Apuntes del AlephApuntes del Aleph son reflexiones sobre la labor del archivo, a partir de nuestra experiencia, que más bien somos una casa donde se conservan recuerdos para contárselo a nuestros nietos en libros, en soportes tecnológicos y mediante la palabra. Apuntes sobre archivistas, sobre espacios terrenales, donde la gente vive entre documentos y libros. Apuntes sobre actos humanos a favor del libro o de la memoria. No tienen un orden, porque los apunto cuando suceden y cuando deseo dejar un recuerdo para la memoria. También está la palabra escrita de otros, como la bella alocución de Lorca, pero también estarán – un día - las de Benjamín Walter, Carlos Fuentes, Amadeus Hampatá, Jorge Luis Borges…Un día, de la dispersión, saldrá a la luz un libro. Se llamará Apuntes del Aleph (O memorias de archivista). Agradezco a Enrique Ríos Prado su colaboración para otros fragmentos de El Libro del Aleph.


1. En cierta ocasión conocí a un señor de la Patagonia que se llama Hugo Sacccocia. Pertenecía a un grupo de teatro, del cual fue el único sobreviviente durante la dictadura argentina. A sus amigos muertos dedicó su Biblioteca Hueney. Él y su querida Emilia la crearon en la fría Patagonia. Ellos con mucho amor y esfuerzo la crearon, enriquecieron. Ayudaron con sus libros a abrir un espacio único, abierto al mundo. Un espacio que ayuda a todo el que lo pide, al que pide un libro de teatro. La Biblioteca Hueney es un acto de amor y fe, que actualmente recibe el apoyo del Estado, que inventa festivales, premios, encuentros de artistas, que envía libros a cualquier rincón del planeta, si lo pides – desde la distancia - al viejo y a la vez joven e iluminado Hugo Saccocia, mi amigo fraterno y solidario, para siempre amigo en las calles frías de Montevideo. Hugo Saccocia, el santo de los bibliotecarios – lo bautizaron algunos.

 
 
2. La biblioteca de Pepe en la Calle Matanzas, la biblioteca del pedagógico, pero era la biblioteca de Pepe, sigue siendo la biblioteca de Pepe. Siempre lo será aunque se haya retirado de ese lugar y en algún lugar la sueñe. Había libros excepcionales, mesas dispuestas, iluminación adecuada. Estaba cerca de El Parnaso y podías ir a tomar té. El Parnaso ya no existe, pero existe la biblioteca. Siempre encontrabas todo en la biblioteca de Pepe. O de lo contrario, el lugar donde lo podías encontrar. Un bibliotecario conoce los libros por sus colores, sus formas, su contenido, como si los hubiera escrito él. Un bibliotecario con su amabilidad, puede hacer que vuelvas, que insistas en volver, siempre, a buscar otro libro. Volver a la tranquilidad y la belleza de vivir entre libros. La biblioteca era Pepe, siempre. En el recuerdo va a ser siempre la biblioteca de Pepe.
 
3. El tiempo es el mejor amigo de una biblioteca, de un archivo. Ellos llenan sus anaqueles según pasa el tiempo. Son insaciables si se les alimenta bien, y con amor. Ese tiempo es imborrable, salvo las guerras, salvo los accidentes, salvo la desidia y el abandono de las sociedades, pero especialmente de los hombres y mujeres que lo protegen. Creo mucho en los hombres y mujeres como los Hugo Saccocia, los Pepe, los María Lastallo, los Carlos Trelles, el legendario Villita, Eulalio (González Freire)", Pedro A. Herrera López y Luis García Pascual  y los Mirta Hernández y otros muchos, legendarios y a veces anónimos bibliotecarios y archivistas de los que hablaré más adelante. 

4. Tengo un amigo que se llama Enrique Ríos Prado, el recoge los que otros botan a las puertas de las instituciones, lo que otros dejan amontonados en cualquier lugar. Enrique – investigador-  se los lleva a su casa, para protegerlo. Un día no podrá seguir recogiendo documentos regados en pasillos y en lugares, donde sus hombres y mujeres debían conocer que la historia son fragmentos desperdigados en el espacio. No podrá hacerlo, porque no cabrán en su casa. Los humanos no saben – a veces – lo que envían al olvido, abandonados a la muerte y al silencio. La historia de una nación empieza con la sensibilidad de los que la aman, y eso puede estar en el simple gesto de recoger un documento, investigarlo y conservarlo para la posteridad.

5. Hay que escribir un libro sobre María Lastallo, la del Centro de Documentación del Teatro Nacional de Cuba: unos la describen de una forma u de otra. Recta, dulce, tierna, sensible, con una disciplina militar, capaz de descubrir secretos en los laberintos más oscuros, perdidos, y llevárselos a otros a la luz, como el más preciado tesoro. Siempre la tengo presente, nadie lo sabe, pero la llevo conmigo. Su obra y  legendaria existencia me acompañan.

6.Tengo otro amigo: se llama Jesús Ruiz y lo que hizo con el Centro del Diseño Galería Raúl Oliva, lo que ha construido, los seres admirables que ha formado como archivistas, lo hizo con paciencia y dedicación, solo, y a la vez, con la ayuda de muchos. Su sueño fue creciendo y creciendo para bien del diseño escénico, del diseño todo. Hace bastante tiempo nació en Cárdenas y se conmovió con un árbol que cercenaron en el Instituto. Un árbol centenario que tenía olores, marcas, dolores y esperanzas de muchas generaciones y de muertos inolvidables. Le escribí un texto al árbol. Una biblioteca, un archivo, es como un árbol. Cuando no se le cuida, cuando se destruye hay que protestar, y si impotentes ya no se puede hacer nada, al menos hay que tener derecho a llorar por la infelicidad de los que no conocen que un árbol, un simple árbol, según el criterio de algunos; una biblioteca y un archivo, según el criterio de algunos, es a veces, el vestigio concreto de que existimos como especie.

7. Hace muy poco tiempo murió en la Calle Ríos René Castellanos, coleccionista, filatelista matancero y de Cuba. Castellanos era un sabio que sabía admirar, valorar y hablar con erudición de cada objeto, de cada sello postal. Dijo en una entrevista algo que te enseña una premisa importante para los que nos dedicamos a archivar por amor – hay quien lo hace solo por ganar su salario. No cito textualmente sus palabras, pero dijo algo que repito siempre, de manera parecida, porque lo adapto a mi espacio querido en la Calle Milanés, entre Jovellanos y Matanzas. Un archivo no es coleccionar para almacenar. Se archiva investigando, estudiando, conociendo, convirtiéndote en un dueño sabio de lo que guardas, porque un archivista,  como el filatelista, el coleccionista, cuando pasa el tiempo - de nuevo el tiempo - es un sabio.

8. Un amigo, Rubén Darío Salazar, que es un colaborador nuestro, que es un archivista y bibliotecario el mismo, que tiene un sentido particular de la historia, como muchos teatristas matanceros que han conservado, protegido y puesto a disposición de muchos el legado patrimonial, me envió el siguiente texto de Federico García Lorca que quiero – un fragmento - compartir en el 8.

9. (…) No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan, sino que pediría medio pan y un libro. (…)

Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros?

¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: ‘amor, amor’, y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras. Cuando el insigne escritor ruso Fedor Dostoyevsky, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita; y pedía socorro en carta a su lejana familia, sólo decía: ‘¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!’. Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida. (…)


* Fragmentos de Medio Pan y un libro. Locución de Federico García Lorca al Pueblo de Fuente de Vaqueros (Granada). Septiembre 1931.


Por: Ulises Rodríguez Febles