Un primer acercamiento al póximo estreno de Teatro de Las Estaciones.

Los Zapaticos de Rosa, de José Martí. Ese poema dramatizado en las escuelas de toda la Isla. Los Zapaticos de Rosa que millones de niños han representado, encarnando sus diversos personajes. Los Zapaticos de Rosa que han obligado a los padres a coser vestuarios para Pilar, Alberto el Militar, Magdalena, para el padre y la madre. Construir elementos de utilería, escenografías. Esos Zapaticos de Rosa de Martí, que han iniciado a muchos niños en el amor al teatro. Que han contribuido como un mínimo grano de arena a sensibilizar a muchos compatriotas con el mundo de la escena y con la obra de José Martí. Ese poema paradigmático será el próximo estreno de Teatro de Las Estaciones el día 14, en la Sala Papalote a partir de una versión de Rubén Darío Salazar y el diseño de Zenén Calero Medina.

Estas palabras son solo anotaciones de mi visita a un ensayo, anotaciones en las que profundizaré en un próximo artículo escrito para ahondar en varias temáticas que me interesan: la martiana, el teatro para niño y la dramaturgia. Desde la génesis del espectáculo la propuesta para una dramaturgia del poema martiano constituye una búsqueda y un riesgo en la dinamitación del poema desde la libertad estructural, basado en una estructura con interrupciones, transiciones y pausas en el desarrollo del la secuencia temporal en que las canciones infantiles tradicionales, las imágenes provocadas por los recursos titiriteros, los silencios con todos su significados o el uso de la tecnología, van a denotar un juego temporal que detiene o acelera el tiempo diegético, del dramático; lo que constituye una revelación dinámica y orgánica donde están las esencias de los resultados espectaculares que la reescritura del poema martiano por Darío Salazar propone, y que la puesta consigue. En un colectivo de actores de legítima y diferente formación profesional, de larga o corta experiencia de trabajo, la coherencia, la entrega, el rigor de los cuatro: Freddy Maragoto, Mayda Seguí, Fara Madrigal y Yerandy Basart, determinan su profesionalismo, su sello; la auténtica presencia de la agrupación en la vanguardia del panorama teatral cubano. Actores que en esta puesta cantan con excelencia, demostrando el intenso trabajo de entrenamiento vocal que realizaron con el maestro José Antonio Méndez y el profesor Reynaldo Montalvo; actores que revelan un profundo trabajo con la palabra versificada, con la manera de decir el verso, algo difícil en un texto no escrito para el teatro, pero que todos logran con organicidad, partiendo de la preparación concienzuda en el magisterio de los talleres que les impartió el actor Carlos Pérez Peña, quien también nos entrega con su hermosa voz, un homenaje entrañable a Martí. En estos, Los Zapaticos de Rosa de Teatro de Las Estaciones, está la sensible dirección de Darío Salazar que propicia un espectáculo particularizado por sutilezas, detalles, sugerencias… y sugestivo. Una puesta donde la partitura espectacular propicia la delicadeza del gesto, la precisión de los movimientos, la esencia de las sicologías de los personajes actores o títeres. Seguro se van a conmover con la animación que Mayda Seguí hace de su hermosa Pilar, con la caracterización de la madre de Fara Madrigal, con lo que consiguen con sus personajes Freddy Maragato y Yerandy Basart, con un trazado leve, pero intenso de sus encarnaciones, como paletadas sobre un lienzo, que es paisaje humano que Martí proyecto desde su poema. Observen como en una puesta donde los espacios son múltiples: la música, los sonidos, las luces, los recursos de la tecnología, la escenografía va a recrear el mundo imaginado de Martí, el mundo que no vamos imaginando desde nuestra perspectiva de espectador, desde nuestros códigos personales, contribuyendo a los constantes rompimientos de tiempo y espacio, a su delimitación y a la creación de una estética que conjuga los resultados de la poética de Las Estaciones. La música de Elvira Santiago es esencial en la puesta. Es protagonista: dramatiza, enfatiza, crea atmósferas, sirve de vínculo a la fragmentación estructural, y lo disperso, lo hace continuo. Conmovedor el personaje latente de la madre de la niña enferma, de la que solo se escucha su voz estremecedora, adolorida, interpretada por la solista Bárbara Llanes. Del resultado del diseño de Zenén Calero: escenografico, muñecos, vestuario, luces, objeto de utilería, es realmente bello, como categoría estética y elemento protagónico en la puesta. Funcional, eminentemente dramático, imaginativa, deliciosamente sublime, en un espectáculo donde lo hermoso es esencial. Queda entonces invitarlos a las funciones de Los Zapaticos de Rosas, para estar con Teatro de Las Estaciones y con Martí, juntos con él, para rendirle homenaje este año y el próximo, en su 155 aniversario. Y siempre…

Por: Ulises Rodríguez Febles