemente del natural de una manera que era sólo suya, y cuyo influjo había de desperezar los pinceles de La Habana. “Víctor Manuel es la piedra miliar que marca un apreciable avance en el camino de la pintura cubana, que reduce a la mitad su atraso de más de cien años, colocándola en el umbral de nuestro siglo”, afirmó Pogolotti.

Tal era el hombre que conmovía a José Miguel González aquel día de 1957 mientras le tendía la acuarela que, ante sus ojos, acababa de pintar.

Desde entonces, sus visitas se harían frecuentes, hasta tres veces por semana: “Casi siempre me lo encontraba pintando o dibujando. Era un trabajador incansable, a pesar de su temperamento inestable”, evoca José Miguel en su libro Mi amigo, el pintor Víctor Manuel .

En su taller de La Habana Vieja fue testigo de sus rutinas de trabajo, su predilección por los creyones franceses, su manera de palpar la punta para verificar el filo, el modo de juntar las rodillas y apoyar el cuaderno en las piernas, los contornos que enriquecía con líneas precisas hasta convertirlos en caras. “Ver dibujar a Víctor fue el mayor privilegio estético que me deparó el destino. Era un goce supremo ver nacer la vida de sus manos. Era como un milagro, divina génesis que brotaba de sus dedos”.

Agradecido por las constantes enseñanzas de su amigo, José Miguel quiso iniciarlo en la cerámica, y en cierta ocasión logró que Víctor decorara un plato con una orla y una mujer. El resultado fue bueno, pero el pintor lo dejó caer al piso: “No estaba bien”, apenas dijo.

Con igual desinterés solía regalar algunas obras propias, y aun los presentes de otros amigos. José Miguel, aunque obsequió varias de aquellos originales a amigos y familiares, conservó consigo la mayoría de aquellos óleos, acuarelas y grabados, todos dedicados. El último está fechado pocos días antes de la muerte de Víctor Manuel, en enero de 1969.

Trece años después del deceso de su gran amigo, el ceramista-arquitecto, ya jubilado, donó al Museo de su ciudad natal la mayoría de las piezas que conservaba consigo. Allí se exhiben en una sala favorita de la gente común y las grandes personalidades: “Muchos vienen a Colón expresamente a verlas”, asegura el director de la institución, José La Rosa.

En otro gesto de singular desprendimiento, el principal artista local colombino legó a la galería local unas 60 de sus hermosas cerámicas, de aquellas que tantas veces obsequiara también a Víctor.

Hace apenas dos años José Miguel González se marchó a reunirse con él, dejando a su ciudad una invaluable colección del arte de ambos. De pie ante ellas, conteniendo la emoción ante tanta grandeza, se pudiera abrazarlos en las palabras póstumas del poeta Nicolás Guillén por Víctor Manuel: “Nadie meterá la mano en ese mundo sin sentirlo distinto y propio, y fuerte y fino a la vez, como la ceiba de nuestros bosques, llena de tembloroso follaje allá arriba y agarrada con raíces como anclas, raíces musculosas, al humus de que partió”. 

Amarilys RibotPor Amarilys Ribot
Narradora y Periodista