Todos los florecimientos

Zu.A los niños, no nos es posible saber de antemano qué seremos cuando lleguemos a mayores. Yo tampoco lo sabía, ni Tania lo sabía, ningún niño lo sabe. Jugamos, siempre jugamos a pensar, a inventar...De esa manera nos imaginamos atravesando el aire en un avión, o conduciendo un autobus, intentando sanar a algún enfermo, o enseñando a otros a sumar o multiplicar. Eso es soñar que podemos florecer pero no nos damos cuenta. Sanar a los otros; mostrarle las patas gordas de los números, sus barrigas, sus cuellos largos; guiar un avión por los aires...todo es florecer. Todo es sembrar la semilla y esperar pacientemente a que vayan saliendo los brotes y después las flores. Pero hay que ayudar a ese crecimiento y el agua, el abono puede ser cualquier cosa: una mirada, una palabra, un libro, un gesto de uno mismo o de los otros...

Tania Jiménez, en su obra ZU, habla de estos florecimientos. Tania entra al campo de Cuba para desde allí contarnos el brote de hermosas flores. Desde ese maravilloso y verde rincón nos habla de la tristeza del Coralillo porque nadie le ve, porque se siente invisible. Y ahí está el Coralillo, levantando una de sus ramas para que le vean, agitando sus hojas casi con desesperación, mientras los animales y las otras plantas siguen de largo, sin fijarse. Hay que aprender a estar atentos. Hay que mirarlo todo. Lo que tiene flores de colores y lo que no porque hay muchas maneras de florecer. En las arenas más áridas del desierto también nacen flores. En los pedregales más abruptos, en las tierras más oscuras y pantanosas, en medio de la nada, también nacen flores. Poca cosa hay más triste que quien no sabe mirar. Quien no ha aprendido a mirar, jamás podrá ver lo que sucede alrededor, jamás sabrá contemplar ni entender las sonrisas o los rostros de tristeza y peor aún, jamás podrá mirarse así mismo. Ese es el canto que eleva Tania en esta obra. Por eso la abeja Zu conoce todas estas cosas, porque Tania se las ha mostrado. La autora encontró a la abeja en medio del campo y se quedó muy quieta, mirando cómo Zu, voluntaria y amorosamente cuida del Coralillo. Ella le ve, le mira, le recorre con una mirada tan Tania Jiménez. Foto tomada por Abel G. Fagundocuidadosa que eso hace que el Coralillo crezca y pueda por fin tener sus flores, su puertecita abierta al sol, a la naturaleza hermosa. Y el Coralillo corresponde al gesto de Zu, se entrega a ella, le regala el néctar de las flores recién nacidas para que ella libe, para que viva, para que todo se multiplique, como hacen los fieles, los leales, los agradecidos.

Tania dedica tiempo a mirar hacia afuera, hacia el alma de los otros. Y la abeja Zu dedica tiempo al cuidado del Coralillo. Dedicar tiempo no es regalar las horas que nos sobran. Dedicar tiempo es compartir, los minutos que tenemos, entre varias tareas de amor. Un minuto que nos robamos a nosotros mismos para darlo a alguien, es más preciado que regalar un año entero de nuestras horas sin usar. Lo hermoso está en compartir, no en dar lo que sobra. Compartir el tiempo ha sido siempre uno de los lujos mayores. El tiempo se escapa, se esfuma, no es posible retenerlo. Es por eso que el acto de compartir con un amigo lo que no se pueda recuperar es una de las mayores muestras de cariño y fe. Eso ha hecho Tania Jiménez con esta obra que hoy muestra a los niños, obra escrita con delicadeza y sentido del humor, que se adentra en un mundo de flores por nacer, de amistades por crecer y de generosidad para compartir.

Por: Laura Ruiz Montes