Leonardo PaduraPadura acaba de recibir en la Alianza Francesa de Cuba el Premio Carbet del Caribe y del Mundo, concedido por la asociación itinerante Institut du Tout Monde (1) a su novela El hombre que amaba los perros (2). En este libro nuevamente se aproxima a figuras históricas (el revolucionario ruso León Trotsky, y su asesino, Ramón Mercader), un camino ya recorrido por él hace una década, cuando escribió La novela de mi vida, cuyo protagonista es el poeta cubano decimonónico José María Heredia.

¿Por qué le interesa tanto la historia?

Porque la historia te lo explica todo. Si uno no la entiende, no entiende el presente. Cuando investigué sobre Heredia hallé un elemento que no aparece en ningún libro como algo significativo en la vida del poeta: en una de sus cartas le dice a su madre que cuando regrese a Cuba –él está enfermo ya, en el exilio en México- seguramente mejorará con “los ajiaquitos” que ella le hace y con el quimbombó que a él tanto le gusta comer.

Pues ahí yo tuve la noción de que en el año 1837 ya los cubanos éramos cubanos; no por la manera en que pensáramos, que vistiéramos, que habláramos, que escribiéramos, sino por la manera en que comíamos. La historia me ayuda a entender eso. Y me ayuda a comprender otros procesos mucho más complicados, mucho mayores.

Yo no escribo novelas históricas. Yo escribo novelas que utilizan la historia para entrar en el presente y entenderlo mejor.

Tanto La novela de mi vida como El hombre que amaba a los perros han sido muy polémicas, ¿se lo propuso de esa manera? 

No. En Cuba el carácter de polémico está muy a flor de piel, porque durante muchos años los niveles de permisibilidad y de debate bajaron muchísimo. Los escritores hemos logrado alzar ese techo de permisibilidad hasta unas alturas en las cuales uno puede decir cosas fuertes, hacer reflexiones bastante duras sin que se convierta en un problema. Y la polémica es sana, significa que las personas debaten, que las personas piensan de manera diferente y que discuten a partir de esas diferencias.

A finales del año pasado asistí a una conferencia suya titulada “La Habana nuestra de cada día”. Ese día usted me hizo recordar que antes de ser un escritor famoso ya era un cronista, un periodista. ¿Se trataba de una esporádica escapada de la ficción o todavía prepara habitualmente trabajos de índole ensayística?

En realidad siempre he llevado en paralelo esas facetas, desde que empecé en la Universidad a colaborar con El Caimán Barbudo, a escribir mis primeros cuentos y a hacer mis primeros ensayos académicos, necesarios para aprobar los cursos. Creo que comencé desde entonces a ser periodista, narrador y crítico investigador. Siempre regreso a estas tres maneras de hacer literatura. Cuando hice periodismo, sobre todo en Juventud Rebelde, pensaba en que debía poseer un carácter literario, un valor estético; de manera que la palabra no tuviera solamente un carácter comunicativo, sino estético a la vez. Con el ensayo hago lo mismo. Y cuando escribo literatura trato de darle un carácter ensayístico, un carácter periodístico.

He compartido, durante muchos años ya, tres oficios en los cuales la investigación ha estado presente: la pesquisa literaria propiamente dicha (un libro de ensayo bastante voluminoso sobre la obra de Carpentier y la narrativa de lo real maravilloso), el periodismo de investigación (lo he hecho mucho en busca de temas y personajes que están bastante perdidos en la historia oficial), y una literatura en la cual la indagación también es muy importante. El hombre que amaba a los perros, por ejemplo, es fruto de una muy extensa búsqueda.

Cuando me estoy preparando para una novela y estoy haciendo una investigación, incluso tengo el temor de que llegue a gustarme más la investigación que la escritura.

Usted adelantó en aquella conferencia que se encuentra trabajando en un nuevo proyecto donde incursiona en el arte holandés...

Es una novela en la que estoy en el primer tercio de escritura. Me falta todavía un territorio bastante largo por avanzar. He aprendido las técnicas de la pintura holandesa del siglo XVII, estudiando a Rembrandt que es un personaje del relato. He aprendido igualmente todo lo que tiene que ver con el pensamiento judío (un judío también es personaje de la novela en ese Amsterdam del XVII). Y eso me da una gran satisfacción porque me permite entender la cultura como un bien y una necesidad social e individual, lo que es muy importante para el desarrollo del mundo.

Aquí recupero el personaje de Mario Conde, para contar una historia en la cual hago también una reflexión sobre la libertad. La libertad del individuo, la capacidad del individuo de escoger, de tener un albedrío para decidir su vida.

Notas:

1- Además de recibir el Carbet, Padura participó en otras actividades de la Feria del Libro, Cuba 2012, entre ellas la presentación de su libro La memoria y el olvido.
2-  Esta novela obtuvo en Cuba el Premio de la Crítica 2011.


Por:  Tania Chappi

Tomado de: http://www.cubaliteraria.cu/index.php