En el ámbito de la comprensión genérica, las relaciones entre las culturas populares y los hechos folclóricos que en su interior se desarrollan, quieran o no los analistas, han sufrido también su cuota de estancamiento o, llegando hasta el extremo opuesto, han sido objeto de magnificación.
Como, en su proceso de conformación, las ciencias sociales excluyeron de su objeto de estudio las tradiciones populares y, desde luego, lo folclórico como posible sustento de sus tesis e hipótesis, no solo se hizo más difícil la focalización de ese objeto, de conjunto con su análisis objetivo, sino que se escindió la praxis de los folcloristas, los cuales se dedicaron a un ejercicio de recolección empírica que rechazaba de plano todo academicismo y, peor aún, todo punto de vista científico. La perspectiva de las ciencias se colocaba entonces por encima de las manifestaciones, en tanto ellas mismas se veían al margen. Era un resultado perfecto para controlar los efectos de la lucha de clases, pues esas ciencias respondían, en última instancia, a mecanismos de control social que deslegitimaban las prácticas folclóricas.
El hecho folclórico quedaba, así, a merced de una erosión social de fuerte implicación política. Se supeditaba a los ámbitos de la cultura dominante y se consideraba aislado del resto de la sociedad. Ello, no obstante, ocurre a partir de la formación y despliegue del capitalismo y, sobre todo, a la par del proceso que establece lenguas dominantes para el surgimiento y desarrollo de los Estados-nación. El carácter local, y sectorial, de los hechos folclóricos, junto al proceso de apropiación que los nuevos modos expresivos ponen en práctica, convierten en verdaderos problemas de diferenciación a estas manifestaciones.