Wayacón: El Naif se muerde la colaLa figuración, estrato epidérmico de la obra, fue el primer atributo de las Artes Plásticas puesto en crisis por las Vanguardias de finales del siglo XIX y principios del XX, despojándose conscientemente el creador del recesivo rol de copiador-reproductor de la realidad, en (quizás) el más grande ejercicio de egolatría y egocentrismo humano después de la conquista del fuego y la invención de la rueda. Pasó a erigirse en transformador, más aún, generador de realidades autosuficientes. Se asumió cabalmente lo que el hombre primitivo había logrado en las eras glaciales desde su cosmovisión mitopoética y mágico-religiosa: condensar las formas del cosmos externo, en códigos sintetizados hasta la abstracción, sobresaliendo la línea como uno de los más grandes logros de la perceptiva humana.

Con la evolución no académica del discurso ideoestético, el arte pasó de concepto a noción, intención, y finalmente relatividad-libertad, con todo el caos aparejado a esta maldición. Duchamp violando los límites más sagrados de la aristocracia del espíritu; los dadaístas borrando de un plumazo todo el sustrato gnoseológico de la civilización. En medio de esta revolución perceptual, que no se detiene a fuer de fenecer la creación en sí, junto a las nuevas maneras se re-legitimaron valores simbólicos de las primeras edades del Arte y el artista.
 
El Naif y/o Mágico, ysu postura extrema: el Primitivismo, han logrado cierta preeminencia como alternativa a complejizaciones conceptuales y abstracción a ultranza de otras corrientes, entrando a los circuitos artísticos por el exotismo de la Otredad encarnada en estado puro, miel que ya había obsesionado los labios de Paul Gauguin, Robert Louis Stevenson y hasta enmascaró a una de las Señoritas de Avignon.
 
 Esta vertiente plástica, basada fundamentalmente en el re-descubrimiento del mundo desde prismas nobles, a veces oportunistamente noblones hasta lo grosero, y en el costumbrismo de raíz bucólico-populista, arrastra sus antípodas más a la saga de lo que parece. La ingenuidad forzada en casi todos sus cultores padece zancadillas por parte de “creadores absolutos”, y por ende revolucionarios. Primitivos a ultranza, de una elementalidad instintiva e inmaculada, redundante en la sinceridad más visceral y descarnadamente básica de un fauno, desafían edulcoramientos, benevolencias y simplificaciones. Julián Espinosa Rebollido (Cienfuegos, 1941), cuyo nombre se diluye en el borrascoso pseudónimo de Wayacón, es probablemente uno de los escasos nexos entre los artistas primitivos originales y los actuales, más bien calificados desde una perspectiva temática como mágico-religiosos y/o populares conscientes.

 
Wayacón interpreta la realidad desde un lente de elementalidad en estado casi puro, donde el Arte es un instinto, una inevitable necesidad fisiológica de jugar, garrapatear, desatar fluídos hormonales, reírse de los peces de colores, de sí mismo y de todo el cosmos circundante. Imposible puede resultar porcionar/clasificar sus esferas vital, creativa, cosmovisiva y conceptual, mucho menos desenredar su madeja de lógicas, sentidos y motivaciones, hirsuta como su barba, laberíntica como sus arrugas, contundente como el impacto visual de la caótica obra pictórica, instalativa, escultórica, enviromental, muralista y hasta performática, si uno se remite a curiosas acciones pasadas, previas a la acción Avenida 0 del también cienfueguero Leandro Soto, o si es observada bajo nuevas luces su aventura en pos de la legendaria Dama Azul, empuñando cincel y escoplo contra los muros de la batería de Nuestra Señora de los Ángeles de Jagua, viviendo y materializando obsesiones entre ellos.
 
 Mientras en la obra de un creador como Wilfredo Lam, el cubismo europeo agresivo y desafiante pasó por un tamiz sensual y mágico desde la apropiación creativa consciente, Wayacón llega, desde el genio montaraz, a concebir y desarrollar presupuestos figuro-discursivos coincidentes con vanguardistas europeos como el francés Jean Dubuffet, cultor/promotor del anti- intelectual y mixturado Art Brut, basado en iconografías de la Otredad humana; el autodidacta danés Carl-Henning Pedersen, de sesgo mitopoético más lírico, soportado en el imaginario fantástico del niño; el belga Pierre Alechinsky, con propuestas temperamentales, expresionistas, tendientes a la abstracción; el terrífico estadounidense Jean Michel Basquiat, de figuración pop extrema, sublimadora del arte urbano casual, esquizoide y alucinante. Las prendas de ropa (guayaberas, pulóveres, calzoncillos, bragas, pantalones) decoradas por Wayacón lanzan además guiños allende los mares a los trajes de fieltro del alemán Joseph Beuys.
 
 La mordacidad de muchas de sus producciones, donde el libido en plan de joda cristaliza fantasías exuberantes con las fotos rasgadas de Play Boy, recontextualizadas en oníricos collages instalativos, como 17 mamitas y un blúmer de Anita; la escandalosa osadía ready-made duchampiana de piezas tridimensionales, donde se combinan y funden en amplios universos de sentido (bien presentidos por Wayacón, bien susurrados a su oído por diablillos del Quinto Infierno, da igual), instrumentos, tubérculos, trozos muertos de naturaleza, maletas de dinero perdido, ponen en crisis los propios cimientos figurativos y mágico-religiosos más calmos del Naif, violando límites y clasificaciones, generadas desde por criterios limitados.

El pintoresquismo extravagantemente delicioso del ser y el decir de este creador lo convierte en un perenne performer, siendo quizás sus modos, maneras y cotidianidad su mejor obra. Con la reconjugación y el redimensionamiento de la sorna, la crudeza populares más fuertes en piezas altamente lúdicas, de fuerte impacto visual, Wayacón es a la vez negación y legitimación del Naif como libertad de los instintos humanos, por más básicos y cromagnónicos que puedan parecer a paladares melindrosos. Pues todo arte verdadero debe generar y germinar las semillas de su propia aniquilación.


Por: Antonio Enrique González Rojas