A Adriana Novoa y Madeline Cámara que lo hicieron posible

Hace solo unos pocos años, la ciudad de Lisboa provocó en mí el espejismo de haber estado paseando no a la orilla del Tajo, sino por La Habana en la que algún día los abuelos habían pasado su luna de miel. En realidad mi abuelo dejó a su recién declarada esposa, esperando en la puerta de un solar de Pueblo Nuevo, en la ciudad de Matanzas; con un pastel de guayaba y una materva, colocadas en cada una de sus manos adolescentes. El viaje prometido a la capital nunca tendría lugar. Pero en Lisboa supe, que aquella era La Habana a la que mi frágil y abusada abuela nunca llegó. Cerré la página, escribí unas líneas sobre los fados y el bolero, sobre la semejanza y el azar, sobre la anchura de un río que quizá no vuelva a ver.

Otras ciudades han provocado en mí un parecido estado de deslumbramiento ante sus mágicas concordancias. Algunas otras me han echado al vacío de la referencia, ese sitio nefasto en donde no hay memoria, ni emoción, ni presencia reconocible alguna. Ciudades como espejos de la historia mía y de los míos, donde sigo rutas imaginadas, rutas reales, ajenas o despreciables, pero siempre presentes. Bebedora de ciudades voy. Sedienta del hallazgo, del instante que meses después mi ojo vivirá nuevamente. De la plaza que voy a recordar en el futuro cuando alguien me esté besando debajo de la manta, la sabana raída o la noche de Cuba, desamparada a cualquier edad en que suceda.

Un año atrás, una nueva ciudad me llevó a sus estancias. Confundida antes las nomenclaturas, el avión pisó tierra en San Petersburgo cuando esperaba otra designación, cuando creí estar volando a Tampa. Minutos después alguien me ¿aclaraba? que había un shuttle y unas carreteras que comunicaban y una certeza de que había llegado al lugar correcto. Tampa, repetía yo para quitarme el miedo a tantas cosas que ya no vale la pena nombrar. Tampa para mí y para mi ojo que habrá de recordarla, bien lo sé, en el momento menos esperado… San Petersburgo en Tampa y la ruta que yo sabía de antemano que iba a seguir y la espera del día en que ya no se me iba a olvidar de dónde vine yo y a qué y cuál de todas es mi casa…
Ybor City: estación desconocida. Por: Mabel Cuesta

Fue entonces que alguien habló de Ybor City y eso en mí era otra vez el vacío. Ignorante y atrevida, yo solo quería ver a Tampa, dónde las tabaquerías en que Martí dio sus discursos, dónde la huella de los inmigrantes del siglo XIX, los que fundaron la patria imaginada para nosotros, perdidos después en un San Petersburgo que no era aquel en donde el avión puso su rueda estremecida. Ybor City, repitieron. Y yo acepté por disciplina o desgano. Por la ingente necesidad de no tomar una nueva decisión, si debíamos ver este Ybor City y no a la antigua ciudad de Tampa como yo previamente había planeado, qué más daba ya… ignorante y atrevida, repito ahora con una sonrisa piadosa para mí.

El jarrito en donde la abuela endulzaba el café por las mañanas antes de que su nieta remontara camino entre las piedras y matorrales que bordean al río Yumurí para llevarla a la escuela, estaba allí. También el sillón de los boleros, quiéreme mucho, dulce amor mío, que amante siempre te adoraré. Ybor City -fundada por el valenciano Vicente Martínez Ybor con ansias de hacer dinero, make money, make cigars, mientras italianos, españoles, tantos cubanos se unen a la empresa- era la nomenclatura exacta que yo había perdido, seguramente entretenida en alguna clase de Historia que no fui o que no impartieron, en el libro que no leí. Ybor City, casitas de madera, perfectamente conservadas en la memoria de una ciudad que tiene la repetida estatua del poeta y también el parque en donde quedaron guardados los restos de las antiguas seis provincias, huellas de tierra que alguna vez fueron legítima propiedad del estado cubano, que acaso aún lo son, que nos quieren rescatar de un olvido que tampoco sé cómo nombrar. Parque de Martí en donde la negra Paulina Barroso alojó al poeta cuando aquel pequeño acre era su casa todavía no sacudida por la furia de un incendio.

Si cierro ahora los ojos, puedo volver a recorrer las calles de la pequeña ciudad, tomar nuevas fotos frente a los inmigrantes petrificados en bronce al centro de otro parque, tal vez más visitado. Escuchar a Juan Julián, quiero decir a Nilo Cruz, leyendo Ana Karénina para los manufactureros de cualquiera de esas fábricas enclavadas en el trópico, no hay como leer un libro de invierno en pleno verano, dice una de las mujeres de Cruz en la obra … imaginar a Rusia, San Petersburgo en medio de las blanquísimas sábanas de poliéster y algodón que están en las casitas de los tabaqueros de Ybor City y también en la casa de la abuela a la orilla del río, soñando todos con un invierno que nunca llegará.

La Casa PedrosoSi cierro ahora los ojos me detengo ante la cafetera, colador de tela y base de hierro, ante la bacinilla de cerámica, ante la pipa, la manta, cada mueble perfectamente reconocible. Escucho al lector de la tabaquería, a Juan Julián muerto de un disparo por traer al invierno y al amor hasta la mesa de enrollar y anillar; a Martí sorbiendo la sopa hirviente sobre el trozo de tierra que dice Las Villas, Oriente, Matanzas, Pinar del Río, La Habana, Camagüey… veo al poeta delirando, lo veo pasearse, probablemente con el mismo abrigo negro que abrigaba a Wronsky mientras bailaba un vals imposible con Ana…Martí soñando también con San Petersburgo, mientras el calor de la sopa y el abrigo innecesario le desgastan la piel y la mirada. Escucho silbar a los trenes, todos los trenes, los que transportaron las hojas de la planta tan cotizada desde las vegas de Pinar hasta los muelles de La Habana y más tarde desde las aduanas de Tampa hasta los estancos de Ybor City. Escucho al que cortará a Karénina el suspiro del amor y a los que atraviesan los puentes giratorios sobre el San Juan y el Yumurí, transportando la miel de purgas o el rayón o el amoníaco.

Regreso a Tampa, Ybor City, así como regreso a Lisboa, pienso en esa Cuba de ayer de la que hablan casi todos los poemas, no importa dónde los hayan escrito. La Cuba que me invento a través de ciudades extranjeras, buscando esos “tiempos de antes”, reducidos a una frase, a un lema que amuralla, nos protege; que nos ha permitido crecer soñando lo mismo en Hialeah, Union City, Centro Habana o Ceiba Mocha con un bienestar que todos perdimos en algún momento que tiene distintas fechas, pero un mismo dolor. Los tiempos de antes, así era en Cuba, yo recuerdo, quién se acuerda de eso; frases que ruedan en nuestras cabezas que son eternas norias, que son esos pequeños objetos domésticos detenidos en Ybor City o los tranvías de Lisboa, que son la apuesta de la memoria a las piezas sobrevivientes de una vajilla en Pueblo Nuevo o el candelabro de plata que pasó la inspección de la aduana en ambas ciudades hace ya mucho tiempo…

Ybor City, tan cerca de San Petersburgo, de Lisboa y de Matanzas, que confundo los eventos, que me da la certeza de que si tomo el tren en la pequeña estación de lo que un día fue también Cuba town , podré sin dudas bajarme en el Chiado, Tirry o Ladoga. Semejanza de estaciones que nos alienta el deseo, nos salva del olvido.

North Bergen, N.J., verano de 2007

La referencia es a la obra teatral del cubano Nilo Cruz: Ana en el Trópico . Ganadora del Premio Pulitzer 2003 para obras dramáticas.

En 1887 Ybor City se incorpora a la ciudad de Tampa. La nueva urbanización se inscribe con el nombre de Cuba Town. Más tarde con el uso popular desaparece esta denominación y se comienza a emplear la actual de Ybor City

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Mabel CuestaPor:Mabel Cuesta:
Narradora, profesora universitaria e investigadora. Licenciada en Letras por la Universidad de La Habana. Graduada de Profesora e Investigadora en Lengua y Literatura Españolas por la AECI (Agencia española de Cooperación Iberoamericana) y la Universidad Complutense de Madrid. Textos suyos aparecen en diversas antologías y publicaciones periódicas. Es autora de los libros de cuentos: Confesiones on line y Cuaderno de la fiancée . Actualmente trabaja y reside en New York.