El hombre que había escrito Contra la muerte estaba de pronto ahí, en un ataúd, la cara atrapada por el cristal, como en una pecera, entre unos cirios funerales y unas coronas de flores. Poca pompa. En su cáscara, la muerte lo había tornado más pequeño, casi irreconocible, más ligero, un grillo, pensé, una cigarra, una sílaba de aire. La gorrita negra que lo había acompañado durante casi toda su vida, estaba arriba del féretro, como la gorra de un capitán que ha cumplido con su deber y se despide.
Gonzalo Rojas sacó el fuego del pedernal, del socavón, fue tocado por el relámpago con que alumbró su poesía, las visiones sonoras, la fruición con que el desgarro se hacía levedad, ingravidez, voracidad, hambre de mundo, belleza. Escribió los poemas de amor más hermosos de la poesía hispanoamericana contemporánea y posiblemente también los vivió. Habló la lengua de Safo, de Píndaro, de Catulo, de Holderlin, de los pájaros; a la gravedad hispánica y a la tristeza andina, opuso la sonrisa, la sensualidad, la ironía. En él se irguió otra vez el lenguaje y volvió a ser flujo cósmico, pulso, respiración. Trotó a Hölderlin, a Pound, a Novalis, a Apollinaire, a Rimbaud., desempolvó el antiguo acorde clásico, le impuso nuevo ritmo al jazz y a la lambada, recibió, hasta su muerte, que digo, hasta su transmutación, imágenes intergalácticas en el fax del asombro de su satélite cerebral, donde vio que todo era cópula astral, carnal, música, éxtasis.