En una isla las fronteras son límites de agua, espacio líquido que no puede atravesar el caminante con sus piernas. En Cuba -atrevido pedazo de tierra que sobrevive en el medio de un golfo inquieto- todos somos de algún modo antiguos navegantes, sobrevivimos con la herencia del mar en la memoria y las deudas del marino en puerto, dispuestos a zarpar siempre que las corrientes nos permitan el regreso, la llegada triunfal.
Archipiélago cercado por el azul del caribe, sangrante por las aguas interiores de sus ríos y lagos, agredido por las tormentas y huracanes, lluvias de un pacto tropical que pareciera estar escrito en toda nuestra geografía; y la vez esa dualidad, ese Sol limpio que nace inesperadamente, justo cuando las aguas del país simulaban el fin.
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Con la muerte de Digdora Alonso en Julio de 2007, llega a su fin el ciclo escritural de una singularísima voz poética. Su longevidad le permitió transitar por diferentes momentos, nos permitió a nosotros conocerla, desentrañarla, rescatarla…
A Adriana Novoa y Madeline Cámara que lo hicieron posible
(Textos poéticos basados en las pinturas de Jacobo y sus doce hijos, pintados por Francisco Zurbarán)
Esta vez se adentra Damaris Calderón en el drama del viaje. La verticalidad de las cruces que encuentra a la orilla del camino se traduce en empinamiento -y empecinamiento- de la fe y la voz poética. El grito de las piedras que acompaña a la poeta en su recorrido por el Norte de Chile, no es más que el alarido de las resecas tierras del adentro. Esa vastedad desértica que cualquier región puede ser (y es), las floraciones sumergidas en toda latitud, dan cuenta de un viaje del hambre. El destino de los más amargos líquidos es el pedestal donde se posa la palabra: pájaro que sobrevive pese a la hiel, las sombras, la soledad, la vida oxidada.
A los niños, no nos es posible saber de antemano qué seremos cuando lleguemos a mayores. Yo tampoco lo sabía, ni Tania lo sabía, ningún niño lo sabe. Jugamos, siempre jugamos a pensar, a inventar...De esa manera nos imaginamos atravesando el aire en un avión, o conduciendo un autobus, intentando sanar a algún enfermo, o enseñando a otros a sumar o multiplicar. Eso es soñar que podemos florecer pero no nos damos cuenta. Sanar a los otros; mostrarle las patas gordas de los números, sus barrigas, sus cuellos largos; guiar un avión por los aires...todo es florecer. Todo es sembrar la semilla y esperar pacientemente a que vayan saliendo los brotes y después las flores. Pero hay que ayudar a ese crecimiento y el agua, el abono puede ser cualquier cosa: una mirada, una palabra, un libro, un gesto de uno mismo o de los otros...
Se cumplen 173 años, en este dos mil siete, del nacimiento del poeta Tristán de Jesús Medina que habiendo nacido en Bayamo, estudió en el Seminario de los escolapios en Madrid y que asistió a universidades de esa misma ciudad y de Alemania para luego ordenarse en el Seminario de San Basilio el Magno, de Santiago de Cuba.
La reciente celebración —en el año 2006— del Año Mozart, con motivo de los 250 años del natalicio del genio austriaco, implicó también a nuestra isla. Más allá del concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional que abrió los festejos, hubo recitales, conferencias, programas didácticos. Sin embargo, no fueron muchos los que recordaron que una de las más singulares piezas narrativas de nuestro siglo XIX recrea de manera muy libre los últimos días del compositor. Se trata de Mozart ensayando su Réquiem , que vio la luz en 1881 bajo la firma del autor bayamés Tristán de Jesús Medina. La vida del escritor oriental estuvo marcada desde sus comienzos por un sello de rebeldía y fatalidad románticas dignas de los folletines de la época. Hijo de un administrador de aduanas que le costeó una selecta educación en la Habana, Filadelfia, Madrid, y —según el Diccionario biográfico de Calcagno— una estancia en Alemania, se empeñó a los dieciocho años en casarse con una prima que apenas contaba trece. Al no contar con el permiso del progenitor llevó el caso ante el Capitán General de la Isla, quien desestimó su pedido.
Cuando hace diez años, en 1997, supe que iría a Madrid, me ilusionó la lejana posibilidad de conocer al gran poeta cubano Gastón Baquero. Yo había imaginado cómo sería nuestro encuentro, había delirado. Tal como sucede con algunos sueños, éste también se cumplió. Cuando supe que el poeta de Orígenes me recibiría, comenzó lo peor. En mi torpeza ni siquiera había pensado cuál podría ser nuestra conversación ni cuáles senderos andaríamos, ni en qué río habríamos de sumergirnos...
MAR DESNUDO...