Festival de las ediciones vigía 25 añosThe world is so full of a number of things,
I'm sure we should all be as happy as kings.
—Robert Louis Stevenson,
A Child's Garden of Verses (1885).

 
El mundo está tan lleno de tantas cosas, que estoy seguro de que todos deberíamos vivir tan felices como reyes. Quiero dar las gracias a Agustina Ponce, Laura Ruiz Montes y a Vigía por el honor y el privilegio que representan para mí estar en esta celebración.

Se me hace difícil hablar de mi relación con  las Ediciones Vigía sin hablar de Cuba; y como vengo de la otra ala del mismo pájaro, se me hace imposible pensar en Cuba sin volver a mi niñez. Me crié en una de las primeras urbanizaciones –o repartos-- de la capital de Puerto Rico. Casitas, casitas y más casitas. Cerca una montaña --un mogote kárstico con todo y cueva-- que solía visitar con los amigos en plan aventura ilegal, pues eran terrenos del gobierno estadounidense, una antigua base militar. Eramos tres hijos, yo la del medio. Y en octubre de 1961 acaeció una catástrofe largamente anunciada: mi hermano mayor murió de cáncer de riñón, tras muchos años de enfermedad –tenía nueve y yo seis—y la casa se vistió de luto, luto y locura, y dolor.

Mi hermana menor, quien entonces contaba con sólo un año, creció en aquel limbo oscuro hasta que le llegó el momento de salir a la luz y entrar en una guardería. Y a los tres, cuatro años, mis padres sabiamente eligieron una ubicada en una casita que estaba al lado del mogote y su selva. Todo cuajaba: la llevaba la Sra. Verde y tenía el rimbombante nombre INPYL: Instituto Nacional de Puericultura y Lactancia. Allí Rocío respiró el aire luminoso de la selva y aprendió sus primeros versos:

Cultivo una rosa blanca
en junio como en enero
para el amigo sincero
que me da su mano franca.

Y para el cruel que me arranca
el corazón con que vivo,
cardo ni ortiga cultivo;
cultivo una rosa blanca.
 
También le enseñaron su primera canción, que cantaba orgullosa ante mis orgullosos padres puertorriqueños, quienes siempre han defendido la independencia del país. Y les tengo que pedir disculpas, pues ni tengo oído, ni sé cantar:

¡Al combate corred Bayameses,
que la Patria os contempla orgullosa;
no temáis una muerte gloriosa,
que morir por la patria es vivir!
 
En aquellos días sombríos un rayo de luz nos llegaba de Cuba, la isla hermana.

Pasó el tiempo. Crecí, viajé, me transformé en una especie de nómada, de planta de raíces colgantes, deteniéndome por momentos más o menos largos en Madrid, París o Roma, en varias ciudades del norte de los EEUU, y ahora  en Nueva York. Y gracias a Nueva York, y a Sonia Rivera Valdés, vuestra embajadora de buena voluntad en Mannahatta, la antigua isla de las

muchas colinas, conocí a Vigía.

Era la primavera del año 2003, venía por primera vez a Cuba –esta es la segunda—y éramos tres amigos. Sonia me conectó por correo electrónico con Laura Ruiz Montes y logré incluir una parada en Matanzas en nuestro viaje. Un amigo lo había organizado y trazaba la ruta, la segunda recuperaba recuerdos de su infancia y yo, por fin conocía la tierra de la rosa

blanca. El percurso estaba constituído por otro triángulo: Habana, Viñales, Varadero. Pero hicimos un paréntesis y llegamos  a la alta Torre de la Vigía. A esta mítica ciudad de los tres ríos y los muchos puentes. Y entre las paredes de las Ediciones Vigía conocí el asombro, el entusiasmo, el amor y el respeto a la poesía.

No puedo hablar de Vigía sin hablar de Laura Ruiz Montes, sus sabores, sus olores, su Beatriz. Nos enseñó la editorial, los libros. Nos llevó al Museo Famacéutico, a las Cuevas de Bellamar. Nos hizo subir a la portentosa cima de la ermita  de los catalanes a presenciar el esplendor del Yumurí. Me pidió un cuento para la antología de narrativa Donde la luna bebe, y le mandé “El metro”. Me pidió un poema para el número de la revista dedicado al 150 aniversario de José Martí. Y mi “Monte” nunca ha estado en mejor compañía.

Volví a encontrarla en Honduras gracias a la poeta Amanda Castro; la pude ver  de nuevo en Santo Domingo, donde presencié su entereza matancera y le mostré los poderes ocultos de uno de los personajes más poderosos del santoral escocés.

Pasó el tiempo. Una tarde del año pasado, tras salir de la oficina de un médico, me topé de nuevo con las Ediciones Vigía. Pero para mi sorpresa no me hallaba en la costa norte del largo lagarto verde, sino en la calle 60 de Nueva York. Caminaba rumbo al metro. Andaba con calma, algo raro en mí, después del pandemonio al que me habían sometido durante cuarenta

minutos en una prueba de resonancia magnética. Y de momento vi en la acera norte, una inmensa bandera de colores que decía “Cuban Artists Books and Prints / Libros y Grabados de Artistas Cubanos 1985-2009”. También estaba el nombre de Ana Mendietta. Decidí cruzar la acera y ver de qué se trataba. La entrada era gratuita y te sonreían cuando abrías la puerta. Y de nuevo volvió la alegría, el asombro. Me hallaba en la sala de exposiciónes del Grolier Club, la más antigua sociedad de bibliófilos estadounidense. Allí se mostraban libros de Vigía, había un vídeo, yo estaba sola. Tenía toda la sala para mí. Era todo un regalo.

No puedo hablar de Vigía ni de Cuba, sin mencionar a Pedro Yanes, quien no es de Matanzas, sino de Sagua la Grande. Durante muchas décadas llevó Las Américas, la más importante librería y editorial hispana de Nueva York. Y cuando llegué allá por los años 70, me dio una de las llaves secretas de la ciudad. Cuba es asimismo sinónimo de mi otro gran amigo --y maestro--, José Olivio Jiménez, quien no era de Matanzas sino de Santa Clara. Y entre las infinitas  cosas que me enseñó están los secretos de la raíz y el ala en Martí. Y también me ayudó con paciencia a comprender que las verdades elementales caben en las palabras, y estas, como las alas del colibrí, siempre son circunstanciales y evolutivas. No puedo hablar de mi relación con Matanzas y las Ediciones Vigía sin volver al poeta que nos une:

Tiene el leopardo un abrigo
en su monte seco y pardo
yo tengo más que el leopardo
porque tengo un buen amigo.
 
No puedo hablar de Cuba sin que los ojos se me llenen de lágrimas y de luz.
 
PD. Han pasado veinte días desde mi llegada al Festival por el 25 Aniversario de las Ediciones Vigía. Han pasado aún más desde que empecé a escribir este texto que arrancó con los versos de Robert Louis Stevenson de su epígrafe. Hoy sólo quiero añadir una pequeña posdata y lanzarla en una botella al Mar desnudo. La generosa gente de Matanzas, los que laboran día a día en Vigía, los que nos daban el café, las meriendas, los que nos traían flores, ceniceros  y quinqués, los que nos trataron como reinas y lords ingleses, constituyen la materia prima --plata que pronto se transmutará en oro y diamantes-- de esa maravilla que se yergue junto al río San Juan. A ustedes, va la posdata, con la infinita admiración, respeto y agradecimiento de esta poeta viajera.


Por: Marithelma Costa