Desde los ya lejanos ochenta, oí por vez primera leer sus versos a Rolando Estévez. Para una recién graduada de Letras del humilde Pedagógico de Matanzas, se convirtió ese acto de escuchar e interiorizar las palabras de Rolando, en una revelación. Supuse entonces algo que todavía sigo creyendo: la poesía debe lograr ser resumen de todas las artes. Categórica en mi elección prefería todo el tiempo poemas que fueran escritos desde el alma y que cumplieran la noble causa de emocionar, enseñándonos e imaginando.Toda una década transcurrió para volver el poeta a dejarnos el placer inmenso de la palabra. Tuvo, sin dudas, que confiar a sus manos - también inteligentes- que se entregaron a dibujar entre ocres y medias tintas, lo que su cerebro le negaba a conceder: la escritura. Bienvenidos estos diez años de silencio en el verso de Rolando, porque su obra como escenógrafo, artista de la plástica, diseñador, alcanzó la madurez verdadera, no de la que hablan los elogiantes hipócritas, sino la cierta, la que se muestra y aplaude.

Mar mediante, suma de nueve poemas largos, desgarradores y desgarrados ellos mismos, donde el autor nos muestra un poeta crecido, pertenecen al libro La vena rota, escrito en la navidad del dos mil cinco.

El lector encontrará en estos versos una desnudez púdica, a la vez descarnada y reveladora.

Dedicados a su madre, contienen estos más que un envío, léase el poema El Muro. En la parte de mí que soy mi madre / vaga una desconciencia color rosa / unos guantes muy tibios.

Mar mediante, es poesía que invade, domina y conmueve, desbordamiento de una espiritualidad que quiere sobreponerse a la angustia inmensa que provoca la separación física. Para mi madre / que no vive en los nortes ni en los sures / sino en la relativa tibieza de la hoja seca o el jazmín.

Son estos también los versos de la sal y la ola. Mi padre quiso el mar / el mar tiene el rumor / la bravura .../ los reflejos / los caminos que vuelven a la Isla.

En medio del mar está el poeta, el hombre, el padre, el hijo: el poeta, lejos y cerca la angustia, la indagación de su destino; la palabra está en el aire para que la vean, palpen o la estrujen. pero El árbol sigue, solo y late / siempre late / desde el corazón profundo de su tronco / el árbol late/ Con su marcapaso.

Poemas de Rolando Estévez, del libro: Mar mediante. Ediciones Vigía. Colección del San Juan. Abril, 2007.

Por: Agustina Ponce
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Rolando EstévezFui llevado a un cine de barrio mientras mi madre hacía la maleta

Sobre la cama desvestida abre mi madre una maleta.
Es piel de imitación, hebillas plateadas
que la marisma de ambas costas al fin oxidará.
Es un asa de plástico o de plomo
donde la huella de sus yemas reposará intocada. Sobre la cama desvestida. Mi madre. Una maleta.
Una tarde cualquiera. Como cualquier calle se llama
Buenavista o Capricho.
Una tarde, como un lugar cualquiera,
es mejor o peor. Abre mi madre una maleta.
Coloca adentro la ropa de mi hermana,
la ropa de mi padre.
Para ella, tan sólo dos vestidos
última moda en Cuba
pero anticuados en Miami o París.
Lo demás fue burbujas.
Humo de cirios.
Aire de grasa fundado en la cocina.
Perfume de jabón huyendo de la ducha.
Silencio familiar junto a una tumba desyerbada,
y el ruido de un serrucho
que troza el madero destinado a clausurar la puerta.
Desde lo alto de la torre
donde los Doce Apóstoles marcan la hora en Praga
                veo a mi madre haciendo su maleta. Desde el Zócalo mexicano
que en cada anochecer recoge la bandera
                veo a mi madre haciendo su maleta.

Desde los rascacielos newyorkinos
balanceándose como pudorosos borrachos
                veo a mi madre haciendo su maleta. Desde el Berlín que cada díasigue volteando las piedras de su muro
              veo a mi madre
              ansiosa
              haciendo su maleta. Y una maleta nunca perdona los olvidos:
el hilo con su aguja,
el espejo pequeñísimo,
la foto enmarcada de perdón. Una maleta anuncia los lugares dejados.
O anuncia los lugares que vendrán con sus nombres;
sitios heridos en el mapa de la palma derecha de su mano.
Los lugares se llaman:
              Camarioca
              El laguito
              Puente aéreo                       
Pasaporte
              Deshielo.                           
Se llaman:
              Monney Orden
              Refugio
              Residencia
              Candela. Desde un cine de barrio
oscuro como la boca de un perro de pelea
              veo a mi madre
              aterrada
              haciendo su maleta. Una tarde, como un lugar cualquiera,
es mejor o es peor. Y si alguien lo decide
la tarde y su destino te mueven como ficha,
te imponen su paseo:
              Cine Abril
              Sarita Montiel
              El último couplet
              año sesentainueve. Y el perro de pelea apretó sus quijadas,
y yo, con los ojos clavados en la pantalla enorme
veo  a mi madre tranquila sentada en su maleta.
Ella no avanza hacia ninguna escalerilla.
Ella no muestra a nadie sus papeles de viaje.
Quien gira alrededor de su cuerpo es el mundo,
-plano y circular, alzado sobre cuatro elefantes-
              gira vertiginosamente
                   y ella sentada
                               sola
ve pasar en silencio los días con sus noches
              y ve pasar:
              fábricas
              hospitales
              jardines de papel
              campos de concentración
              playas desiertas
              desvanecidas torres
              desconocidos rostros
              camionetas
              encajes inconclusos.

No se detiene el disco. Mi madre no parece tener náuseas,
ni ataques de risa ni de llanto.
Ha caído en un trance profundo
parecido  a la muerte.
Un trance infinito de disco que gira y mujer sentada sobre su maleta.
Mujer ni triste ni feliz.
Sólo mujer sentada sobre su maleta.
              Mujer, Hija, Madre
que nunca ha sabido que la observo
desde la butaca dura de mi cine de barrio
y lloro aún con todas las lágrimas
           que a ella no le fueron concedidas

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La silla

El aquí  y el allá
-como el norte y el sur-
son estaciones.
Pasan y vuelven
con el mismo rumor
de los caracoles sobre el paño. Para mi madr
que no vive en los nortes ni en los sures
sino en la relativa tibieza de la hoja seca o el jazmín,
la nieve bocabajo en una taza
y el golpe de abanico contra el pecho;
el aquí y el allá se contaminan.

Con sus estacionarios atributos
se construyó una silla. No una silla perfecta, vendible y confortable.
No la silla de Lam gritando desde el monte
y exhibiendo un florero.
No una silla en su casa ni en los viejos andenes.
No en plena constelación de multitud.
No una silla sentada en soledad
                     sino
una silla en la mar equidistante de las costas,
como una isla breve, nova;
tierrita donde la luz del día y de la noche
cae resumida en la tristeza de un solo rayo tenue. No es una silla brújula.
No es una silla barco.
No va su silla al norte ni va al sur.
                   No va. En su silla sentada en pleno mar
                   está
-como una venus primitiva
tallada en la roca del crepúsculo.
Y se desbordan del asiento sus caderas,
sus hombros de sal se pegan al respaldo
y como otra cascada de olas
los senos enormes, redondos, le caen sobre los muslos
                         y
amamantan los peces y los náufragos.

En su silla está sola. No deriva.
                   no navega. Mi madre equidistante de las costas.

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Rolando Estevéz