Ediciones VigíaEn este abril, Ediciones Vigía ha cumplido veintitrés años. Para festejar este aniversario, la casa editorial ha realizado variadas celebraciones y ha editado ejemplares de singular valía, entre los que se destaca un importante catálogo bibliográfico que comprende las publicaciones de Vigía, desde 1985 hasta  el año 2006. Mar Desnudo se une a las galas.
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20 años / Palimpsesto / Vigía Por: Charo Guerra
El ritual de compartir un libro Por: Ruth Behar
Rapsody in sepia… Por: Laura Ruiz
Estrella de oro para vigía Por: Ulises Rodríguez Febles 
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20 años / Palimpsesto / Vigía (*)
 

Siempre pensé que mi estancia en Matanzas no demoraría más allá de esa circunstancia, pasajera e impuesta, llamada Servicio Social. Olvidar tal simpleza –preconcebida al estilo de los recién graduados que, siendo de provincias, veíamos en La Habana el único y posible sitio de existencia– tiene que ver, entre otras razones, con el acercamiento a unos amigos; hablo en especial de Alfredo Zaldívar, el alma de aquel grupo de jóvenes (que conocí gracias a Jacqueline Font), un grupo que pretendía recuperar el espíritu cultural de la ciudad, salvarla del estancamiento que transpiraba entonces. El empuje contaminante de Zaldívar involucraba al resto, aunque quizás él mismo no reconocería hoy aquella especie de liderazgo que ejercía espontáneamente con el despliegue de tanta energía creadora.

Fueron tiempos –finales de 1984– de gravitación, de entrega, de conversaciones interminables, de amistad, de utopías. Recuerdo a los músicos de la Orquesta Sinfónica: al clarinetista Roberto Medina, al flautista Miguelito Hudson, al violinista Pedrito Alfonso; a los compositores y trovadores Rubén Aguiar y Raulito Torres, al intérprete Lázaro Horta, a los escritores Carlos Deus y Jorge Arturo, su hermano, a la poeta y actriz Teresita Burgos, a Héctor Escobar, al incansable Rolando Estévez. (La mayoría dispersa por el mundo.) Me veo (nos veo) recorriendo la ciudad, atravesando sus puentes, con la mente absorta en ocupaciones e ideas que ahora no puedo precisar.

La concesión de una Casa del Escritor, en la planta alta de Magdalena No 1, fue la señal para creer que mucho más sería posible. Con este paso, donde la Asociación Hermanos Saíz de aquellos años fue decisiva, se generaron acciones que, a su vez, desencadenaban otras. La próxima sería expulsar las “Baladas para Adelina” y otras incesantes notas tocadas al piano en los bajos (Casa de la Trova) por fantasmas faranduleros, desterrar canciones donde los corazones se rompían, y los intérpretes hacían ostentación de una voz engolada. Voces que interrumpían el flujo de aquella obra que consistía en el aprendizaje de escuchar a los clásicos, o el jazz de Julito Font, las novedades que en materia de música electroacústica mostraba Fernando Rodríguez (Archy); las (pre-pro-)puestas de teatro, controversias, muestras de Carbonell, Yovany Bauta, Mayra Alpízar y –en lugar privilegiado, muy afín– talleres y lecturas de poesía.

Cierta informalidad en relación con las jerarquías intelectuales hacía el encanto de la casa. Poder leer junto a Cintio Vitier, a Fina García-Marruz, a Carilda Oliver, Fernández Retamar, Nancy Morejón, cantar junto a Marta Valdés, a Teresita Fernández, a Silvio Rodríguez. Una buena cantidad de ejemplares librescos vivientes de todo el país halló refugio allí, y muchos artistas que comenzaban una obra tuvieron en Vigía su primera plaza y su primer público. Tal como ocurrió en la historia universal del libro: surgió la necesidad de rescatar memorias, dejar constancia de los sucedidos.

Mi primera lectura de poesía, también la primera de la Casa (gesto, sobre todo, de amistad que agradezco a Zaldívar), la hice el 27 de marzo del año 1985. Circularon las invitaciones, ilustradas y diseñadas por Estévez, ideadas por Zaldívar, en esos primeros papeles estaba naciendo ya una identidad que recreaba las mejores tradiciones de la República y los Liceos Artísticos, ahora imbuida de un halo renacentista. (Seguramente esta disquisición me la ha dictado Mirta Martínez, tan cerca.) Aquella lectura implicó una especie de marca social dentro de un grupo mirado en la ciudad con ojeriza, por el modo extraño de su comportamiento: leer a la luz de las velas, rodeados de quinqué, con un libro abierto donde dejar mensajes, y la libertad de invitar a otros a leer o a cantar, hacer campaña a favor del antilenguaje, contra la mansedumbre, privilegiar una mirada distinta al entorno, rechazar el hastío cotidiano, y sentir el gusto por las irreverencias. El aliento gregario de Vigía se cuestionaba, y ya sabemos cómo pueden multiplicarse las desconfianzas y las paranoias en el círculo de una ciudad pequeña.  

Comenzaron a hablarse con sospecha de las madrugadas de la Casa del Escritor. Horarios impropios para lo que a ojos adocenados no debería recibir otro nombre que: “trabajo voluntario”. Hoy sé que eran pocas las posibilidades de comprensión. Los maledicientes no creían en altruismos, de modo que no tomarían en cuenta que en Vigía se haría el libro a mano, al modo de un copista del siglo xiii (comparación perturbadora pero útil). Vigía establecía (¿restablecía?) otras normas: las espirituales. Muchas personas, con su agudeza al uso, detectaron en Vigía una indeseable torre de marfil en el claro y democrático panorama de las letras provinciales. Otros captaron, defendieron y disfrutaron, desde su signo, el privilegio de asistir a la vertiginosa formación de una de las imágenes culturales más sólidas de la ciudad.  

Nunca había preguntado a Zaldívar y a Estévez si hubo una búsqueda consciente desde el principio, una intención de registrar la diferencia. Pero sé que todo fue hallado en el camino. Primero fueron esos sueltos hermosos, con intenciones promocionales y estos mismos comenzaron a exigir las formas de una sabiduría acumulada –y echada prácticamente en el olvido. Lo dicen los tópicos formales asumidos desde entonces: la acción plástica de iluminar a mano tuvo en Vigía significados peculiares, siendo su identidad el quinqué, la expresión de un grupo que procuraba darle luz a una ciudad, renovarla; el llamado pergamino, vástago del que en su origen fuera la escritura sobre pieles de animales y que, a su vez, tuvo esa denominación por el sitio en que se retomaron los códices, en la Isla de Pérgamo. En Vigía llamaron así a los rollos hechos de papel alba, o de estraza, o de papeles de uso más común en las imprentas, siempre a partir de un tratamiento artístico con elementos naturales, y es revelador que tomara aquel nombre que ya había evolucionado como suelto, desplegable, u otros más modernos.

Confieso que estando en Vigía como editora, una vez tuve la sensación de que éramos una dotación de esclavos. (Aclaro que ese sentimiento es una especie de deformación personal, una emoción que puede reiterarse en mí ante cualquier circunstancia que implique atadura. Un temor acechante, que se repite con puntual frecuencia.) Fue sólo un destello, un flechazo de rebeldía, el comportamiento típico del hijo inconforme. De buena fe concluí que hacía mi labor con una alegría y un goce que difícilmente podría experimentar en otro sitio (y que sí he experimentado luego porque Vigía actuó en mí como puente, compensando mi anterior y rígida experiencia de trabajo y preparándome para las posteriores).

Si el camino de la originalidad implica –como lo indica el término– la regresión a los orígenes, éramos también nosotros monjes, copistas, amanuenses, iluminadores, crisógrafos, y nuestra obra requería y ostentaba esa orfebrería intelectual con su dosis de imperfección humana. (Digo esto y recuerdo los detalles de la edición del cuento “La santa” de García Márquez.). Escritores que diseñaban, editaban, rasgaban, usaban la guillotina para el papel de estraza que Zaldívar conseguía en las bodegas de la ciudad y traía en su mochila, como si traficara con tesoros. Un editor se paraba en público, desafiando su profunda timidez, escribía, corregía hasta el delirio, mecanografiaba sténciles, encuadernaba, iluminaba, cortaba, pegaba, amarraba, mezclaba en una batidora osterizer los desechos con los cuales hacer el papel artesanal, dosificaba cantidades un poco al azar... y nuevamente disfrutaba el azar útil de esas mezclas, el efecto que el sol y la luna ponderaban en las superficies. Y, sobre todo, consideraba todo papel o pedazo sobrante de la hechura, el preciado botín de una batalla.

Laura Ruiz, quien se acercó a Vigía casi adolescente y es una de las personas de mayor permanencia y vida allí, sabe que estoy refiriéndome a la rutina de un tiempo muy difícil: años 92 y 93, donde cuestionábamos todo, y se veían señales de una inconformidad (aunque después uno decidiera que Vigía era una cofradía, que estábamos a buen resguardo pasando aquellos tiempos duros como quien se recluye de un ciclón, y por toda filosofía de la extrañeza concluíamos que nada era alarmante, pues cualquier tormenta obedecía sólo al excesivo tiempo rumiando angustias existenciales alrededor de una mesa de trabajo...). De todos modos esos barruntos afloraron con la dolorosa marca de los tiempos. Algunos con quienes compartí equipo se marcharon poco a poco de ese país que era Vigía: Hiram, Maribel, Javier, Gisela, Orestes. Otros antes o después. Mucha gente pasó y ha pasado, no conozco a ninguno que descrea de Vigía. Yo me mudé a La Habana (sin que esa decisión tuviera ya que ver con las resoluciones y proyectos de mi primera juventud). Como los otros, seguí pensando en clave de Vigía. Recogía materiales y los enviaba. Recuerdo un bellísimo libro de poemas de Gastón Baquero dentro de una caja de tabacos. Fue hecho con las litografías originales rescatadas en la Casa del Marqués de Arcos (en plena restauración), cargadas en un saco con la ayuda de otras personas con quienes formé luego un grupo similar en el afecto; otro grupo disperso por el mundo. Más tarde, por esas obsesiones, gratitudes debo llamarle, trabajé junto a Camilo Venegas para una Colección Paseo, de Vigía en La Habana que –lástima– quedó a medias entre dos o tres libros y antologías.  

Comparados con los tiempos que corren, uno mismo no puede creer cómo se colaboraba por amor al arte –literalmente–; se sentía el gusto de hacer, estar en el parque, en las peñas para niños, en la Casa del Joven Creador, la Casa de las Américas, en exposiciones, lecturas, conciertos, conferencias, eventos teóricos, presentaciones de libros cada vez más al modo único de Vigía. Gente ubicua. Público ubicuo. Estévez dibujaba, exigía, creaba un rostro para la Casa editorial que iba consolidándose, ganando un espacio cada día mayor en la monotonía editorial de esos años en el país, y luego ocupando casi todo ese lugar ante la ausencia de libros y posibilidades de reproducción en las imprentas y el cierre de publicaciones de los años llamados Período Especial, y lo que es mejor aún: manteniendo ese lugar en los tiempos siguientes porque Zaldívar no abandonó nunca la costumbre inveterada de llevarse consigo una mochila repleta de ideas. Creo que la Feria del Libro del año 1994 (y la palma de papel que identificaba el stand de Vigía, levantada como un testimonio de tenacidad y de belleza más allá de su propia connotación simbólica como instalación plástica) fue decisiva en cuanto a imagen pública. Vigía había logrado otorgar un contenido de vanguardia a sus formas pobres; se planteaba requerimientos editoriales trascendentes dentro del panorama literario cubano e internacional, legitimando su valor y, a la vez, legitimando con su prestigio toda obra publicada por ella.  

Comenzaron a apostarle intelectuales que, más allá de la utilidad práctica que reportaba el florecimiento de una idea al alcance de la estrechez, vieron en estos libros la posibilidad de que la palabra entrara al objeto de arte, se fusionara y añadiera otro valor al suyo intrínseco. Vigía bosquejaba una revalorización del libro original, primario, en un giro de difícil imitación, con un sello personalizado que ha dado la vuelta al mundo. Recuerdo ahora (¿o lo soñé?) una foto en la prensa del presidente de México con un libro de Eliseo Diego en la mano, en el discurso de entrega del Premio «Juan Rulfo», en el año 1993. Un recorte de periódico traído de la Feria de Guadalajara por el propio Zaldívar. Al acercar la vista todos dimos un grito de alegría porque el libro que llevaba en la mano el presidente, perfectamente identificable en sus detalles de cubierta, era la rara edición Vigía de Conversación con los difuntos.  

Potenciar la belleza de lo minimal, lo pobre dignificado por el arte. Esa fue –y es– la substancia íntima de Vigía: Liber, corteza segunda e interior de los árboles. Palimpsesto. Capas sobre capas. Naturaleza y modernidad: Bodoni-José Severino Boloña-Garamond-Aurora de Matanzas. Juglares. Mimeógrafos en desuso y otras generosas regalías de países socialistas. Restos de las guerras del mundo. Refugio contra la chatura. Palabras dichas o sugeridas en una despedida. Reencuentros. Y gente que continúa ese sacerdocio, y otra vez nombres, ahora el de Agustina Ponce al frente del equipo. Estoy convencida de que todo eso es una extraña mixtura que sostiene en pie a Vigía, y seguirá sosteniéndola. Y mientras más afianza su disciplina como editorial con rigores, exigencias, y cometidos, más enfatiza su vocación de centro de arte, entre los más raros del país. Arte, algo que no puede girar a un lado o al otro olvidándose de sí mismo.  

Charo Guerra
(*) Palabras leídas en el Festival de las Ediciones Vigía. Matanzas, abril, 2005

Por: Charo Guerra

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El ritual de compartir un libro (*)

Matanzas, 28 de abril del 2005
Palabras de agradecimiento a Vigía en su 20 aniversario

Vigía es una oda a la imaginación. Vigía empezó con unas hojas de papel conseguidas en las carnicerías de Matanzas y una maquina de mimeografía que a nadie le interesaba y con eso se hicieron las primeras invitaciones a lecturas de poesía y a conciertos de música hace veinte años y luego esos papelitos se transformaron en libros, primero en pequeños libros y luego en libros grandes, pero cada uno hecho siempre con imaginación.

Vigía es Matanzas porque Vigía no se puede hacer en otro lugar que no sea Matanzas. Vigía no se deja llevar a La Habana, a donde va todo y a donde llega todo que se considera importante en nuestra isla. La Vigía es muy orgullosa y ella se queda en Matanzas. Y Matanzas seguirá siendo la Atenas de Cuba por todo el tiempo que exista Vigía. 

Rolando EstevezVigía es Cuba porque Vigía no se puede hacer en otro lugar que no sea Cuba. Vigía se hace en Cuba, es parte del cuerpo y alma de Cuba. Vigía es Cuba porque nació en esta isla donde los sueños son tan gigantes que los apagones sólo logran convencer a los cubanos por unos escasos segundos que son tan vulnerables como cualquier otro ser humano.  

Vigía es el quinqué porque se puede ir la electricidad, pero nunca se va la luz. El quinqué se olvidó en todo el mundo al venir la luz eléctrica, pero en Vigía se sabe que la luz de otros tiempos puede seguir siendo una luz para nuestro tiempo. 

Vigía es la chistera del mago. Al abrir un libro de Vigía nunca se sabe lo que se va a encontrar dentro. Igual encuentras un pergamino o un marcador. O  encuentras una página que está doblada a la mitad para esconder otra sorpresa más, un bello dibujo que no cabía de otra forma, pero que se le quiso regalar al lector.

Vigía es una casa editorial y un taller que produce libros de arte. Vigía es una unión feliz de la palabra y la imagen.

Vigía es una respuesta al libro industrial, a la realidad virtual, a las listas de best-sellers que matan a la literatura y la dejan sangrando en la calle.

Vigía es el libro que se toca, se palpa, se guarda, es el libro que se respeta, el libro que se quiere.

Vigía nunca se olvida, como un primer amor.

Vigía es un ajiaco tan original que no tiene receta.

Vigía es el pan de todos los días, porque la poesía no es un lujo, es una necesidad.

Vigía es una casa que mira al Río San Juan, donde los pájaros tienen su nido y vuelan libremente. Arriba está el taller, con sus ventanas abiertas al río, al mar, al puerto, al mundo.

Vigía es una loca que se enamora todos los días con otro escritor, otra escritora. Igual se enamora de García Lorca como de Borges, de Rimbaud como de Pushkin, de Ajmátova como de Emily Dickinson. Y por mucho que coquetee con extranjeros y extranjeras, se sigue enamorando de los cubanos y las cubanas, de Dulce María Loynaz, de Gaston Baquero, de Nancy Morejón, de Pablo Armando Fernández, de Marta Valdés.

Vigía es una romántica, pero también es de carne y hueso, y como cualquier cubano, tiene que saber resolver, tiene que saber inventar el dólar. El papel pobre que fue el fundamento de Vigía, ahora no se consigue gratis en las carnicerías. Ahora ese papel hay que comprarlo en dólares y los libros de Vigía hay que venderlos en dólares, porque en el mundo que vivimos todo tiene su precio y los regalos se acabaron. Pero aún así, Vigía sigue dando regalos siempre que puede, porque Vigía no olvida la belleza del regalo.

Vigía es una embajadora por la cultura y la paz que viaja por todo el mundo. Vigía ha ido a México, Alemania, Canadá, Estados Unidos, Inglaterra, España, y más lugares. Vigía tiene alojamiento en muchas bibliotecas, y hasta en el MOMA en la gran ciudad de Nueva York, pero no por eso se ha convertido en una diva insoportable. Vigía, yo espero, siga siendo una mujer sencilla, de donde crecen las palmas.

Vigía es tantas cosas que no puedo nombrar.

Vigía soy yo, la niña que una vez fue feliz en Cuba pero ya no se acuerda. Vigía es la despedida que se transformó en retorno. Gracias a Vigía volví a cosas que había dejado y que no sabía que extrañaba—mi lengua materna, la poesía, Matanzas, lugar donde se refugió mi familia judía y respiraron por primera vez el aire de la tolerancia y la libertad.

Vigía es ya parte de mi vida y no puedo creer que la conozco por tantos años. En mi antología, Puentes a Cuba, dimos a conocer Vigía por primera vez en inglés en el año 1994. Y unos años despues, en 1998, fueron Estévez y Zaldívar a Michigan a hacer la primera presentación de los libros de Vigía en Estados Unidos. Estando allí juntos hicimos un libro que unió los poemas de Dulce María Loynaz con poemas míos inspirados por los de ella. La portada de ese libro siempre me estremece—lleva un dibujo de la isla de Cuba rellenada con tierra de mi jardín en Michigan.

Vigía es mi deuda con todos los miembros del taller que hacen los libros día a día, con esperanza, con fe. Gracias a Estela, Iosmey, Álida, Ana María, Maricel, Gladys, Ibis, Lisette, Guevara, Zoila, Abilia.

Vigía es mi respeto por Agustina Ponce, que cuida de Vigía con la dignidad que se merece. Gracias Agustina.

Vigía es mi amistad con Laura Ruiz, una gran editora, que me ha ayudado a ser la escritora que deseo ser, siempre leyendo mis textos con cuidado y ternura, porque sabe que soy frágil. Gracias Laura.

Vigía es mi cariño y admiración por Rolando Estévez, que conocí por primera vez en la Feria del Libro de La Habana en 1994 y que desde entonces considero un hermano para toda la vida. Gracias Estévez. Gracias por enseñarme a querer la poesía de Dulce María Loynaz y las canciones de Marta Valdés. Gracias por enseñarme lo que significa para nosotros, los cubanos, la palabra desgarramiento. Gracias por comprenderme, por enseñarme quién soy. Gracias por dedicarle veinte años a Vigía.

Vigía es paciencia, lentitud, un intento de frenar al tiempo, de llegar a un acuerdo con el tiempo, de negociar con el tiempo, de detenerse en el tiempo, para que pase un poquito más despacio y podamos disfrutar de la vida.

Vigía es una joven bella que un día llegará a vieja—pero falta, falta mucho para eso. A lo mejor no la llegaremos a ver nosotros, pero llegarán otros que la cuidarán y la seguirán queriendo, aunque su belleza no sea nada más que un recuerdo.

Ruth Behar
(*) Palabras leídas en el Festival de las Ediciones Vigía. Matanzas, abril, 2005

Por: Ruth Behar

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Rapsody in sepia… (*)

Si me preguntan qué quiero yo:
Vigía a todo color…

Ella tenía un pantalón rojo y se llamaba Teresa Melo. Antes de leer cierto poema, lloraba siempre: ¡ay, Estefanie, no hay dolor más atroz que ser feliz! Yo tenía una saya de girasoles que usó Margarita García Alonso la tarde en que fue a casa de Fayad Jamís para quedarse. Mi padre tiene los ojos azules. Yo no conocía a la Teresa, lady in red, ni a la Margarita amarilla cuando el de los ojos azules me hizo subir la escalera de la calle del Río. Teresita Burgos tenía el pelo negro y allí se despedía de un hombre con camisa blanca que se llamaba Alfredo Zaldívar. Teresita Burgos se despedía antes de un viaje, a Polonia, creo… o tal vez no era Polonia sino Laconia o Nostalkia. Da igual, todo viaje es añoranza.

Mi padre supo que yo escribía. Versos, quiero decir porque desde que acabé el primer grado, me habían colgado aquella banda cruzada sobre el pecho que rezaba: ya sé leer y escribir y él lo sabía. Lo nuevo eran los versos. Y por ellos me llevó a la casona a orillas del San Juan. Me presentó ante el hombre de la camisa blanche y ahí empezó todo… empezó la fiesta del primer grado, la fiesta de poder leer y escribir.

Luego vino la visión del pantalón rojo y después la saya de girasoles que estrené el mismo día que Rolando Estévez y Odette Alonso se iban a Nicaragua. Él quiso escribir algo en la primera página de un libro que yo llevaba y que él no me había regalado…y lo dejé. Después se fue. Las cartas de Van-Gogh a Theo era el libro. Cartas, papeles…Cartas que no me escribieron en aquel entonces desde Nicaragua pero sí ahora desde la calle Zaragoza en Matanzas o desde la calle Enrique Rebsamen en México D.F.

Tras algunos meses de merodeo empecé por fin a ir todos los días a la casona, me hice adicta. Allí descubrí el sepia del papel craf –palabra que tanta duda me daba escribir y que aún se mantiene, ahora que en la casona hay ordenadores que me señalan la palabra en rouge y me sugieren: crac o crack… Lo que digo: adicta. Vicio por vicio.

Una mañana el hombre Z de la camisa white me pidió pegara unos trocitos de papel sobre un pliego de otro para después rasgarlos. Me advirtió cla-.ra-men-te que el papel del pliego era exclusivo, único, especial, papiro en extinción y que debía cuidarlo y que si alcanzaba para todo lo necesario, mucho mejor… Y lo eché a perder… Lo lastimé como muchas veces se lastima a los otros, sin querer… Entrar por la puerta angosta se le llama a eso… Lo eché a perder…sin remedio. Pero parece que sintió el hombre Z tanta lástima de mí que no me expulsó ni asesinó. Pocas personas me han preferido a un bello papel. Pocas me han elegido por encima de la tela, la seda, la hoja blanca o de cualquier otro color. La razón debe ser que él es poeta y ya se sabe la escasa funcionalidad de ciertos oficios. Me perdonó y así me quedé en el rincón de la casona blue. Allí he espiado a mucha gente, esa que conforma al medio cuerpo de la literatura cubana y he asistido a la alquimia de esos libros, a la desgarradura de ver a monjes y artesanos partir, a la euforia de trabajar con la misma pasión con que se besa.

Eran ya los noventa y Sigfredo Ariel escribió un poema: Escrito sobre papel estraza, se titulaba. En algún momento decía:

Es algo así. Y uno recuerda
porque tiene suerte.
Al final estos papeles de estraza que rasgamos
serán llevados por los desconocidos
a las manos de quién
hacia una casa que entrevemos en sueños perfilada
descuidadamente.

Yo recuerdo, casi siempre recuerdo y la suerte de recordar me hace ser la dueña de un puñado de vidas. Yo evoco y rasgo. Repaso y escribo. Recuerdo y leo. Tengo todos mis libros guardados en cajas. El carpintero aún no ha podido terminar los libreros. No he ido a talar la madera al bosque, ni la he llevado donde el pájaro carpintero para que la torture con su pico. Así es que no puedo buscar los libros de Ariel. Yo casi siempre recuerdo pero a veces no… ahí es donde se me escapa la vida mía y la de los otros. De esta suerte olvidé si Ariel alguna vez publicó ese poema que terminaba diciendo:

Y entre hojas de vainilla salvaje,
arrimado a los puentes sucesivos
alguien puede imaginarnos –jóvenes aún-
como éramos doblados como varas de jacinto
ante mesas eternas
y el papel efímero.

Del rasgado del papel efímero pasé poco tiempo después a la máquina de escribir. Máquina gris acerada. Nudillos míos enrojecidos, quemados por la presión. Tecleé más libros que manuscritos escribieron monjes en el medioevo. El golpe seco contra las teclas para que marcaran los esténciles azules (más oscuros que los ojos de mi padre) me fue deformando los dedos. Se echaron a perder muchos esténciles, se agujereaban. Podridos terminaban en la basura y yo tecleaba nuevamente. Sudé todos los Créditos de Charlot y escuché más de una Conversación con los difuntos. Limpié el cristal de mis mis espejuelos con el papelito blanco –casi seda- de los esténciles. No he vuelto a encontrar nada que deje las gafas más impecablemente limpias.

Papelitos y papelitos en los años ochenta y en los noventa y en el dos mil y en los de después. Papelito habla lengua. Papelito en piquito de paloma. Papelitos que el viento no se llevó del todo. Papelitos que iban y venían en forma de cartas que llegaban escritas por los poetas peregrinos que algunas vez asomaron su nariz por entre el craft y después escribían –como Camilo Venegas- diciendo que se morían de deseos de malgastar en las noches de Vigía las pocas velas que nos quedan para oír -mientras rasgamos el efímero papel- una canción donde María Teresa desafina y Lorenzo se nos queda dormido. Papelito craft, papelito sepia, papelito blanco. Papelitos-años en los que nos tirábamos en el suelo y andábamos sucios recorriendo la isla pero tocando siempre puerto en Vigía. No sé qué ha hecho este lugar con nosotros. Pero lo cierto es que me permite soportar largos silencios de Sigfredo Ariel, ausencias de Teresa Melo, conversaciones difíciles con Damaris Calderón y coincidencias misteriosas con Odette Alonso, mientras me sigo meciendo en un sillón recordando las berenjenas que poetizaba en su cocina Berta Caluff, ayudada por Arístides Vega y exquisitamente traducidas al francés por René Suárez.

Dicen Vigía y me quedo perpleja. ¿Ciertamente he estado allí todos estos años? ¿Ciertamente ha sido por Vigía que pude ver la nieve, estar en Isla Negra, odiar Valparaíso porque se parece a La Habana, caminar por la casa de Goethe con las manos a la espalda, volver a Santiago de Cuba, mirar Las Meninas, subirme a los aviones, bajar a los barcos, llorar y abrazar, despedirme de la isla y soñar con volver? Parece mentira pero no lo es. Ciertamente he estado aquí. Privilegio de renacimiento en medio de la orilla del San Juan en esta ciudad ultramarina. Casa azul cerca del río desde donde se ven los pescadores, las impresoras, la bahía, los papeles rasgados, la guillotina que no corta bien (gracias a Dios), la escalera de madera apuntalada, el puente que fue giratorio y ya no se mueve –como tantas cosas-, el papel artesanal, los papelitos, los papelitos. Papelitos…que el tiempo no ha borrado y que juntos un día nos viste rasgar…

En Vigía el tiempo no transcurre. Medioevo aterido. Espacio que existe y que no existe. Alfredo Zaldívar intentando reunir los distintos fragmentos de la parte más inocente de la isla. Rolando Estévez entintando la ansiedad y poniéndola sobre la mesa donde Liudmila Quincoses puso un par de botas que nunca se compró pero que sí lució junto a Javier Marimón en un octubre lejano. Tan lejano como aquel en el que Sonia Díaz Corrales había sido la más leal sierva de la reina, la que acompañó a Reinaldo García Blanco cuando él, de espaldas al muelle, lloraba su adiós a las naves de Tarsis mientras de fondo se escuchaba una canción de Marta Valdés tocada por la flauta de Richard y tarareada por cuanta lluvia pasajera ha caído para regar las ciudades de la isla en medio del casi eterno y mítico verano.

Vigía ha sido la rosa y la espina que le salió a esa misma rosa. La rosa de Baquero, la espina que enfermó a Rilke. La rosa hecha ceiba. La rosa-ceiba inclinada por el viento y echa nuevamente tierra, polvo: enamorado y desenamorado. Planta, animal, humano, cosa, papel, vida real, invento de isla. Libros hechos a mano que aún se detienen a la orilla de la costa clamando por la perla, siendo ellos la perla misma. Retazos que Agustina Ponce cose y descose en el tiempo de la ola de frío, el sutnamis, el derrumbe de los edificios famosos y los trenes que no van a sitio alguno.

Me dicen Vigía, pienso que en el próximo abril cumplirá veinte años y que los portales estarán llenitos de paseantes y de fantasmas y tengo que detenerme a pensar ¿de verdad sigo allí? Las cubiertas de los libros son nuestras fotografías en blanco y negro o a color, arrugadas, húmedas o bandera batiente. Como las actrices viejas que se les visita en los camerinos, como ellas, digo lo mismo porque en verdad a estas alturas casi nada más hay para decir: aquí he llorado mucho y he estado radiante, he tenido el pelo rojo y la mirada con brillo, he rasgado papeles y me he quedado dormida sobre el teclado, me he ido de viaje y he vuelto, he escrito versos y me he enamorado, como todos los que alguna vez han pasado por aquí, recorriendo la isla o recorriendo las utopías. Y en verdad no sé bien ni para qué lo cuento porque total: papeles, papeles son pero si son rasgados…

(*)Una versión de este texto apareció en La Gaceta de Cuba, como saludo a los veinte años de Ediciones Vigía.

Laura RuizPor: Laura Ruiz
(Matanzas, 1966) Ha publicado entre otros, La sombra de los otros en la colección Pinos Nuevos, L o que fue la ciudad de mis sueños, en Bartleby Editores, España. El camino sobre las aguas, Ediciones Unión.

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Estrella de oro para vigía

Un premio para la Casa Editorial Vigía es un premio para todos los escritores matanceros, para todos los escritores cubanos que han visto transformarse en arte sus obras literarias. Para los que la han visto nacer de Casa de la Trova, en Casa del Escritor, y  más tarde en Casa Editorial, en la Plaza de la Vigía, cerca del Parque de los Chivos, de las márgenes del río San Juan.

Vigía donde en mi juventud  vi nacer los plaquettes de poetas de mi generación, recuerdo ahora a Gaudencio Rodríguez, presentados una noche de la década del ochenta, y todos celebraron este primer nacimiento de sus poemas impresos, los leyeron, mientras otros cantaron, creo que Raúl Torres y Ernesto Pita, y se tomó té mientras la ciudad crecía afuera. Una noche de los ochenta, cuando era un estudiante universitario y todo comenzaba en la esquina mágica de la Vigía para ser lo que hoy es;  ese espacio, donde las manos mágicas de Rolando Estévez, su diseñador principal, logran del papel, de la tela, de la arena, de los caracoles, de todo lo que encuentran regado en este mundo. Donde otros diseñadores han creados a partir de su personal estilo y del de Vigía, otros libros: Zenén Calero, Johan Trujillo,  María Alba Ríos, Manuel Darío García, Sandra  García, Frank David Valdés.... Un equipo de editores, Laura, Gladys, Agustina, de gente laboriosa sentados desde por la mañana hasta bien entrada la tarde: recortando, pegando, pintando, transformando. Un acto, cargado de paciencia, de amor, de ternura; de manos que paren obras de arte. La misma editorial  donde apareció mi primer libro, gané mi primer concurso importante, el Virgilio Piñera, por el Tricentenario de la ciudad, donde publiqué por primera vez un cuento en un número de su revista. Un Premio como para que el chivo del parque resucite, los lancheros que pasen por el río entonen una canción a la luz del farol que los lleva a la bahía y después al mar. Un premio como para que se encienda el quinqué – símbolo, y se deje encendido, como llama eterna… iluminando.  Un premio del que debemos sentirnos orgullosos. Aún recuerdo  los días en que Alfredo Zaldívar me anunció en la calle la posibilidad del Taller Editorial Vigía, creo que hasta él y Estévez me propusieron trabajar allí – recuerdo, creo. Ahora estoy recordando detalles, fragmentos que se agolpan, que vienen, como los maderos y las huellas de otros mundos a la orilla del río.

Jamás y nunca hubiera podido ser del equipo de Vigía. Crear con las manos, los dedos, procrear de la nada, algo radiante como un libro, un libro para leer, una obra de arte en tus manos, ante tus ojos, con otra obra de arte: escrita. Uno de esos libros preciosos, que maravillan a todos los que lo miran, a los que lo ven: mágicos. He visto:  libros – cajas de zapatos – libros - libros , castillos -  libros, casas - libros, retablos - libros. Una galería de arte. O no me dijo nada y solo lo soñé, porque siempre he querido ser de Vigía, un mago. De verdad, aunque no pueda, ni nunca vaya a serlo. Puede ser que sea eso, creo. Sucede que siempre  me he sentido parte de ese fragmento inigualable de la ciudad, de ese rincón donde nacen libros raros y valiosos en pleno siglo XXI. Otra casa.

Los relojes, las escaleras, la mesa cargada de papeles, los estantes con libros, los reconocimientos, los premios, los vestigios de la obra plástica de Estévez en las paredes, en el techo, en el piso, forman parte del  acontecer diario de cada uno de nosotros, que siempre va  a Vigía, regresa a Vigía, respira en Vigía, sentados entre ellos, mientras afuera la ciudad, la nuestra sigue su apacible curso.

Atravesando ayer la calle Río, la gente de Vigía me anunció la nueva noticia, parados en la puerta, con el sobre donde se le anuncia, recién abierto, aún oloroso. Me dieron la carta para que la leyera, una carta para todos ellos, una carta para todos nosotros los artistas y escritores, para cada gente de Matanzas, para toda Cuba. En realidad es la nominación para un premio. Es decir concretamente no es un premio y  lo es: un importante premio a la trayectoria y vida, a la calidad de nuestra editorial Vigía. La que fundaron en 1985 Alfredo Zaldívar y Rolando Estévez. La editorial Vigía de todos.

Puedo leer:

La XII Convención International Star for Leadership in Quality de París 2008 forma parte del programa anual de Premios B.I.D., Business Initiative Directions, creados para reconocer el prestigio de destacadas empresas, organizaciones y emprendedores. Este año, la ceremonia de entrega de premios tendrá lugar durante la XII Convención International Star for Leadership in Quality en el Concorde La Fayette de París, el 20 y 21 de abril, 2008

A la Ceremonia asistirán empresas de 74 países, junto con líderes de diversos sectores empresariales, profesionales del mundo de la economía, las artes y la imagen corporativa, expertos en calidad, así como personalidades académicas y representantes del cuerpo diplomático”  (…) “En base a las normas y criterios del modelo de calidad QC100 Ediciones Vigía ha de recibir en Paris el galardón Estrella Internacional a  la calidad en la categoría ORO

Ulises Rodríguez Febles
Por: Ulises Rodríguez Febles
Dramaturgo e Investigador.

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