Gestión EditorialAldo Manuzio, profundo conocedor del griego y del latín, profesor de estas dos lenguas y amigo de Pico de Mirándola y Erasmo de Rótterdam, se dedicó en los albores del nacimiento de la imprenta en Europa, a la revisión de los clásicos. Manuzio le concedía mucha importancia a que las publicaciones tuvieran fidelidad con los textos originales; Aristóteles, Sófocles, Demóstenes, Virgilio, Horacio... fueron por primera vez publicados en libros “confiables” después de versiones diversas que presentaban las más disímiles imprecisiones: fue el más ilustre impresor de Venecia, y al morir en 1515 había dejado, posiblemente, el primer gran ejemplo del interés por publicar bien, por esta razón su editorial tenía un extraordinario prestigio, especialmente en el tema de los libros de los autores clásicos.
 
Estaba dando quizás el primer ejemplo conocido de la importancia de la gestión editorial; en este caso, gestionaba los libros de los autores clásicos para revisarlos en varias versiones y establecer su texto, pues no pocos provenían de la oralidad; en estas revisiones se incluían prólogos para “explicar” los contenidos y mensajes de los textos, y de esta manera, se introducía también la primera intervención manipuladora de ellos.
 
El impresor más famoso de Nuremberg, Anton Korberger, a principios del siglo xvi publicaba en Basilea las obras más importantes de los padres de la Iglesia; había tenido las mismas intenciones de Manucio, es decir, garantizar la fidelidad de los textos que publicaba, en autores como San Ambrosio, San Agustín y San Jerónimo; el conocimiento de las letras clásicas eclesiásticas y el esmero puesto en estas ediciones listas para venderse en 16 tiendas, lo convirtieron en un paradigma de los mejores impresores-editores de esta época.
 
En ambos, el propósito de su gestión consistía en preparar textos que fueran definitivos, partiendo de originales diversos de dudosa traducción o interpretación. Otro ejemplo de estas primeras gestiones editoriales son las que realizó el francés José Bade, quien vivió en París hasta 1535; habiéndose iniciado como autor de diversas antologías y “comentarista” sobre libros, fue un editor empeñado en la publicación de los que consideraba “los mejores libros” de Francia; su legado trascendió hasta llegar a ser fundador de los Estienne, una de las dinastías más célebres de editores franceses; en este caso, su perfil editorial estaba destinado al manejo de selecciones para ofrecerlas a los lectores como los títulos y los autores que “debían leerse”. En todos estos ejemplos, la gestión editorial decidió el qué y el cómo de las publicaciones que nos han llegado hasta nuestros días.
 
Desde el surgimiento de la figura del “autor”, este pudo darse cuenta de que escribía para “alguien”, y era imposible desentenderse de esa premisa, no solo para él mismo sino también para el editor; esta conciencia constituyó uno de los instrumentos más poderosos para poder influir positivamente en la recepción de la escritura; el editor con su gestión tendría que establecer y dirigir una estrategia para alinear creación y destino hasta conseguir los objetivos deseados, de acuerdo con sus intereses editoriales. Uno de los primeros autores más célebres de la literatura moderna en comprender esta necesidad fue Miguel de Cervantes; ante el temor no infundado, de que la Primera Parte de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha no lograra la aceptación deseada por parte de algunas poderosas fuerzas conservadoras, publicó un pequeño folleto que pretendía ser la crítica del libro, y en él afirmaba que la novela contenía toda clase de peligrosas sátiras contra personajes encumbrados, pero al mismo tiempo mostraba lo valioso en dar a conocer estas críticas; quizás con ello pudo asegurar su resguardo frente a la Inquisición o ante ortodoxos amantes de la novela de caballería; pero su “crítica” se convirtió en una bola de nieve hábilmente disparada, desencadenando un alud de otras réplicas positivas al libro que le sirvieron al autor como estímulo y respaldo para la publicación de una Segunda Parte, necesidad ya demandada por sus editores y publicada de inmediato. En este caso, la habilidad del autor y el alerta de los editores consiguieron una bien pensada gestión editorial que garantizaba la excelencia de la prolongación de la obra en la segunda parte, pero a la vez, avalaban que estas publicaciones irían por buen camino. No son pocas las anécdotas en que se comprueba que es necesario provocar al medio lector y a la opinión pública para continuar o desistir de un proyecto editorial. Levin L. Schücking cuenta que Alexander Pope le escribía a un amigo dramaturgo en 1709 refiriéndose con ironía a Jacob Tonson, famoso editor de clásicas antologías poéticas; según Pope, este editor “creaba poetas como los reyes suelen crear caballeros”. De esta manera, podemos darnos cuenta de que existen gestiones exitosas o fracasadas por parte de los editores en torno a determinados proyectos. Cuando se refieren a la creación de la imagen de un período, de un estilo o de un autor, son más delicadas. La Ilustración perfeccionó y programó esmeradamente la promoción de textos y autores, bien lejos ya de una manera esponténea, si es que alguna vez la hubo; si bien el editor nunca fue inocente ante estas relaciones, el siglo xviii demostró que quien se quedaba pasivo ante la gestión editorial perdía definitivamente la influencia con su público lector. Desde entonces, esta competencia está planteada para cualquier editor y se constituye en una necesidad como parte de su trabajo nada inocente.
 
El editor de Lord Byron, John Murray, a propósito del recorrido del poeta por algunos países del Mediterráneo, le solicitó un texto que abordara sus viajes a países “exóticos”, pues atento a los gustos del público, se dio cuenta de que había mucho de ese interés de ese tema para la sociedad inglesa. Las peregrinaciones de Childe Harold, poema en cuatro cantos, cuya primera mitad fue publicada en 1812, resultó un éxito en Inglaterra y en el resto de Europa, especialmente entre el público femenino, que comenzaba a ser una cifra responsable dentro del público lector europeo. En 1813 apareció El corsario, cuyo protagonista, como Childe Harold, encarnó al hombre fatal; después Lara, en 1814, de cierta manera la continuación de El corsario; y así hasta Don Juan, publicado entre 1819 y 1824. Murray incitaba a Byron a seguir escribiendo sobre el melancólico personaje y el distanciamiento en el tiempo, y al propio poeta le resultó imposible desentenderse de esta nostalgia con el pasado, tanto del tema como la forma de tratarlo; el editor impulsaba al autor a escribir de acuerdo con el gusto de un público que él mismo había descubierto y fomentado, ganaba jugosas sumas y al mismo tiempo el poeta no podía hacer de otra manera una vez metido en el personaje y en el pasado de esas culturas: esto resultó a la larga un círculo vicioso. Hoy, cuando se estudia el romanticismo poético inglés, generalmente se obvia o se desconoce esta interesante relación que tanto influyó en la definición de un estilo. Una gestión editorial acertada que se repitió, atendiendo a los asuntos del mercado, generó la revisitación de un tema hasta agotarlo. Así sucedió también con la manera de presentar a las novelas cuando las imprentas no estaban preparadas para libros tan voluminosos, por lo que el folletín por entregas se convirtió en una necesidad pero también en un acontecimiento esperado. En los tiempos de Charles Dickens, las novelas en tres tomos se habían establecido como una regla de éxito, a tal grado que la novela de Charlotte Brontë, The professor, fue rechazada en las editoriales inglesas porque solamente constaba de un tomo. El público habituado a la novela por entregas, y los editores, dispuestos a seguir este método en razón de las utilidades, se habían intercondicionado tanto que no aceptaban otra posibilidad. Algunas veces se ponen de moda temas y maneras de presentar los libros: el editor siempre ha de tener en cuenta esta actualización.
 
En estos ejemplos, la gestión editorial y las necesidades sociales y tecnológicas condicionaron de manera evidente a los temas literarios y a la forma de presentarlos. La censura y la autocensura han regulado también, algunas veces de manera burda, estos resultados, especialmente a partir de las leyes napoleónicas, que atendían no solo los problemas legales sino temáticos, para no afectar la estabilidad del Imperio. Sin embargo, no siempre fue así en otros lugares, porque la multiplicación de lectores que tuvo el siglo xix hizo posible que se diversificara también su gestión editorial, atendiendo a los múltiples intereses de editores, autores y lectores, por lo que se siguieron filtrando panfletos y textos cuestionadores para el Poder, no pocas veces con bajas tiradas y para grupos de lectores pequeños, localizados y controlados, una de las maneras de atenuar la peligrosidad de sus desafíos y hacerlos inofensivos para la verdadera estabilidad de cualquier sistema fuerte que controlaba con mayores sutilezas. Mas, fueron cuantiosos los manuscritos y originales que nunca se publicaron; la industria cultural de la imprenta y el comercio, como mediador entre el creador y el público, impidieron que jamás muchos manuscritos llegaran el público lector; quedaron inéditos, se perdieron y desaparecieron, aunque no pudiéramos renunciar a ellos como escritura; en ocasiones, se han rescatado algunos inéditos y han sido una reveladora sorpresa. No siempre ellos se debieron haber publicado, pero hay casos erráticos de gestión editorial: las obras de Shakespeare se publicaron muy tarde, pues se escribían en su época para ser representadas y no para ser leídas, por ello fue reconocido un clásico de manera tardía. André Gide rechazó el primer manuscrito de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust; según ha asegurado el propio Proust, se debió a que su original era un verdadero crucigrama porque tenía numerosas tachaduras, enmiendas, llamadas, notas al margen, letras indescifrables... por lo que Gide probablemente no estuvo dispuesto a leerlo. Gabriel García Márquez ha comentado que Cien años de soledad fue enviado a varias editoriales colombianas sin que su evaluación fuera positiva para publicarlo y solo fue posible que viera la luz por su aceptación en una editorial española. En otros casos de editoriales subvencionadas, bien por el Estado o por una institución universitaria o cultural, la situación de la gestión editorial puede ser peor, pues ni siquiera hay una verdadera conciencia de la necesidad de hacerla, pues el editor se acomoda esperando al manuscrito que le trae el autor y la editorial se acostumbra a que esto ocurra, año tras año, sin influir en los intereses estratégicos de su misión social, por lo que no hay un proyecto para encargar textos con temas y formas definidas. La gestión editorial presupone una propuesta bien definida de proyectos de publicaciones en especialidades o disciplinas determinadas, el encargo de obras imprescindibles para atenerse a una estrategia de prioridades, de acuerdo con las carencias de misión social de la institución y atendiendo a una coherencia necesaria para insertarse en un programa de publicaciones que se corresponda con los objetivos deseados. No han sido pocos los grandes libros que fueron resultado de una excelencia oportuna de gestión editorial y que contribuyeron a ofrecer la imagen de un período, de un hecho o suceso, de un estilo o escuela, de país o región, de la justeza de una política o una causa... Lamentablemente, esta práctica en la Cuba actual se limita a fechas y conmemoraciones, o a urgencias de carácter político de carácter defensivo y a veces, tardía.
 
No solo la gestión editorial se localiza en el área de los encargos de los proyectos editoriales. En 1935 Sir Allen Lane fundó en Inglaterra la editorial Penguin; los títulos publicados aquí no tenían la mejor calidad en el papel de la “tripa” o del texto, pero poseían una sobrecubierta blanca y roja que los distinguía a pesar de su confección rústica; el precio era muy bajo, unos 6 peniques, y en ellos se encontraba una cuidadosa selección por géneros, que generalmente combinaba la calidad con la popularidad de los textos; a todos ellos los unía una cubierta flexible: habían nacido los “paperbacks”, o los llamados “libros en rústica”. Editoriales de Alemania imitaron esta idea buscando atractivo, novedad y bajar los costos a la vez, y lograron una identificación más específica al asignarle un color determinado a las cubiertas que representaban un género literario. Esta práctica se generalizó en el diseño de los libros por otras editoriales americanas, como la argentina Austral. En algunas Ferias del Libro o eventos específicos se discute el estado actual del diseño, pues su actualización está en relación y línea directa con la gestión editorial y no basta con entregar Premios o estimular a los diseñadores de los libros mejores. Otro aspecto problemático que influye en la calidad de esa gestión son las traducciones. Luis Astrana Marín tradujo las obras completas de William Shakespeare, publicado en las ediciones Aguilar en un tomo de papel biblia, que durante algunas generaciones de lectores ha sido muy apreciado, quizás se trataba de la mejor traducción del Cisne de Avon y su perfil se especializó en estas publicaciones; sin embargo, desde los años 80 del siglo anterior se vienen cuestionando estas traducciones a partir de nuevas investigaciones lingüísticas; se pone en duda la fidelidad o el sentido de algunas expresiones o frases, a tal punto que esta versión al español del inglés antiguo, ha permitido que algunos estudiosos hayan comentado que no conocemos a Shakespeare, sino a Astrana Marín. Es peor con La Divina Comedia de Dante, aceptada por algún tiempo en su versión al español  por el argentino Bartolomé Mitre, en que se podían identificar argentinismos de su época puestos en boca de Virgilio cuando visitaba al Infierno, bien satirizados por su compatriota Jorge Luis Borges, de quien se le ha atribuido la escritura de un epitafio satírico a Mitre: “En esta casa parduzca / vive el traductor de Dante / apúrate caminante, / no sea que te traduzca”. Otras traducciones actuales de la poesía performática del Caribe son todavía más dudosas. Evidentemente, diseño y traducción forman parte del cuidado de una eficaz gestión editorial para lograr un alto rendimiento cultural y comercial de los libros.
 
Por último, la gestión se completa en la comercialización del libro, posiblemente el área más descuidada del sistema editorial cubano. Hay ejemplos que ilustran este vínculo: en los Estados Unidos una biografía de Hemingway que no se vendía en un precio bajo se agotó de inmediato porque en ese momento se estaba publicando con éxito una obra póstuma del autor; pero sus editores, atento a esas noticias, lo pudieron ubicar en el lugar indicado. El péndulo de Folcault,de Umberto Eco, fue un título publicado en tiradas masivas porque la primera novela de este autor fue un best-sellers: El nombre de la rosa; sin embargo, los editores tuvieron que esperar una lenta salida de El péndulo... porque no tuvo la misma respuesta o comportamiento de venta que El nombre...; lo que significa que un buen título de un autor no garantiza el mismo tiraje para todas sus obras. Un recetario de cocina de una editorial española se reimprimió ¡13 veces!, en un precio muy bajo y en tiradas masivas; en la edición 14 el precio fue subido ligeramente y los materiales que se le adicionaron al título lo enriquecieron un poco pero apenas se vendió; la editorial se arriesgó e hizo la edición 15: un libro de lujo bien caro para otro segmento de mercado; la misma se agotó rápidamente. En este ejemplo se demuestra la relación entre precio, edición y destino de mercado: si un libro sigue vendiéndose con una salida aceptable en un segmento, no debe experimentarse nada con él hasta que no se sature; puede moverse hacia otro segmento, pero en otra edición; sobre esta lógica se fundamenta también proyectar ediciones económicas de algunos títulos que han tenido éxito en libros de lujo. En este mismo ejemplo mencionado, podemos decir que si hay que hacer 13 reimpresiones de un libro en muy poco tiempo, es indicador de que no se tuvieron en cuenta la real demanda, puesto que los primeros tirajes debieron tener cifras mayores para saturar ese mercado; la editorial fue conservadora en las tiradas, pero al dirigir bien el segmento de mercado con un libro de lujo, el resultado fue satisfactorio. En Cuba es casi un sacrilegio tener una política de reimpresiones con el ingenuo y desequilibrado criterio de que “se le quita oportunidad a un escritor joven”; por esa razón faltan libros fundamentales en nuestras librerías, incluso del pasado reciente. A la primera reunión que fui como editor en los años 80 para contribuir a fijar tirada a un grupo de libros, como uno de los primeros intentos para establecer tirajes adecuados, recuerdo que a mí y a todos nos pareció normal que se fijara en ocho mil ejemplares el Teatro húngaro; posiblemente todavía deben quedar ejemplares en algún almacén: era en la época en que nos equivocábamos con las bondades del financiamiento de los libros, momento del que tal vez no hemos salido. En otra ocasión, trabajé con un fotógrafo francés que me enseñó que en la Serie Barbudos, no podían asignárseles la misma tirada a similares portafolios de fotografías de personalidades como Fidel, Camilo y el Che. Se ha avanzado, pero todavía habrá que aprender mejor el manejo de la política en lo que concierne a tiradas, precios y mercado de libros, como parte de la gestión editorial integral a la que debe aspirarse.

Por: Juan Nicolás Padrón
 
Tomado de: www.cubarte.cu